
Sepulturero hasta la tumba
Edgardo Naín conoce de cerca la muerte. En sus 59 años como el sepulturero más antiguo del Cementerio General, le ha tocado enterrar desde sus amigos y familiares, hasta históricos personajes como Salvador Allende, Jaime Guzmán, Eduardo Frei Montalva, Víctor Jara y Pablo Neruda.
Por María José Olea
Como quien pasea por el patio de su casa, Edgardo Naín (74)se abre paso por el intrincado laberinto de calles y avenidas del Cementerio General, indicando las tumbas y nichos que él mismo ha ayudado a construir. No le gusta sacarse fotos ni llamar la atención.
En el patio 6, justo detrás de la Capilla Católica, está la sepultura de Jaime Guzmán y a un par de metros a la izquierda, se ve la modesta tumba de granito de Eduardo Frei Montalva. En el patio 28, se impone el mausoleo con forma de torre de Salvador Allende; en el 160, se encuentra el diminuto nicho de color carmín de Víctor Jara y en el patio México III, yace la tumba en la que alguna vez reposaron los restos de Pablo Neruda, antes de ser trasladados a Isla Negra.
“Nunca le he tenido miedo a la muerte, a todos nos va a tocar algún día”, dice el sepulturero con una amplia sonrisa, mientras ordena meticulosamente una pila de documentos sobre su escritorio. Sus manos son gruesas, agrietadas, llenas de arrugas y rasmillones. Tras 58 años de trabajo, por esas manos han pasado cientos de fallecidos, desde su propia hija, a quien prefiere no recordar, hasta el mismísimo Pablo Neruda. El sepulturero más antiguo del Cementerio General, Edgardo Naín es un hombre robusto, de espalda ancha, brazos fuertes y mirada sincera.

De la máquina de escribir al chuzo y la pala
A los 20 años, después de haber pasado por un par de trabajos esporádicos como oficinista y ayudante de garzón en el Club de la Unión, Edgardo cruzó en 1961 el imponente arco de piedra del Cementerio General. En ese entonces, el cementerio cumplía 140 años y no tenía ni las 86 hectáreas, ni casi 100 patios, ni los más de dos millones de sepultados que tiene hoy.
Ya que era el único funcionario que sabía escribir a máquina, su trabajo inicial fue encerrarse en una oficina: documentos del difunto, certificado de la persona que inició el proceso de entierro, ubicación, precio y características de la sepultura. Se encargaba de esos trámites, hasta que un sándwich de jamón y queso le cambió la vida.
“Había un caballero que se creía dueño del cementerio, era mi jefe. Llegó un día y me dijo: anda a comprarme un sándwich. Yo le dije; un momentito, señor, a mí me contrataron para hacer boletines, no para hacerle mandados”, cuenta Edgardo. El castigo fue inminente. Debió construir dos cuadras de acequias por la calle Sotomayor del cementerio. “Creían que por ser delgado y joven no me la iba a poder, pero como después vieron que era bueno para el chuzo y la pala me mandaron a hacer sepulturas”, afirma. Así fue como inició su oficio con los muertos.

Era septiembre de 1973, 13 días después del golpe de Estado, y Naín con 28 años de edad junto a Óscar Yáñez, de 60, cumplían con su turno habitual: recibir a los cortejos fúnebres en la entrada del Cementerio General. A las afueras del recinto, una multitud de personas, en su mayoría militantes del Partido Comunista, entonaban con fuerza La Internacional sosteniendo claveles rojos entre sus manos, mientras un grupo de militares armados observaba atentamente la despedida del reciente difunto. Se trataba del poeta, Pablo Neruda, cuyo cáncer lo había vencido. “Yo dije: aquí los van a agarrar a balazos a todos”, recuerda Edgardo. En esa ocasión, su compañero, Óscar, le ordenó angustiado: “Chamaco, tú que estái criando hijos, ándate adelante con el carro fúnebre”. El joven Edgardo obedeció sin rechistar. El funeral terminó sin incidentes.


A 46 años de este acontecimiento, es Naín quien dirige los funerales. Con sus brazos entrelazados tras la espalda, el pecho en alto y el cuerpo rígido como una piedra, fija su mirada hacia el cortejo fúnebre que solemnemente acaba de ingresar por la puerta principal del cementerio.
Fernando Díaz (21) encabeza la marcha tirando del rebosante carro cubierto de flores y coronas. Una veintena de personas cabizbajas observan el lento pasar del ataúd, empujado cautelosamente por Juan Chamorro (58). Esta vez es el turno de ambos sepultureros de someterse a la inquisidora mirada de su jefe.
“¿Cuál fue mi primera impresión de don Edgardo? ¿Quiere la verdad o la mentira?”, exclama entre risas Juan Chamorro, quien lleva 35 años trabajando bajo las órdenes del veterano sepulturero. “Uh, era muy enojón”, dice chasqueando la lengua. “Le gustan las cosas correctas y como uno era más joven que él, tenía que aprender de los más viejos no más”, agrega Chamorro. “Me ha enseñado a ser responsable, porque antiguamente yo era de los que faltaban a los turnos y él me dejó claro que no debía hacer eso, porque le estaba cargando la pega a otros”.
Fernando Díaz ascendió recientemente de encargado de aseo a sepulturero, en reemplazo de su difunto padre llamado igual que él. Cuando tenía nueve años, el pequeño Díaz iba a diario al cementerio después de clases a dejarle el almuerzo a su padre. “Me acuerdo que llegaba a la puerta de Recoleta y don Edgardo me avisaba que mi papá estaba en el patio 40, pabellón 26 y yo quedaba plop, porque no conocía nada. Al final terminaba esperándolo, conversando con su jefe”, relata Díaz. “Siempre me decía: cuándo va a estudiar cabro, tiene que ir al colegio, no se ponga flojo. Y aquí terminamos po, ahora es mi jefe”, dice al encogerse de hombros.
Retirado de los patios, la tierra, las tumbas y el incesante movimiento del chuzo y la pala, Edgardo Naín pasa el tiempo sentado tranquilamente en su oficina, redactando los documentos de defunciones, atendiendo al público, supervisando los funerales y mirando ocasionalmente por la ventana, hacia la ciudad de los muertos.

Serio y de pocas palabras, cuenta su paso por el cementerio como si relatara lo que hizo ayer después de cenar. Habla con calma, directo al grano y con frecuentes monosílabos. Su mirada es fría y penetrante, pero a medida que recuerda sus anécdotas, la lengua se le va aflojando poco a poco. De vez en cuando deja escapar una tímida sonrisa e incluso se da el lujo de bromear y confesar sus “pecados”. “En ese tiempo llegaba cualquier flor, cualquier corona”, cuenta haciendo una pausa y bajando la voz. “Con unos compañeros hurtamos de las sepulturas unas coronas re bonitas y se las fuimos a dejar a Víctor Jara. Menos mal nadie se dio cuenta”, dice con una sonrisa traviesa.
Por un momento, detrás de esa apariencia parca y correcta, Edgardo Naín deja entrever al joven aventurero y maldadoso que fue en el pasado. Aquel que a los 11 años huyó de la casa de sus padres en Temuco negándose a estudiar en la Escuela Normal de Victoria, que durante dos años vagó de ferrocarril en ferrocarril por los campos del sur buscando trabajo y que finalmente llegó a Santiago, a la casa de su tía Zoila Prado, para luego volver a escapar y descubrir su destino final: el Cementerio General.


“Cualquiera que no conoce al jefe debe verlo y pensar que es pesado y gruñón, pero en realidad, conociéndolo con el tiempo, es todo lo contrario a lo que pueda decir la gente”, asegura Fernando Díaz. “Es verdad que es serio, estricto y que le gustan las cosas correctas, pero no es de andar enojado todo el día, siempre anda tirando la talla”, agrega el joven sepulturero.
Son las tres de la tarde de un lunes y la paz reina en el Cementerio General. Un extraño silencio, parecido al que se siente al estar bajo el agua, flota por todo el lugar. En los patios, los sepultureros van de aquí para allá acarreando flores, empujando los carros y conversando apaciblemente aprovechando el sol invernal. En la recepción de Sepultaciones, Edgardo Naín juguetea con las desgastadas teclas de su máquina de escribir, una Olivetti 1998.
“Trabajando allá uno es más libre, porque aquí en la oficina siempre hay ojos mirando, aunque ya me acostumbré”, dice entornando la murada y dirigiéndola luego hacia el patio. Suspira con un dejo de nostalgia por los tiempos en los que presionaba con fuerza la pala, mientras la tierra se iba abriendo.
Sobre la autora: Maria José Oleaes estudiante de Periodismo y escribió este reportaje para el curso Taller de Prensa. El reportaje fue editado por María Esperanza Palma en el Taller de Edición en Prensa y por Belén Castillo como editora de Km Cero.

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