Vivir en la calle: radiografía de una crisis que va en alza

May 9, 2026

En 20 años, la cifra de personas en situación de calle pasó de ser de siete mil a más de 20 mil según el último censo. Hay entidades como el Hogar de Cristo que incluso dicen que esa cifra asciende a 50 mil personas. Detrás de ese número hay historias de salud mental deteriorada, adicciones y antecedentes delictivos, pero hay una más dolorosa: nadie que los espere en casa.

Por Blanca Ríos

Edición: Dominga Krotik

 

“A mí me impacta la muerte en la calle”. Eso dice Tamara Elgueta, trabajadora social y analista de la Subdirección Social Técnica del  Hogar de Cristo, mientras recuerda uno de los casos que más la marcó. 

Era mayo del 2020, plena pandemia, cuando la muerte rondaba silenciosa tanto en hospitales como en las calles. Robert, a quien la mayoría le decía el Pe, vivió esos meses en la Hospedería de Hombres del Hogar de Cristo, que trabaja con personas en situación de extrema pobreza y exclusión. El Pe, recuerda Elgueta, era un hombre de nacionalidad peruana, cariñoso, trabajador, adicto, migrante, padre, hermano e hijo. Con ansias de un mejor futuro, emigró a Chile, pero fue estafado y terminó en situación de calle. Después de vivir cuatro años ahí, falleció producto de un repentino paro cardiaco. 

Las voluntarias, entre ellas Tamara Elgueta, movieron cielo, mar y tierra para poder retirar su cuerpo del Servicio Médico Legal y ayudarlo a regresar a casa. Gracias a las gestiones del equipo y al apoyo de las redes sociales, el cuerpo de Pe logró ser enterrado en su propio país. 

“Las muertes me marcan, porque todos los equipos quieren eso y trabajan para eso, por la dignidad siempre”, dice. 

Tamara Elgueta partió hace 18 años trabajando en el Hogar de Cristo de San Bernardo, dando inicio a una trayectoria laboral ligada al trabajo constante con personas en situación de exclusión social. Cuenta que llegó de casualidad. Cuando era estudiante, su interés estaba más ligado al cuidado de los niños y niñas. Sin embargo, dice que fue una mezcla de destino y circunstancias de la vida lo que la llevó a desempeñarse en este ámbito, en el que hoy se siente comprometida y del que, asegura, se enamoró.

–¿Por qué enamora? 

“Porque en realidad tú dices: cómo alguien, cómo una persona puede resistir a la calle, eso yo no lo entiendo. Uno puede resistir un tiempo, un par de semanas, pero las personas que llevan años resistiendo en la calle, de verdad me impacta. Yo creo que esa es una de las cosas que me enamora, las ganas de las personas de estar, de seguir, de resistir, eso te mantiene y te da energía”.

Las cifras de personas viviendo en la calle no son del todo claras. Según estimaciones del Registro Social de Hogares, de siete mil personas que había hace 20 años, pasaron a ser 20 mil. Eso significa un aumento de cerca del 186%. 

Pero Elgueta advierte algo: el Ministerio de Desarrollo Social en 2025 identificó que en sus programas había 50 mil  RUT distintos registrados. Es decir, 50 mil personas diferentes en algún momento han utilizado servicios destinados a personas en situación de calle. Por lo tanto, el número no oficial entrega señales claras de que la cifra es mayor a la registrada en canales formales.

Por otro lado, el Censo del 2024 reafirma la información oficial, dictando que 21.750 personas viven en situación de calle en el país, donde además existe otro dato: cuatro de cada cinco personas en esta situación son hombres.

Alexis, o más conocido como “el rucio de Plaza Italia”, es uno de ellos. Tiene 53 años, de los cuales 30, ha vivido en la plaza junto a su mellizo y otros “hermanos de la calle”, como le dice él. Tiene piercings, collares y un cuerpo tatuado. Cuando se le pregunta por qué vive ahí, él dice que la calle le da libertad y es algo que valora en su día a día. 

Durmiendo en un colchón fuera de la clínica UC CHRISTUS de la calle Marcoleta, en Santiago Centro, está Mario: un hombre de familia y padre de dos hijas que intenta mantener el contacto con ellas pidiendo prestado el teléfono de los guardias del centro de salud. 

En estos días, su principal preocupación ha sido una de esas hijas. Les ha dicho a sus conocidos que la pareja de ella ha estado involucrada en el consumo de drogas, según comenta un voluntario de Rostros UC, proyecto de acompañamiento a las personas en situación de calle.

El diagnóstico de la exclusión

La razón principal de por qué hay personas viviendo en la calle, que el Hogar de Cristo ha identificado es, principalmente, la pérdida de vínculos familiares.“También tiene que ver con la institucionalización, en servicios de protección de la infancia y adolescencia. Las primeras experiencias en situación de calle son bien cíclicas”, sostiene Elgueta. Ella identifica que hay  una relación entre quienes han salido de instituciones como el SENAME y se encuentran hoy en las avenidas.

También, dice, se ha registrado otro problema que preocupa: un aumento en los crímenes a estas personas. 

Ignacio Eissmann, doctor en Trabajo Social y Políticas de Bienestar, director de Corporación Moviliza, e investigador de CISCAL (Investigación e incidencia para el fin de la situación de calle en América Latina), cuenta que uno de los hallazgos más relevantes es que una de las causas de muertes son los asesinatos. “Ha habido un aumento de la violencia contra las personas en situación de calle y es bastante preocupante”.  En muchas ocasiones ni siquiera existen denuncias de parte de los testigos, por lo que es complicado llevar un registro de estos sucesos.

A esta violencia estructural se suma también la violencia de género, quizás por eso, no hay tantas mujeres viviendo fuera en comparación con la cifra de hombres. “Las mujeres en su mayoría están expuestas a dinámicas de mucha violencia en la calle. Por eso, no pasan sus días solas, sino que conviven con parejas que muchas veces son violentas. Es como si pagaran una especie de cuota. Prefieren estar con alguien que las agreda, pero que las ayude a sobrevivir en la calle”, dice Tamara Elgueta. 

Eissmann lo confirma: esto efectivamente es así, planteando que es mucho más seguro que estar sola. Lo resume con una frase que escuchó una vez en México y nunca olvidó:​ “Prefiero un hombre que me viole muchas veces, a que muchos hombres me violen una vez”.

Pero las consecuencias de vivir en la calle no solo son de sus protagonistas. Lo cierto es que esto se ha transformado en un problema de barrio. 

Valentina Fuentes, vecina del Barrio Lastarria, comenta que desde hace dos años una persona vive dentro de su pasaje. Según relata, esta consume pasta base habitualmente, hace sus necesidades en el lugar y ha amenazado con apuñalar a los vecinos. La situación se ha convertido en un tema de conversación constante en el grupo de Whatsapp de la comunidad y ha generado preocupación. 

Fuentes, incluso, ha sido testigo de los  enfrentamientos, el más reciente incluyó una amenaza de parte de su vecino:  “Lo único que le escuché al vecino fue decirle: si vuelves a amenazar a una mujer con que la vas a violar voy a venir a sacarte la mierda”.

Cristóbal Saavedra, encargado de las derivaciones de las personas en situación de calle (PSC) en la comuna de Santiago explica que el impacto en la vida diaria de los vecinos es importante. “Un parque o una plaza, que está tomada por una persona en situación de calle, con un ruco, es una plaza donde los niños dejan de ir, es una plaza donde los adultos mayores dejan de estar”, cuenta. “Es una necesidad permanente de los vecinos. Una persona que se instala fuera de su casa con cosas de la basura genera un millón de situaciones y permanentemente van agrandando su lugar”, plantea. Además, dice que los vecinos se reúnen constantemente con la municipalidad para reclamar. 

El alcalde Mario Desbordes entiende que este es un problema real pero advierte de algo: “los municipios no tenemos ni las atribuciones ni los recursos para resolver esto solos. Este es un problema país. Por eso hemos insistido en que se requiere más apoyo y una articulación real desde el nivel central, porque esto supera completamente el ámbito municipal”. 

También, coincide con que se está afectando directamente la vida de los vecinos. “No es solo un tema de limpieza, estamos hablando de incivilidades, basura acumulada y, en muchos casos, delitos. Eso genera una sensación de inseguridad muy fuerte”, agrega.

Cristóbal Saavedra comenta que en la municipalidad de Santiago se estableció un equipo multidisciplinario, con asistentes sociales, carabineros, Seguridad Ciudadana y personas de la limpieza, así es como funcionan: “Se les indica que se tienen que retirar, que saquen sus pertenencias, se les hace un control de identidad, se les trata con dignidad por sobre todo porque estamos tratando con personas, pero sí retiramos las cosas que son basura”, comenta. 

Pero el procedimiento no siempre corre bien: quienes viven en la calle han dicho que en los desalojos los tratan con desprecio y violencia, acusando que, muchas veces, los dejan sin zapatos y que los procedimientos se realizan justo en días de lluvia. 

Saavedra, está consciente de este problema, aunque desde otra perspectiva: “Nos ha pasado mucho que le han tirado a los equipos tarros con todos los desechos humanos que tienen”, afirma el funcionario, reconociendo que muchas veces se topan con armas blancas, drogas y celulares robados.

A Tamara Elgueta los desalojos son algo que le afecta. Dice que la forma en que se cubren estos hechos contribuye a reforzar mitos y a incrementar la discriminación hacia las personas en situación de calle. “Los relatos son que todas las personas consumen drogas y no es así, entonces, eso me preocupa mucho en el último tiempo. Si ya hay discriminación, si ya hay prejuicios, esta narrativa criminaliza aún más la situación de calle, entonces, eso es algo muy lamentable”.

¿Qué se hace ahora?

Actualmente, no existe una política pública que tenga el objetivo claro de terminar con la situación de calle y un plan para ello. Eso reconoce Ignacio Eissmann. “Lo que hay es un set de programas sociales para brindar alojamiento”. 

Estos programas a los que se refiere son principalmente Calle y Vivienda Primero pero, cuenta, existe una gran insuficiencia en cuanto a la cobertura de ambos. 

Tamara Elgueta, por ejemplo, dice que no hay cupos suficientes. “Si todas las personas dijeran hoy, ‘quiero ir a un dispositivo, protegerme y resguardarme de la calle’, no daría abasto la oferta, ni entre lo público ni privado”.

El programa Calle consiste en apoyar a las personas en esta situación con un equipo profesional que realiza un diagnóstico y acompaña en procesos psicológicos, laborales, de salud y vivienda. Pueden participar todos quienes carezcan de residencia fija y permanezcan en lugares públicos o privados que no sean identificados como vivienda básica. Su extensión es de dos años y no se puede postular voluntariamente. 

Vivienda Primer, en cambio, funciona para las personas mayores de 50 años, con algún grado de deterioro biopsicosocial (excluyendo la dependencia severa) y que lleven más de 5 años viviendo en la  calle. Este para Elgueta sí ha sido un programa exitoso: “La tasa de retención está bordeando el 80%”.

Las personas que no cumplen con estos requisitos suelen recurrir a albergues. Sin embargo, según señalan los voluntarios del proyecto Rostros UC, en múltiples ocasiones estos cierran o cambian de ubicación sin previo aviso, no cuentan con cupos disponibles o,  simplemente, las personas no tienen acceso a información sobre cómo llegar o comunicarse con ellos. 

Pero hay otro problema: las reglas impuestas por los albergues, como horarios de entrada y salida, mantención del orden y la cero tolerancia al alcohol o drogas, no son un incentivo para que las personas los utilicen, ya que muchas perciben que estas normas limitan su libertad personal.

A Guillermo le pasa eso. Más conocido como “el señor de la posta”, lleva poco tiempo viviendo en la calle. Tras enfrentar problemas con el consumo de drogas, su familia decidió echarlo de la casa. Tiene un gran interés por los motores, especialmente por las cabinas, ya que trabajó en el norte en el área de transportes. Dice que no le gustan los albergues porque le incomodan sus reglas y no está dispuesto a someterse a ellas.

Elgueta vuelve al concepto de que la situación de calle es circular, “de idas y venidas” aunque sí se puede buscar una solución de prevención: “Si hay una persona que ha estado mucho tiempo en los sistemas penales, saber que a lo mejor ya hay una desvinculación total de su familia, y va a terminar de cumplir la pena y no va a tener dónde estar. Ahí yo puedo prevenir”.  Enfatiza en que hay una mirada de superación de la calle, pero el financiamiento y la capacidad no dan abasto.

Miguel es una de las tantas personas que viven así: bajo uno de los puentes ubicados frente al Parque Forestal. Antes dormía en el mismo parque, rodeado de ratones donde incluso aguiluchos bajaban a buscarlos, pero lo consumía la ansiedad de que apareciera Seguridad Ciudadana y le quitaran sus pertenencias, como le había pasado múltiples veces. 

A través de una cuerda baja varios metros para llegar a un cartón y una frazada en la orilla del río Mapocho. La maniobra la realiza con cuidado, ya que un amigo con quien vivía murió al resbalar de ella.

Ahí, explica, nadie más se atreve a bajar.

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