Entre 2018 y 2024, el consumo de antidepresivos en Chile aumentó casi en un 160%, pasando de 40 a 104 dosis diarias por mil habitantes. El agotamiento cotidiano, el estrés y las dificultades de acceso a salud mental ayudan a explicar un fenómeno que los expertos observan con preocupación. Cada vez más personas aprenden a convivir con medicamentos para su salud mental.
Por: Constanza Mora Acevedo.
Edición: Dominga Krotik
Es la segunda semana de marzo y María Cecilia Jara (43) entra a la tercera farmacia del día a preguntar por clotiazepam, un ansiolítico que ayuda a bajar la ansiedad. Al igual que en las dos cadenas por las que pasó minutos antes, la respuesta es la misma: no hay stock.
“Chuta, estamos todos mal parece”, le comenta a la cajera. Ella se ríe y asiente. Afuera, Jara decide intentarlo una vez más. En la cuarta farmacia encuentra el medicamento.
Jara, educadora de párvulos y trabajadora independiente, lleva dos meses en tratamiento por una depresión leve y un trastorno de ansiedad generalizada. Hasta marzo de este año, nunca había tomado remedios para su salud mental. “Siempre he resuelto las cosas sola, pero llegó un momento donde me pilló la máquina en el trabajo y no pude más”, comenta.
Primero vino el insomnio. Después, la irritabilidad, la angustia y el agotamiento. Se despertaba de madrugada pensando en cuentas, trabajo y pendientes. “Mi cabeza no paraba, no descansaba nunca. Me despertaba todos los días a las tres de la mañana y no podía dormir”, comenta.
Con el tiempo comenzaron los síntomas físicos. “Empecé a tener crisis donde se me dormían los brazos, los dos al mismo tiempo”, recuerda. Las primeras veces no le dio mayor importancia. A la tercera, se preocupó y decidió consultar a un médico general: “Ahí me dijeron que tenía que hacer algo porque se podría transformar en algo más grave”.
El diagnóstico de Jara no es aislado. Según la décima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, un 13,7% de los adultos en Chile presenta síntomas moderados o severos de depresión, equivalente a cerca de dos millones de personas. Además hubo un aumento de 3,3 puntos porcentuales respecto de lo encontrado en abril de 2024.
Tras derivarla a un tratamiento psicológico, le recetaron escitalopram, clotiazepam y eszopiclona: un antidepresivo, un ansiolítico y un medicamento para el insomnio.
“Los antidepresivos y los ansiolíticos son bien diferentes”, explica el Dr. Pablo Toro, jefe del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Según el especialista, los antidepresivos no solo se utilizan para cuadros depresivos, sino también para trastornos ansiosos y estrés persistente. Los ansiolíticos, en cambio, están diseñados para dar un alivio inmediato a síntomas intensos. “Son para apagar el cerebro”, resume.
Chile no solo consume más antidepresivos que antes: es el país latinoamericano que más los consume en el mundo. Según el informe Health at a Glance 2025 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), somos el noveno país con mayor consumo de antidepresivos entre los 38 miembros del organismo y el primero de América Latina. De acuerdo al mismo estudio, Chile estaba aproximadamente en el lugar 20 el año 2013, teniendo un salto considerable en los últimos años.
Los datos del Departamento de Economía de la Salud (Desal), elaborados a partir del mercado farmacéutico nacional público y privado, muestran que el consumo de antidepresivos en el país aumentó cerca de un 159% entre 2018 y 2024, pasando de 40,1 dosis diarias por mil habitantes a 104.
Jara hoy forma parte de estas cifras, aunque durante años miró con distancia este tipo de tratamientos. “Yo era súper poco contenedora con la gente con depresión. Siempre he dicho que cada uno puede salir adelante, que no necesitan ayuda externa”, cuenta. Pero todo cambió el día en que explotó por un derrame de soya en su alfombra blanca: “fue como un estallido social personal” recuerda. Reconoce que su reacción no tuvo nada que ver con la mancha, sino con la carga mental que tenía en ese momento de su vida. Nunca había asistido al psicólogo y reconoce que tenía dudas sobre la efectividad de los medicamentos.
Dos meses después, dice que ve el proceso de otra manera: “Pienso por qué no fui antes al médico, por qué no descubrí esto antes. De verdad, creo que si hubiese empezado a tomar pastillas hace diez años, mi vida habría sido totalmente distinta”. Agrega que se hubiera evitado muchos malos ratos, angustias y llantos en soledad.
Ruta de escape
Después de cinco años tomando escitalopram, Marcela Fuentes (51) ya no está segura de si alguna vez podrá dejarlo.
Ella, una analista química, comenzó a tomar el antidepresivo en 2021, tras un episodio de acoso laboral que terminó por afectar su salud mental. “En ese momento caí en un proceso de depresión”, recuerda. El médico le dio una licencia, la derivó al psiquiatra y comenzó su tratamiento.
En Chile, los síntomas de depresión afectan de forma desproporcionada a las mujeres. Según el Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, publicada en 2025, los síntomas depresivos moderados o severos en mujeres triplican los de los hombres. Mientras en ellas la prevalencia aumentó de un 15% en 2020 a un 20% en 2025, en los hombres se ha mantenido relativamente estable durante el último año.
Fuentes tomó el antidepresivo durante diez meses con la intención de que su tratamiento fuera temporal. Según afirma, justo cuando intentaba dejar el medicamento, pasó por un periodo de estrés y acudió a un endocrinólogo por motivos de salud no relacionados con su tratamiento. “El médico ahí me dijo que, si me sentía mejor con el escitalopram, lo siguiera tomando”, recuerda. Desde entonces, no ha logrado dejarlo.
Desde UK Addiction Treatment Centers afirman que “si bien los antidepresivos generalmente se consideran no adictivos, existe un creciente reconocimiento de su potencial para causar dependencia física e incluso, en algunos casos excepcionales, dependencia psicológica”.
Con el tiempo, a la analista química se le sumaron nuevas presiones: problemas familiares, una enfermedad de su madre y la carga de sentirse el pilar emocional de su entorno. “Cada vez que intento dejarlo pasa alguna cosa. Siento que no logro controlar la situación en mi cuerpo y empiezo de nuevo”, dice.
El aumento en el uso de medicamentos para la salud mental no responde a una sola causa. Para la psicóloga clínica Paloma Ibache, el fenómeno se explica por una combinación de factores: una mayor disposición a consultar, menor estigma frente a la terapia y la psiquiatría, pero también niveles crecientes de estrés cotidiano.
“Hoy las personas enfrentan múltiples exigencias laborales, económicas, familiares, hiperconectividad y sobreestimulación constante. Todo eso puede generar una sobrecarga mental y emocional”, afirma Ibache. “Nuestro cuerpo está preparado para responder al estrés de manera puntual, pero no para sostener esa activación constantemente”, explica.
Para el Dr. Toro, este aumento también responde a múltiples factores. “La pandemia generó un problema brutal de salud mental y a la vez visibilizó más este tema”, afirma. A eso se suma otro fenómeno: la ampliación de los tratamientos psiquiátricos. “Antes se veían solamente los pacientes más graves. Hoy se amplió el abanico de tratamiento a síndromes de menor gravedad. La medicina ahora se hace cargo de todo”, comenta.
Hoy, Fuentes alterna entre media dosis y la dosis completa de escitalopram de 10 mg dependiendo de cómo se siente. Cuando atraviesa momentos más complejos o reaparecen síntomas de angustia, vuelve a tomar el medicamento completo. “Siento que necesito tomarme la pastilla entera o puedo caer otra vez en una depresión”, explica.
Según el psiquiatra, no todos los medicamentos funcionan de la misma forma. Mientras los antidepresivos, como el escitalopram que toman Jara y Fuentes, no generan adicción, algunos ansiolíticos sí pueden producir dependencia cuando se utilizan durante periodos extensos. “Son remedios que tienen un mecanismo de acción generalmente parecido al alcohol”, explica el psiquiatra. “Si el clotiazepam contiene 10 mg ahora, no me parecería raro que en unos años más hagan el de 15 o el de 20. La gente ya los tolera, como el alcohol”, advierte.
María Cecilia Jara, cuya dosis de clotiazepam es de 10 mg, dice que esta posibilidad no le preocupa demasiado: “No tengo miedo a la dependencia. Creo que todo se puede dejar de la forma correcta, como indican los médicos, de forma gradual y con el acompañamiento que uno necesita”, afirma.
Felipe Rivera (30) también toma este ansiolítico, aunque de otra forma: como medida SOS. Comenzó a usarlo en 2023, luego de empezar una terapia psicológica tras una ruptura de pareja que lo dejó con altos niveles de ansiedad. Aunque al comienzo era reacio a medicarse, terminó consultando a una psiquiatra, quien le recomendó clotiazepam para momentos puntuales.
Hoy ya no sigue un tratamiento psiquiátrico regular, pero sigue tomando el medicamento cuando se siente ansioso. “Cuando empiezo a sentir el pecho apretado o siento que no puedo ser funcional, ahí siento la necesidad”, explica. “Me gusta saber que tengo esa vía de escape”, admite.
Muchas personas comienzan estos procesos con la idea de que sean por un tiempo determinado, pero luego se encuentran con dificultades para dejar los fármacos o con que sus síntomas reaparecen con mayor intensidad. El Dr. Toro enfatiza: “no es muy diferente a alguien que tiene una epilepsia y tiene que tomarse su remedio para no andar convulsionando (…), en muchos casos la enfermedad depresiva se transforma en una enfermedad crónica y ahí ciertamente al paciente no le conviene suspender el tratamiento”.
Pero para el doctor hay una tensión más amplia en salud mental: el desequilibrio entre acceso a medicamentos y la continuidad terapéutica. “Es mucho más fácil tragarse una pastilla que adherirse a un programa de psicoterapia, cambios de hábito o actividad física”, plantea. En parte, agrega, porque sostener tratamientos prolongados requiere tiempo, dinero y acceso a especialistas.
Fuera de cobertura
Vicente Silva (24) es estudiante de física. Hace dos meses volvió a medicarse luego de haber dejado un tratamiento anterior con escitalopram en 2023, cuando pasaba por altos niveles de estrés relacionados con la universidad. En ese momento tomó el antidepresivo durante cerca de un mes, pero lo dejó porque sentía que ya estaba mejor.
En marzo de este año comenzó a despertarse varias noches de madrugada con síntomas de ataques de pánico. “Sentía el corazón demasiado acelerado, la respiración pesada. Me miré al espejo y sentí que no estaba ahí. Me dio miedo”, recuerda.
Era un ataque de pánico. Y aunque ya los había tenido ataques antes, esta vez decidió volver a pedir ayuda. Primero retomó la terapia psicológica. Después llegó al psiquiatra, quien le recetó nuevamente 15 mg de escitalopram y 10 mg de clotiazepam. Hoy gasta más de $100.000 mensuales entre las sesiones de psicólogo todas las semanas, controles psiquiátricos y los medicamentos que debe financiar con su dinero.
Vicente Silva no es el único. Según el informe Health at a Glance 2025 de la OCDE, en Chile, los pacientes financian de forma directa el 65% o más del gasto farmacéutico, una de las cifras más altas entre los países miembros del organismo.
María Cecilia Jara lo vive día a día. Aunque accede a consultas gratuitas gracias a las Garantías Explícitas en Salud (GES), debe pagar algunos medicamentos de su bolsillo. “Las consultas no las pago y eso ya es una tremenda ayuda, pero de los tres medicamentos solo uno está en la canasta GES”, explica. Entre remedios y consultas iniciales, llegó a gastar cerca de $45.000 el primer mes. Hoy desembolsa alrededor de $25.000 mensuales. “No deja de ser un gasto que antes no estaba presupuestado”, dice.
Pero el problema también radica en el acceso. “Existen grandes desigualdades entre quienes tienen recursos y acceden a la salud privada y quienes intentan acceder a una atención en la salud pública. Alrededor del 85% se atiende en el sistema público”, advierte la socióloga y doctora en Salud Pública, Marcela Ferrer.
Las cifras reflejan esas barreras. Al 31 de diciembre de 2025, existían más de 23 mil registros en lista de espera no GES para una consulta nueva de psiquiatría de adulto, según el Ministerio de Salud (Minsal). En paralelo, el gasto público en salud mental sigue ocupando un espacio reducido dentro del presupuesto sanitario: representó un 2% en 2024, de acuerdo con el informe de Estimación del Gasto en Salud Mental, del Desal.
Para Heriberto García, químico farmacéutico, exjefe de la Agencia Nacional de Medicamentos (Anamed) y exdirector del Instituto de Salud Pública (ISP) en 2023, el problema no pasa únicamente por el precio de los tratamientos, sino también por fallas en el acceso y la cobertura del sistema.
Aunque existen beneficios para tratar la depresión a través del GES, sostiene que muchas personas no logran acceder a ellos. “Los médicos están prescribiendo medicamentos que no están en el GES. Necesitamos que todos conozcamos cuáles son los medicamentos que tenemos en cobertura y que tengamos acceso al médico para no estar comprando por otros medios”, afirma.
Las cifras respaldan ese diagnóstico. Según el último estudio de la Achs junto a la UC, el 70% de las personas que ha tenido o tiene problemas de salud mental no ha consultado ni podido acceder a un especialista, lo que afecta a cerca de 1,3 millones de personas en Chile.
Para el químico farmacéutico, este aumento también ha dejado al descubierto vacíos en la regulación de los medicamentos, especialmente en el control de su venta. Aunque ansiolíticos como el clonazepam o el clotiazepam requieren receta retenida, los antidepresivos funcionan bajo mecanismos menos estrictos de fiscalización. “No hay un control exacto de la presentación de recetas. Tienes farmacéuticos que venden sin mayor control y después pacientes que quieren comprar sin mayor exigencia, comprando incluso en la feria porque sienten que lo necesitan”, sostiene.
“Estamos consumiendo mucho más de lo que deberíamos consumir, sin duda. Si dependemos de algo para estar en paz, tranquilos, sin ansiedad, algo está pasando”, advierte García.
Tal es el caso de la estudiante D.C quien prefirió mantener su anonimato. Comenta que utiliza clotiazepam de 10 mg como medicamento SOS para momentos de alto estrés, pero afirma en ocasiones haber abusado de este. La vez que más la perjudicó fue cuando previo a un examen oral decidió duplicar su dosis por lo nervioso que estaba, consumiendo 20 mg en total. Terminó con somnolencia extrema y reprobando el examen.
Para Marcela Ferrer, parte de ese fenómeno refleja una sociedad cada vez más marcada por la medicalización de la vida. “No todo malestar subjetivo es una patología que requiere tratamiento farmacológico o terapia. Parte importante del malestar responde a las condiciones de vida y se soluciona mejorando estas, no con fármacos”, sostiene.
Desde el Colegio Médico, la psiquiatra Josefina Huneeus, integrante de la Comisión de Salud Mental, plantea que el aumento sostenido del consumo de psicofármacos también evidencia las dificultades del sistema para responder de manera oportuna a los problemas de salud mental. “Los medicamentos son herramientas terapéuticas importantes y necesarias en muchos casos, pero este fenómeno no puede abordarse únicamente desde una lógica farmacológica”, sostiene.
A su juicio, el desafío no pasa solo por ampliar el acceso a tratamientos, sino también por fortalecer la atención psicológica, psiquiátrica y comunitaria, reduciendo listas de espera y ampliando coberturas.
A dos meses de haber retomado el tratamiento, Vicente Silva todavía piensa en el momento en que tenga que dejar los medicamentos. Aunque dice que le han ayudado a recuperar la calma, admite que la idea de volver a pasar por ataques de pánico le sigue generando temor. “Me da miedo que me los quiten. No quiero depender, pero me da miedo volver a lo mismo”, reconoce. Por ahora, intenta verlo como algo transitorio: “Es como una muleta. Me ayuda a estar más tranquilo, pero sé que tengo que aprender a estar bien sin eso”.
Marcela Fuentes, en cambio, después de años de ajustes y recaídas, dice sentirse tranquila con la decisión de seguir tomando escitalopram. “Creo que va a ser permanente. Me siento estable y eso me hace bien”, afirma.
María Cecilia Jara recién comienza este proceso. Lleva dos meses con el tratamiento y dice que ya no le preocupa tanto la idea de tomar medicamentos, sino que volver al estado en el que estaba antes. Está consciente que va a seguir siendo igual de intensa, estresada y ansiosa, pero hay algo que estos remedios le dan: “Solo quiero poder ser yo sin que eso me sobrepase. Y esto me ayuda a seguir siendo yo”.


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