“Mi activismo es investigar y seguir denunciando”: Marcela Turati, periodista mexicana especializada en víctimas de la violencia por la lucha contra el narcotráfico.

Ene 28, 2026

Secretaría de Cultura Ciudad de México, MEX AND TZOMPAXTLE JOHN GIBLER

Por Luciana González

En medio del contexto violento en el que ha tenido que ejercer su profesión, Marcela Turati optó por un periodismo que cuestiona el registro frío de los muertos y apuesta por la colaboración y la escucha de las víctimas. Su trabajo cruza denuncia y memoria pero también autocuidado.

Cuando Marcela Turati (51) tuvo que decidir el rumbo que tomaría su vida, no sabía si ser periodista o activista de derechos humanos. Ese era un tema que siempre había llamado su atención. Pero luego entendió que el activismo requería mucho tiempo para generar un impacto significativo. Como buena joven impaciente, miró otras opciones, y vio en el periodismo una oportunidad de cambiar el estado de cosas.

Hasta principios de los 2000, Turati cubría desastres naturales. Ese era su fuerte. Pero a finales de 2006, cuando el expresidente Felipe Calderón declaró la guerra contra las drogas en México, la violencia empezó a escalar en el país, y los homicidios, las ejecuciones extrajudiciales y las desapariciones se volvieron más comunes.

Frente a ese contexto, la periodista supo que podía hacer algo al respecto: “Yo quise entrar a contar eso porque veía que lo que se publicaba era muy nota de registro, lo que llamaban en los periódicos el “ejecutómetro”, el número diario de personas asesinadas, sin ningún tipo de explicación”.

Por eso, dice, decidió entrar a investigar. Primero fueron relatos: quiénes eran los asesinados, pero luego fueron también las personas desaparecidas. “Con el tiempo, con muchas denuncias, ves cómo empiezas a encontrar patrones, a encontrar cosas que ya ves que no son normales”.

Así, Turati definió el tipo de cobertura a la que ha dedicado más de 15 años de trabajo y que la caracteriza dentro y fuera de México: no hablaría de los cárteles, sino que de las víctimas de la violencia. Les daría voz, a ellas y a las familias que buscan incansablemente a sus seres queridos. Con esa hoja de ruta, ha desarrollado investigaciones de largo aliento sobre desapariciones y fosas clandestinas (como su más reciente libro San Fernando: Última parada [2023]), e impulsó proyectos que buscan rescatar estas historias de forma colectiva, como es el caso del portal Adónde van los desaparecidos.

A Marcela Turati no solo le pareció importante conectar con las experiencias de las víctimas; también había que generar conexiones entre los periodistas. Esa necesidad la llevó a cofundar la organización Quinto Elemento Lab, para fomentar el periodismo de investigación y el trabajo colaborativo en esa área; y la Red de Periodistas de a Pie, un espacio donde comunicadores de todo el país (especialmente mujeres) pueden apoyarse, compartir herramientas de trabajo, y formarse en seguridad y autocuidado.

¿Cree que durante estos años de trabajo ha podido unir estos mundos, el del activismo y el del periodismo?

—Mi activismo es por la libertad de expresión, que no maten a periodistas, que podamos hacer nuestro trabajo. Pero también es investigar, seguir investigando, seguir denunciando y presentar las investigaciones en foros, en la tele, en la radio. O sea, insistir y que le llegue a quienes pueden cambiar las cosas.

¿Se sintió llamada a cubrir temas de violencia por alguna responsabilidad?

—Sí, había algo que me llamaba, porque no me gustaba la cobertura que leía. Siento que tengo una facilidad o una empatía con las víctimas.

Fui armando equipos de investigación, capacitando a otros, capacitándonos juntos. Yo había creado con otras colegas una red de periodistas, y empezamos a ver el tamaño de la violencia y a pedir ayuda a colegas colombianas, también a chilenas. Todas de diferentes lados para entender qué estaba pasando y cómo cubrir los temas.

¿Y cómo es esta relación que construye y mantiene con las víctimas, con las familias de las víctimas de la violencia?

—Depende de la profundidad, del tiempo. Hay una [persona] que su mamá está desaparecida desde los años 70, una hija buscadora que la conozco desde hace más de 20 años y ella es una de mis mejores amigas. Hay gente con la que nada más la entrevista y seguimos en contacto. Pero sí hay muchas madres que las conozco desde hace tanto y las he cubierto ya tanto que tenemos una relación de cariño. Me invitan a veces a comer a su casa. Yo, en lo que puedo, les hablo, les cuento lo que investigué. A veces ya no investigo los casos de sus hijos, pero bueno, se mantiene una relación.

¿Hasta qué punto se permite conectar con su dolor?

—O sea, para escribir siento que hay que conectarse. Me permito conectarme porque, si no, no puedo hacer la entrevista. Sin conexión, ¿cómo vas a entrevistar a alguien?

¿Eso le afecta de alguna manera anímicamente?

—Siempre hay una afectación por la acumulación de historias que escuchamos. También pienso que, en vez de estar pensando todo el tiempo en cómo nos cuidamos, también hay que pensar en cómo nos dejamos tocar por las historias, cómo las procesamos, porque siento que las historias también te humanizan.
Te humaniza ver a las madres o a las familias buscando a sus hijos desaparecidos. Por eso yo antes sí pensaba mucho en cómo cuidarme, pero ahora también pienso cómo dejarme tocar.

En otras entrevistas que ha dado y en las que le han preguntado cómo afronta estos casos de violencia, que pueden ser difíciles de digerir, usted ha mencionado que realiza rituales. ¿Cómo son estos rituales y cómo se acercó a estas prácticas?

—Yo coordino un proyecto que se llama A dónde van los desaparecidos. Creamos una red de periodistas que cubren desapariciones, para trabajar en colectivo y para apoyarnos. Entonces, parte de cuando nos encontramos y así, intentamos hacer rituales, porque el trabajo es muy fuerte. Estos rituales [son] para compartir los dolores, lo que ha sido pesado, nuestras esperanzas, lo que sentimos que hicimos mal. Un poco sacar culpas, también aprender a cuidarnos.

En este trabajo te llenas de culpas. De cosas que hiciste, que no hiciste, decisiones que tomaste, si tienes un testimonio y no lo sacaste, porque pensaste que era mejor que no saliera por riesgo a la persona, pero a la persona la matan y tú no lo sacaste, entonces te sientes super culpable.

Sé que se oye raro, pero es parte de cuando estás tan cerca de la muerte, cubriendo la vida, la muerte, la angustia, el terror, el miedo, la desilusión, el dolor, también la lucha de las familias. Hay que hacerse de otros recursos para seguir acompañando y seguir documentando”.

La seguridad emocional

Cuando se trata de la seguridad de los periodistas, Marcela Turati no cree que baste con comunicarse a través de la aplicación Signal o encriptar las comunicaciones: “A veces la seguridad pasa por otros espacios”, y, en ese sentido, el apoyo terapéutico también es una dimensión importante:

—Otra cosa que también hice alguna vez fue en una investigación colectiva, que era sobre el asesinato de una periodista y que fue superfuerte porque era amiga de muchos, y era muy riesgosa también. Los recursos que teníamos me dijeron que los usara en seguridad pero yo decidí usarlos en seguridad emocional y psicológica. Todos los del equipo tenían que ir a terapia semanal individual, y también tuvimos terapias grupales.

En 2015, mientras investigaba el asesinato del periodista mexicano Gregorio Jiménez junto a otros colegas, Turati fue amenazada: llamaron a sus padres para avisar que querían «levantarla», es decir, secuestrarla y desaparecerla. No sabía con certeza cuál de sus investigaciones motivó esa amenaza, pero diversas organizaciones de derechos humanos le aconsejaron dejar su hogar por un tiempo, y eso fue lo que hizo. Estuvo un mes en Washington D.C., Estados Unidos, un periodo donde acudió a clases de meditación. Fue en ese contexto, en el que conoció a una profesora que le dijo que no podía simplemente ir y salir de los lugares que visitaba, de ir a ver fosas e irse como si nada.

En este proceso de autocuidado, Marcela y sus compañeras de la red se acercaron a nuevos enfoques, a escuchar el “deadline emocional” de sus proyectos, a decir “hasta aquí llego”.

Dentro de esta oportunidad para explorar nuevos ángulos, Turati cree que es necesario romper las reglas tradicionales del periodismo. Cuando algunos de sus amigos o colegas fueron asesinados, como ocurrió con los periodistas mexicanos Javier Valdés y Miroslava Breach, cayó en la cuenta de que ellos habían recibido amenazas, pero no habían actuado. Fue como si fueran inmunes a la violencia o se tratara de algo rutinario.

—También fue parte de eso pensar que no podemos apagar el miedo que tenemos. Hay que conectarse con el miedo. Muchos periodistas me dicen: «Es que no sé si sigo siendo periodista si lloro”, y yo tenía siempre ese conflicto, así que les digo: «Es que claro que necesitamos llorar».

Comentarios

0 comentarios