Una noche en la urgencia de la Posta Central

Jul 12, 2026

Con más de 100 mil atenciones durante 2025, la Posta Central fue el hospital de Santiago Centro con más ingresos de urgencia el año pasado. Por sus puertas pasan pacientes psiquiátricos, personas en situación de calle y víctimas de delitos. Así se ve un turno de noche en el Hospital de Urgencia Asistencia Pública.

Por Cecilia Vidal Ugarte

Edición: Bárbara Conejero

 

Al final de este turno, llegará una persona que estuvo secuestrada por más de ocho horas. A sus funcionarios no les sorprenderá: están acostumbrados a recibir a personas apuñaladas, baleadas o cualquier circunstancia relacionada con delitos. Pero por más impactante que sea el caso, no hay tiempo para estremecerse. Tienen que reaccionar rápido ante la alta demanda de pacientes que esperan atención.

Son las diez de la noche del lunes 11 de mayo. Antes de entrar, siete personas en situación de calle ocupan los asientos ubicados junto al acceso principal, un espacio protegido por rejas. No pueden ingresar. Si se acuestan o alteran el orden, los guardias les piden retirarse. Si permanecen sentados y en silencio, pueden quedarse siempre que algún guardia lo autorice.

Es el Hospital de Urgencia Asistencia Pública (HUAP), más conocido como Posta Central. Ubicado entre las calles Portugal, Curicó, Lira y Diagonal Paraguay, este fue el recinto con mayor cantidad de atenciones de urgencia de la comuna de Santiago en el 2025, registrando más de 107.000 ingresos, según el Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS). Le sigue el Hospital San Juan con más de 58 mil atenciones; el Hospital Clínico San Borja Arriarán con alrededor de  57 mil y el Instituto Traumatológico Dr. Teodoro Gebauer con 44 mil.

Al cruzar las puertas, los pacientes se quejan del dolor mientras esperan sentados. Todos llevan mascarilla. Hay olor a vómito. Una mujer en silla de ruedas grita: “Me quiero ir”. Otros se molestan por la demora en la atención. “Después de las 15:00 horas no hay que venir”, comenta alguien entre los asientos. Un hombre en estado de ebriedad entra para refugiarse del frío, pero un guardia lo echa: este lugar es solo para atender problemas de salud. La noche recién comienza en la urgencia de la Posta Central.

Ha pasado una hora y se escucha a una mujer reclamarle a un guardia. Dice que la llamaron por altavoz para ingresar, pero él eleva el tono y le responde que está equivocada, pidiéndole volver a su asiento. Ella insiste: su hermana está en silla de ruedas y necesita ser atendida. El jefe de los guardias, Jhon Barboza, llega a mediar la situación.

En el sector de urgencias de la Posta Central trabajan cerca de 12 guardias distribuidos entre el ingreso por la calle Curicó y el acceso a las habitaciones. Barboza es uno de ellos. Lleva cinco años trabajando en el hospital y hace siete meses asumió como jefe de guardias.

Esta no es su primera experiencia. Anteriormente también trabajó en el Hospital del Carmen, en Maipú, y en el Hospital Clínico Dra. Eloísa Díaz, en La Florida. Para Barboza, la diferencia entre un recinto u otro suele estar fuera de sus muros. “Depende de las zonas más vulnerables que estén alrededor del hospital. Lo que llega depende de estos sectores que son vulnerables a nivel de seguridad”, explica. 

Para trabajar acá hay que tener paciencia. Y no solo con pacientes. Minutos después de las quejas por la espera llega otro encargado de seguridad. “Te pedí $290.000, logi culiao, si uno necesita plata”, le dice a Barboza. Él no responde. Solo lo mira.

“Nosotros somos los últimos que se pueden alterar. No estamos para generar conflictos, sino contenerlos”, dice.

Al estar ubicados en pleno Santiago Centro, dice Barboza, a la Posta Central llegan muchos pacientes que no pertenecen a la comuna pero estaban ahí al momento de accidentes, crisis o situaciones de violencia. “A veces nos llegan riñas y la gente suele angustiarse por no ser atendida”, añade. No es extraño: se trata de uno de los servicios de urgencias más demandados de la comuna de Santiago.

Carolina Guerrero, enfermera del hospital, afirma que durante cada turno de 12 horas la Posta Central recibe aproximadamente 300 personas con cuadros de distinta gravedad, desde heridas de balas hasta apendicitis. 

El orden de atención en el HUAP, como en cualquier hospital, no depende de la hora de llegada. Los pacientes son clasificados según la gravedad de su estado, por lo que una persona puede ingresar después que otra y ser atendida primero si su condición lo requiere.

Son más de las tres de la madrugada; un hombre se acerca a los guardias ubicados en el ingreso a urgencias. “Llevo horas aquí. No me quieren atender por la burocracia”, les dice. Había llegado antes de las diez de la noche y no se ha sentado por más de cinco minutos. Se aleja mientras murmura quejas. La guardia le responde que no hay nada que pueda hacer al respecto.

“Mientras atiendes a uno, el que viene está peor”

Ya son las cuatro de la madrugada. Se escuchan sirenas. Una patrulla de Carabineros ingresa a la zona de ambulancias. Personal de salud sale con una camilla. Sobre ella recuestan boca abajo a un hombre de 30 años. Está desnudo y esposado. Lo cubren con una sábana. Él grita y forcejea. Tres Carabineros ayudan a contenerlo. Su madre, Mónica Gómez, desciende junto a un policía y llora al observar la situación. 

Es un caso de salud mental.

Tras el ingreso, es trasladado a la sala de recuperación. Allí, el equipo médico le administra fármacos para disminuir su estado de exaltación. El urgenciólogo, Álvaro Fredericksen, explica que las esposas se mantienen hasta que el paciente se relaja. “Como estaba, él era un peligro para los funcionarios”, señala. Al calmarse, le ponen una bata y queda hospitalizado. 

Desde una esquina, su madre observa el procedimiento hasta que una enfermera se acerca y la dirige a la sala de contención, conocida por el personal como la sala de “malas noticias”. 

Dos sillones pequeños ocupan casi todo el espacio.  Gómez comparte la sala con otras familias que esperan respuestas de hospitalizaciones, diagnósticos o fallecimientos. Según relata, su hijo había sufrido un brote psicótico tras meses sin tomar los medicamentos porque creía que había sido diagnosticado erróneamente. Rompió objetos dentro de su departamento, insultó a familiares y amenazó con quitarse la vida si alguien entraba. Carabineros tuvo que forzar la puerta para trasladarlo a la Posta Central.

No era la primera vez que Gómez enfrentaba una situación similar. Quizás por eso, antes de que la enfermera le comunicara formalmente la hospitalización, decidió retirarse. Estaba cansada y ya sabía cuál sería el desenlace. Dice que al menos saber que tiene una cama la tranquiliza.

Los episodios relacionados con salud mental forman parte de las noches en la Posta Central. Aunque funciona con las áreas tradicionales de un hospital y es reconocida por su atención de pacientes quemados, desde el 2020 el recinto también cuenta con una unidad psiquiátrica. En 2025 registró más de 2.500 atenciones y 100 hospitalizaciones por causa de trastornos mentales, según el Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS).

Pero los pacientes psiquiátricos son solo una parte de quienes llegan a la urgencia. Valentina Rodríguez, técnico paramédico que lleva cuatro años trabajando en el hospital, explica que los casos que llegan dependen del turno. La sala se llena de personas de todas las edades, estatus social y síntomas. Entre ellos, menciona pacientes provenientes de centros penitenciarios cercanos, como Santiago 1 y la Penitenciaría de Santiago. “Es un paciente más. No por lo que haya hecho, porque esté preso, yo voy a tener que dejar de hacer mi trabajo bien”, dice.

Esa diversidad de casos también tiene un costo emocional para quienes trabajan en la urgencia. La enfermera Carolina Guerrero, que lleva un año en el hospital, explica que estas situaciones estremecen al personal de salud, pero la rapidez de la atención deja poco espacio para procesarlas. “Es un impacto mientras tú atiendes. Después, el que viene está peor, entonces no tienes tiempo para almacenar”, comenta.

El desgaste emocional no termina cuando finaliza la atención. El doctor Fredericksen explica que algunos casos permanecen más en la memoria. “Todos tenemos nuestro cementerio personal”, dice entre lágrimas al recordar a un paciente que falleció luego de que se le reventara la aorta, la arteria principal del cuerpo. Relata que cuatro urgenciólogos participaron en el procedimiento mientras intentaban contener la hemorragia. El impacto fue tal que sus propios colegas tuvieron que apartarlo. “Yo ya estaba en shock”, recuerda.

Ese cementerio personal también ocupa espacio en su celular. Allí lleva un registro de los pacientes que han muerto bajo su cuidado. “Tú no vienes a matar gente. Sé que no fue culpa mía, pero no vienes dispuesto a ver morir a alguien”, agrega.

Ya son las seis de la mañana cuando llega una guardia hasta la recepción de enfermería para alertar sobre un herido al exterior del hospital. El personal de salud sale rápidamente con una camilla. De las siete personas en situación de calle que ocupaban los asientos junto al acceso principal al comienzo de la noche, solo tres continúan allí. Entre ellas hay un hombre de 84 años que se quedó dormido mientras estaba sentado y cayó de cabeza al suelo. Tiene una herida que sangra. Permanece recostado mientras se queja del dolor e intenta reincorporarse. Las enfermeras le piden que permanezca tranquilo. “De nuevo él”; “No tiene nombre”, dicen los funcionarios.

La violencia también espera turno

A las siete de la mañana llegan dos hombres vestidos de civiles con armas sujetas al cinturón. Junto a ellos viene un joven de 19 años. Una enfermera lo examina rápidamente y lo dirige a un box para constatar lesiones. Una hora antes fue hallado con vida tras estar más de ocho horas cautivo en San Miguel durante la noche del 11 de mayo.  

Los funcionarios continúan con sus tareas. Nadie parece sorprenderse demasiado. “Siempre esperamos apuñalados, baleados, encerronas, alcoholemias. Típico que llegan los chiquillos del Bella que salen del carrete y los asaltan”, comenta Rodríguez.

Según cifras del Centro de Estudios y Análisis del Delito (CEAD), Santiago registró la mayor cantidad de casos policiales de la Región Metropolitana, alcanzando más de 17.500 en lo que va de este año.

Barboza conoce bien esa violencia. Como jefe de guardias, es el único que puede utilizar chaleco anticortes. “Quien va al choque, quien conversa y quien intenta bajar un poco a las personas soy yo”, dice.

Casos como el secuestro del joven de 19 años se suman a la larga lista de hechos que han pasado por la Posta Central. Entre ellos está el de Alex Núñez Sandoval, quien ingresó en estado crítico durante el estallido social y falleció tras sufrir múltiples lesiones; el cabo primero Daniel Palma Yáñez, quien fue trasladado al recinto luego de recibir impactos balísticos en Santiago Centro, y Thomas Campos Rebolledo, carabinero que ingresó de urgencia tras ser baleado durante un asalto. También se cuentan víctimas de homicidios, accidentes masivos y lesiones de extrema gravedad, como quemaduras.

Pese a los largos tiempos de espera y la alta demanda que enfrenta el recinto, los pacientes siguen valorando la atención de la Posta Central. Patricia Duery es ejemplo de ello: llegó desde Ñuñoa junto a su madre, María del Carmen, de 90 años, quien llevaba tres días sin poder comer. Horas antes habían acudido al Hospital del Salvador, donde esperaron atención durante tres horas antes de retirarse. Aunque también debieron esperar, aseguran que la experiencia fue distinta. “Los trabajadores aquí se preocupan bastante de mantener todo limpio, ordenado y con calma”, comenta.

Esa valoración también ha sido expresada por otras familias que han pasado por el hospital. En enero de este año estuvo hospitalizada Amaya Valenzuela, hija del vocalista de Lucybell, Claudio Valenzuela, quien permaneció en riesgo vital producto de una septicemia. Tras recibir el alta médica, el músico realizó un concierto improvisado en los pasillos del hospital como forma de agradecimiento al personal de salud.

Gómez, madre del paciente psiquiátrico, también coincide con  esta percepción. Actualmente, su hijo lleva 13 días hospitalizado y cuenta  que “la atención es mejor que en una clínica”. 

Son las ocho de la mañana. El sol ya salió. Las enfermeras conversan con el equipo de turno de día y les entregan información sobre los pacientes. El hombre de 84 años permanece en un box esperando que le suturen la herida. El sargento ya se llevó al joven secuestrado de 19 años. Los guardias comienzan a despedirse mientras algunos ordenan sus cosas antes de retirarse. Entre todos hay una sensación de que la noche se les pasó rápido. Por eso se dicen entre sí: “Estuvo piola el turno”. 

 

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