Vivir la infancia en un campamento

Jun 18, 2025

En Chile, más de 84 mil niños, niñas y adolescentes viven en campamentos, sin acceso garantizado a agua potable, vivienda digna, espacios seguros ni educación de calidad. ¿Qué significa para un menor de edad enfrentar la violencia, el estigma y la exclusión de vivir en la marginalidad?

Por: Merlina Cerda

Editado por: Jacinta Bulnes

Emanuel Hurtado tiene nueve años y cuando grande desea convertirse en un futbolista profesional. Vive junto a sus dos hermanas y sus padres en una casa construida por ellos mismos en el campamento de Lo Boza, ubicado en la pendiente del cerro Renca, en Santiago. 

Según el Instituto de la Vivienda y Urbanismo de la Universidad de Chile, allí, junto a la familia de Emanuel, hay más de 70 hogares. El sector de Lo Boza refleja una realidad que se vive en el 60% de los campamentos a nivel nacional, según el Catastro de Campamentos 2024-2025 de TECHO Chile: no cuentan con un sistema de alcantarillado, y el acceso al agua potable se realiza mediante conexiones informales que consisten en intervenir directamente la red de suministro ubicada en la vía pública. A través de mangueras plásticas, los pobladores extraen el suministro sin contar con medidores individuales. Tampoco disponen de un sistema eléctrico seguro y se conectan al cableado informal para tener uz. Las ‘calles’ de Lo Boza son en realidad pasillos de barro y basura. Emanuel y los demás niños no tienen un lugar para jugar. El único espacio disponible es la Plaza Tenderini, ubicada frente al campamento, que cuenta tan solo con un resbalín y una cancha.

Cada vez son más los niños que deben enfrentarse a estas dificultades. Según el Catastro Nacional de Campamentos 2019, elaborado por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (Minvu), en ese año había 30.033 niños viviendo en 802 asentamientos irregulares a nivel nacional. Sin embargo, esta cifra ha aumentado en los últimos años. De acuerdo con el Catastro Nacional de Campamentos 2024-2025 de TECHO Chile, actualmente hay 84.059 menores de edad en 1.428 establecimientos ilegales, lo que representa casi un cuarto de la población residente total (23,7%). Además, de acuerdo con el informe “Niñez en Campamentos” de la Fundación Recrea —una organización que trabaja con familias que viven en estas condiciones para ayudarlas a superar la pobreza, en estos asentamientos las mujeres tienen en promedio 2,4 hijos, el doble que a nivel nacional (1,16).

Emanuel Hurtado llegó junto a su hermana Valentina después de que su madre, Gloria Quintana, en 2018, decidiera dejar Colombia y emigrar a Chile. Aunque en su país de origen tenían una vida estable, Gloria quiso reunirse con su esposo, quien había llegado un año antes a Santiago en busca de mejores oportunidades laborales. Durante los seis primeros meses en el país arrendaron una casa, pero el sueldo no alcanzaba para cubrir el arriendo, alimentación y otros gastos básicos. Necesitaban encontrar un lugar más económico, pero como estaban recién llegados y aún no regularizaban su situación migratoria, nadie les quería arrendar. Fue entonces cuando una vecina, a quien Gloria había conocido en el jardín infantil de su hijo, le ofreció una pieza en el campamento de Lo Boza. “Cuando llegamos no había por dónde pasar. Tuvimos que subir por encima de la basura. Yo decía: ‘yo allá no voy a vivir’. No quería que mis hijos tuvieran que estar ahí, pero ¿qué más podía hacer?”, recuerda Quintana. 

¿Qué significa para un niño crecer en un campamento?

“Generalmente, los niños que viven en campamentos son víctimas de una profunda vulneración a sus derechos”, explica Evelyn Riveros, coordinadora de la Oficina de Protección de Derechos de la Niñez y Juventud de la Municipalidad de Recoleta. Para la experta, la falta de acceso adecuado a salud, a educación, a una vivienda digna y a condiciones sanitarias básicas perjudica su salud y nutrición. “Algo que, a mi parecer, es fundamental para la salud mental de los niños, y a lo que tampoco se le presta atención, es que ellos no tienen áreas verdes para jugar y recrearse”, añade Riveros. 

Para Gloria Quintana, madre de Emanuel, una de las cosas más complejas de vivir en el campamento de Lo Boza es la lluvia. A pesar de que la Municipalidad de Renca entrega nailon para cubrir el techo de las casas, no alcanza para todas las familias. “La otra vez que llovió se inundó todo. Los colchones y los sillones quedaron completamente mojados. Tuvimos que dormir en un sillón o arriba de un mueble, porque en las piezas no se podía, se llovía demasiado”, comenta Quintana.

La psicóloga infantil Camila Rojas, quien actualmente trabaja en el Programa Lazos de Independencia entregando apoyo a las familias para prevenir conductas de riesgo en niños y adolescentes, explica que este tipo de situaciones dejan una huella emocional profunda en los niños. “Cuando las familias viven constantemente carencias, el estrés se vuelve una presencia cotidiana, lo que reduce la capacidad de cuidado y el tiempo de calidad que los padres le pueden entregar a sus hijos. Desde la infancia más temprana, los menores reciben menos estimulación, menos atención y menos contención. Todo eso influye en cómo se desarrollan emocionalmente después”, explica Rojas. 

Para ella no se trata solo de no tener un lugar adecuado para vivir, sino de crecer rodeados de necesidades, viendo a los adultos sobrepasados.

Las dificultades con respecto a las carencias habitacionales no son la mayor preocupación de Quintana. Emanuel, desde hace algunos años, es víctima de acoso escolar. Ella piensa que el motivo es el resultado de dos factores: su nacionalidad y el lugar en que vive. “A mi hijo lo han pateado. Por lo menos en estos días lo cogieron tres niños a patadas en el piso. Entonces no entiendo cómo en el colegio, habiendo tantos profesores, permiten que eso pase. Él dice que sintió tantos puños y tantos golpes… tanto dolor que casi se desmaya. Después de eso empezó a hacerse pipí en la cama”, cuenta Quintana.

Carla Naranjo, trabajadora social en el Departamento de Seguridad Comunitaria de la Municipalidad de Recoleta, explica que “el bullying hacia estos niños es frecuente. El no tener agua potable dificulta un buen aseo e higiene. El estigma también juega un papel importante (…) los niños son excluidos no solamente por sus compañeros en la escuela, también por los adultos y los profesionales”. Según Naranjo, los niños que viven en campamentos tienen la percepción de ser menos que los demás, lo que afecta profundamente su imagen y autoconcepto. En la mayoría de los casos, son niños con una autoestima considerablemente baja.

La directora de la Fundación Recrea, Alejandra Stevenson, comenta que en los campamentos existe muy poco tejido social. “Los niños casi no tienen espacios para socializar y ejercer sus derechos. En general, viven dentro de sus casas. No existe una comunidad protectora, su socialización con los demás suele ser nula (…) mientras más grandes son los campamentos, más notorios son estos problemas”, señala.

Camila Rojas explica que crecer en una familia donde hay carencia de figuras de cuidado también puede generar dificultades para aprender a resolver conflictos y lidiar con las emociones. “En lugares de mucha necesidad, hay ocasiones en que los chicos sienten que la única forma de sentir emociones fuertes o de ayudar a sus familias es saliendo a robar. Eso también tiene que ver con la dificultad de respetar a las autoridades. Muchas veces los niños que crecen en estos lugares tienen actitudes desafiantes y dificultades para adaptarse socialmente”, comenta Rojas. 

La psicóloga menciona que el desarrollo cognitivo de los niños también se ve afectado cuando crecen en contextos de precariedad. Los campamentos no cuentan con espacios físicos apropiados para explorar y desarrollar al máximo todas las capacidades. “La estimulación cognitiva que pueden recibir allí es muy poca. No hay variedad en colores, texturas, sonidos o palabras. Porque todo en la infancia es adquirido por los patrones relacionales. Entonces, si en mi desarrollo mis padres no estuvieron presentes, no me leyeron un cuento o no me preguntaron cómo me fue en el colegio porque estuvieron preocupados de otras cosas, hay una afectación muy grande (…) es muy probable que mientras crezcan tengan sentimientos de abandono o de depresión”, afirma Rojas. 

Mitigar la crisis

El trabajo con la infancia en contextos de campamentos ha adquirido un lugar creciente en la política habitacional. A medida que se consolidan los esfuerzos por reducir el déficit habitacional, diversos organismos han comenzado a incorporar una mirada específica sobre las necesidades de niños, niñas y adolescentes que crecen en estos entornos, buscando condiciones que resguarden su desarrollo integral.

El Departamento de Asentamientos Precarios del Minvu desde 2022 ha incorporado un enfoque de derechos en su trabajo territorial de acuerdo a su director, Andrés Palma, en línea con la Ley 21.430 sobre Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia. En una minuta enfocada en los derechos de la infancia dependientes de este departamento, se detalla la realización de catastros para identificar a niños, niñas y adolescentes que habitan en campamentos. 

Esto, de acuerdo al documento, permite orientar planes de intervención con acciones específicas dirigidas a esta población. Entre las iniciativas desarrolladas en distintas regiones del país se incluyen talleres artísticos y  espacios de apoyo educativo. Además, en lo que se considera como el desarrollo de nuevos barrios para campamentos con estrategia de urbanización, se consideran áreas verdes, juegos infantiles y equipamiento comunitario con foco en el desarrollo de la infancia.

Junto con las iniciativas estatales, algunas organizaciones han desarrollado programas de intervención en campamentos para mejorar las condiciones de vida de los niños. El programa Techo para Aprender (TPA) de TECHO Chile, lanzado en 2018 en colaboración con Banco Santander, por ejemplo, tiene como objetivo proporcionar espacios educativos seguros y estimulantes para menores de edad en situación de vulnerabilidad. Ubicados dentro de los campamentos, estos centros de aprendizaje ofrecen actividades lúdicas y formativas que contribuyen al desarrollo socioemocional y al aprendizaje de los niños y niñas. Además, funcionan como lugares de contención y encuentro comunitario, especialmente durante periodos sin actividad escolar.

Hasta diciembre de 2023, se habían inaugurado más de 30 centros de aprendizaje en diversas regiones del país, incluyendo Tarapacá, Antofagasta, Atacama, Metropolitana y Biobío. Según una publicación de TECHO Chile, estos centros benefician mensualmente a cerca de 350 niños, niñas y adolescentes que viven en campamentos. 

Pero para Carla Naranjo, trabajadora social en el Departamento de Seguridad Comunitaria de la Municipalidad de Recoleta, el desafío es mucho más estructural: “No se trata de ayudar a los niños, porque ellos no deberían necesitar caridad; cuando nacen, ya tienen derechos garantizados. Darles ropa o comida es un parche: lo que necesitamos es empoderar a las familias. Hay que buscar formas de poder hacer que las familias generen recursos y de evitar los problemas de droga y alcohol”, señala Naranjo. 

Mientras tanto, Emmanuel sigue viviendo en el campamento, con sus dos hermanas y sus padres. “La otra vez dijeron que acá iban a hacer un parque. La dirigencia de acá iba a gestionar eso con la municipalidad. Pero no sé qué pasó, porque eso lo dijeron hace dos o tres años”, asegura Quintana, su madre, refiriéndose a una promesa que no se hace cargo del problema mayor: una solución habitacional digna. “Acá los niños están muy apartados, no pueden ni salir, así que sería bueno que se hicieran más talleres para ellos, pero que hubiera orden, porque entre los mismos niños se molestan”, añade con preocupación, mientras cubre con nailon el techo de su casa. Se prepara la lluvia que caerá en la noche.



Por: Merlina Cerda

Editado por: Jacinta Bulnes

Merlina Cerda es estudiante de tercer año de periodismo de la carrera de Periodismo en la FCOM. Es su primera vez publicando en un medio.

 

 

Comentarios

1 Comentario

  1. Marcela

    Excelente publicación.
    Evidencia con claridad la compleja realidad que enfrentamos en nuestro país, donde las brechas sociales, económicas y estructurales continúan profundizándose. Este tipo de análisis no solo visibiliza los desafíos actuales, sino que también refuerza la urgencia de diseñar e implementar políticas públicas que reconozcan y se adapten a la existencia concreta de nuestras comunidades: diversas, resilientes, pero muchas veces ignoradas por las decisiones institucionales.

    Necesitamos políticas con enfoque territorial, interseccional y centradas en las personas. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más justa y equitativa.

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