
Las buenas juntas de Claudia Huaiquimilla
Mala junta, su primer largometraje, con el que ganó el Festival de Cine de Valdivia y que se estrena en 2017, muestra cómo un joven mapuche y otro santiaguino deben resolver sus diferencias para enfrentar un problema. Fue filmado en el sur con el apoyo de la misma comunidad que representa, quiénes aportaron con conocimientos e incluso se involucraron en procesos como el catering.
Por Vicente Iturriaga/Fotos: Gentileza de Claudia Huaiquimilla
Son las dos de la tarde de un jueves de noviembre y la directora de cine Claudia Huaiquimilla (29), cruza a paso rápido el patio principal del campus Casa Central de la Universidad Católica, de la cual egresó hace cuatro años como Directora Audiovisual. Carga una pila de carpetas con documentos y el calor del día se nota en el sudor de su frente. “Perdona la demora”, dice. “Estaba en una reunión de un proyecto y me soltaron recién”.
Su película Mala junta, recibió el premio a mejor largometraje nacional en el Festival Internacional de Cine de Valdivia: el pudú dorado y tres millones de pesos. “Fue algo muy sorpresivo. Los premios en lo personal me los tomo como una oportunidad de visibilización, pero no más que eso, porque encuentro que son muy subjetivos”, dice la realizadora.
El contexto de la película es el conflicto mapuche y cuenta la historia de Alejandro (Andrew Bargsted), un adolescente que es enviado al sur de Chile a vivir con su padre (Francisco Pérez-Bannen), después de haber sido atrapado delinquiendo. Ya instalado en el sur se mantiene al margen de la autoridad que su padre le intenta imponer. Alejandro se hace amigo de Cheo (Eliseo Fernández), un joven mapuche de la zona que es discriminado en el colegio por su orígen indígena. Después de que encuentran un cadáver, los dos protagonistas se unen para afrontar el violento ambiente de la zona.

Claudia creció en Santiago, aunque siempre se dividió entre la capital y Lawán, un sector de la comuna de Mariquina en la región de Los Ríos de donde es su padre, Víctor Huaiquimilla, de herencia mapuche. Ahí él ha ejercido un rol como encargado de la Aldea Intercultural Lawán, que busca dar a conocer la cultura Mapuche Huilliche, la rama austral del pueblo indígena. Su objetivo es reforestar el sector que ancestralmente ha sido de su familia.
“Hay una dicotomía que he tenido en mi vida en general: mi mamá es chilena y mi papá es mapuche, y ambos aportaron dos formas muy distintas de ver el mundo”, cuenta la cineasta. De su madre dice que aprendió a sacar adelante sus ideas, mientras que de su padre obtuvo la importancia de la narrativa.
“Como mi familia es muy divergente, tuve acceso a literatura y películas que en Chile no se podían ver”, dice y recuerda cuando su padre le trajo para ver en DVD La Última Tentación de Cristo (1981), que había sido censurada en el país y cuya prohibición le había parecido ridícula. “¡Y yo más encima pertenecía a un colegio católico!”, bromea Claudia entre risas.
Con el tiempo Claudia comenzó a prestarle más atención al cine y sus padres le traían las películas de cine arte que encontraban en la feria. Dice que su madre siempre se preocupó de eso. “Aún así, fue poco conocimiento en comparación con lo que aprendí después en la universidad”, comenta Huaiquimilla.
“Después de la reacción positiva que tuvo el largometraje veo el éxito desde otra perspectiva, una que trasciende los premios y el dinero, y se enfoca en mi conexión con la audiencia”, cuenta Huaiquimilla.
En 2008 entró a estudiar Comunicaciones en la Universidad Católica. No sabía si optar por Periodismo o Dirección Audiovisual, elección que se hace en el segundo año de carrera. “Trabajar la escritura desde el aspecto de la información no me llamaba la atención , me di cuenta de era otro tipo de relato el que me interesaba”, cuenta Claudia. Ella quería contar historias que reflejaran las realidades desde lo universal.
Dice que en Dirección Audiovisual trabajaba con una narrativa que se parecía mucho a la que usaba su padre, con relatos que no tienen solo un significado, sino que mucho subtexto, que requerían la participación del espectádor.
“Hasta hoy mi papá me cuenta historias que ocurren en el campo. Lo entretenido es que siempre hay algo sublime, algo misterioso y, por supuesto, mucho subtexto detrás de lo que está diciendo; nada es literal. Es habitual que en el campo estemos horas conversando con la familia, porque tenemos muchas teorías respecto a las cosas, a las que quizás el chileno no les pone mucha atención ”, cuenta Claudia con entusiasmo.
La liberación a través del cine
Claudia era muy tímida de pequeña, le costaba expresarse porque hablaba muy poco. En vez de eso, irrumpía a veces con acciones violentas, como una vez que rompió un ventanal con un martillo para dar a entender su desacuerdo respecto a las decisiones sobre el orden en la casa que tomaron sus padres. “Fue sumamente liberador, aunque el castigo fue enorme. Pero la verdad es que algo muy parecido me pasa con el cine”, explica Claudia.
Lo describe como una pulsión, una necesidad de expresar una idea o historia, y la forma con la que más cómoda se siente para hacerlo es mediante el lenguaje audiovisual. “Puedo conversar con amigos, escribir cuentos, pintar. Pero con ninguna de esas cosas siento la liberación que necesito para expresarme”, dice la realizadora. Para ella, hacer una película -a pesar del desafío que fue conseguir el financiamiento, las locaciones y al equipo y terminar la postproducción- fue una liberación.
Plantear preguntas
Mala junta fue filmada entre las comunas de Mariquina y Lanco. Contó con actores profesionales como Francisco Pérez-Bannen (Sexo con Amor,Padre Nuestro, De jueves a domingo), Francisca Gavilán (Violeta se fue a los cielos), Ariel Mateluna (Machuca, Mirageman, Matar a un hombre) y Andrew Bargsted (Locas perdidas, Nunca vas a estar solo). La directora incluyó también incluir a miembros de la comunidad mapuche, quienes no solo fueron parte de la película, sino que ayudaron en la producción aportando al equipo con comida y bebestibles para el catering, y permisos de grabación en los sectores de su propiedad.
“Fue muy difícil buscar herramientas de financiamiento, en parte por el tema de la película y en parte por mi falta de trayectoria. Nadie quería hablar del conflicto mapuche, ni mostrar niños fumando marihuana; y mucho menos por parte de un equipo cuya directora estaría lanzando su ópera prima”, cuenta Huaiquimilla. Todas esas frustraciones la llevaron a darse cuenta de cuál era su mayor fuente de recursos: el capital humano. El equipo técnico, sus vecinos y su familia. Todos trabajaron gratis, estuvieron siempre atentos y dispuestos. Podían hablar desde su terriorio y aportar a contar su propia historia.
Mala junta se estrena en salas chilenas en 2017.
“Después de la reacción positiva que tuvo el largometraje veo el éxito desde otra perspectiva, una que trasciende los premios y el dinero, y se enfoca en mi conexión con la audiencia”, cuenta Huaiquimilla. Después de una función, varios integrantes de la comunidad Mapuche de la comuna donde fue filmada Mala junta se le acercaron y le comentaron lo identificados que se sintieron con lo que muestra la película.
“Se veían felices, agradecidos y orgullosos. Me agradecieron sentirse representados de manera digna, sin estereotipos y ver un conocimiento real del mundo sureño en la pantalla grande. Creo incluso que se sintieron mucho más empoderados y con ganas de participar nuevamente en una obra audiovisual”, dice Claudia.
La directora se dedicó a investigar en profundidad el conflicto Mapuche, como casos de la Unicef sobre allanamientos que ocurrieron en comunidades mapuche y material de archivo de noticias para ver qué es lo que sabía el chileno promedio sobre el tema. Fueron casi 18 meses de trabajo de recopilación de material que la ayudaron a elaborar diversos elementos arquetípicos para así poder armar su historia. “Fue una tarea muy difícil, en especial tratar el tema en una hora y media y con tan pocos recursos. Me lo tomé con toda la seriedad y responsabilidad posible”, explica.

“El que la gente demostrara tal interés y que se sintiera así de representada es lo que a mí me hace feliz. En el Festival de Cine de Valdivia, al final de la función, se generó algo distinto, algo que no fue solo hablar de cine, sino hablar de varias cosas. Por eso hago cine, no es para dar respuestas, sino para plantear visiones. Que la gente tuviera ganas de reflexionar y presentar sus perspectivas fue muy importante para mí”, comenta Claudia y sonríe.
Sobre el autor: Vicente Iturriaga es estudiante de Periodismo y escribió este reportaje como parte de su trabajo en el curso Taller de Prensa. El artículo fue editado por Javiera Zaccarelli en el curso Taller de Edición en Prensa.

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