Foto Revista Anfibia
Con 30 años de experiencia en investigación, para Ginna Morelo el periodismo ya no es una carrera por llegar primero, sino un ejercicio de explicación, escucha y colaboración entre periodistas. Por eso, para quienes cubren crimen organizado y otras temáticas que puedan poner en riesgo a uno mismo o más personas, abandonar la figura del héroe solitario es urgente: “No necesitamos periodistas acaparadores que quieran viajar solos y terminen publicando el reportaje con su propia y única visión”.
Por Alhena Arce
El 28 de octubre de 2025, Ginna Morelo (52) recibió un llamado de una antigua mujer que había entrevistado para el reportaje titulado “Perdidos en la raya”, un trabajo que se hizo en alianza entre el medio ArmandoInfo de Venezuela y Vorágine de Colombia. La razón del contacto fue algo que la tomó por sorpresa: la mujer quería contarle que a su hijo –capturado en Venezuela y recluido durante meses– había sido recientemente liberado y quería pasárselo al teléfono para conversar.
Momentos como estos, revelan lo que Morelo ha sido en este tiempo: una periodista reconocida por mantener vivos los vínculos y no olvidar a quienes alguna vez confiaron en ella para contar sus historias.
Morelo es maestra en la Fundación Gabo, profesora en la Universidad Javeriana y reportera desde 1995. Ha recibido varios reconocimientos, como el Premio Gabo en 2018 y el Simón Bolívar de Colombia en cinco ocasiones.
Nacida y criada en el barrio Los Laureles, en la ciudad de Montería, hoy es también madre y una encantada de la cocina y el baile. Su vida se divide entre Bogotá, donde vive con sus hijos, y Berlín, donde se encuentra actualmente su esposo.
Haber crecido en una región “tan golpeada”, como ella misma describe, hizo que viera de cerca a personas que habían sido víctimas de violencia y fue, en ese entonces, que su deseo por contar historias creció aún más: “para que los ciudadanos pudiésemos tener conciencia de lo que ocurría en el territorio”.
Usted dijo en una entrevista que creía que lo más importante era el reporteo. El observar, acompañar y estar ahí mismo. ¿Cómo se puede aplicar esa idea cuando el periodista cubre historias complejas y, muchas veces, violentas?
«Yo he defendido mucho estar en el lugar donde ocurren las cosas, porque esa cercanía y esa proximidad no solamente te proporciona cosas supremamente importantes, que son los elementos narrativos poderosos para la historia, sino ese nivel de comprensión que tú no vas a poder lograr si es que te cuentan las cosas sin que tú las veas.
Toda mi vida me la he pasado reporteando en lugares difíciles y peligrosos y por eso también he tenido experiencias un poco dolorosas en el oficio, pero yo creo que hay que intentar acercarse a esos lugares, quizás no en el mismo momento en que ocurren los hechos, pero sí en el distanciamiento de la ocurrencia, hasta que llegue el momento adecuado para ir al lugar.
Si es que no tienes los recursos y no te puedes movilizar, entonces agota todas las instancias posibles de reportería que no solo te permitan notas textuales, sino mucha conversación y mucha escucha e intenta construir paisajes sonoros de los procesos que quieres desarrollar para que te puedas acercar.
Por ejemplo, cuando estábamos en pandemia, yo quería entrevistar a un refugio de migrantes venezolanos que volvían a Venezuela, pero no podíamos llegar hasta el lugar. Entonces, entrevisté por llamada durante horas, y en distintos momentos del día, a una misma persona. En la mañana conversábamos mientras cocinaba o lavaba. Al mediodía volvía a llamarla cuando preparaba su almuerzo y en la noche hablábamos antes de que se fuera a dormir. Para mí era imperativo tomarle el pulso a las reflexiones minuto a minuto de esa persona que yo no iba a poder ver. Siempre hay maneras, aunque eso implique más trabajo, pero mayor fidelidad con los personajes y los hechos”, reflexiona la periodista.
¿Cómo genera la confianza necesaria para que las personas acepten compartir sus historias con usted?
«Fíjate que cuando comencé en este oficio esa fue mi primera pregunta: «¿Por qué la gente tendría que hablar conmigo?». Mi maestro Germán Castro Caycedo, que para mí es uno de los investigadores y cronistas más importantes que tuvo Colombia, nos dijo que siempre había que compartir nuestro storytelling con el otro. O sea, abrirnos nosotros primero antes de pedirle a esa otra persona que se abra, para que así se pueda empezar a construir ese puente de confianza.
Eso significa muchas horas de conversación y de diálogo previo antes de prender una grabadora o una cámara, que es lo que parece que hoy no pudiera suceder porque el Breaking News sigue siendo el rey. Hay que volver a invertir tiempo en las construcciones y los espacios de diálogo previo a decir, ‘te voy a grabar’.
Lo otro que también considero que es muy importante es que seamos absolutamente honestos con la persona con la que estamos conversando. La honestidad comienza incluso por decir que nuestro ejercicio no es objetivo, sino que es subjetivamente honesto. Explicarle de que puedo equivocarme, puedo plantear inquietudes o preguntas desde mi desconocimiento.
Porque por supuesto que no es cierto que los periodistas lo sabemos todo, es como empezar a desmitificar ese vestido que se le puso al oficio que todavía sigue imperando, o sea, la gente espera de nosotros que seamos infalibles, que seamos perfectos, que seamos objetivos.
A mí me encanta escuchar y soy muy buena en eso, ojalá pagaran solo por escuchar, creo que ganaría mucho dinero. Y en esa escucha activa, tú no estás preguntando, estás dialogando».
¿Cómo se puede equilibrar una narrativa que no dramatice ni caiga en el sensacionalismo, pero que también mantenga la fuerza de los testimonios?
«Todo comienza por hacerse esa pregunta y por el compromiso de no caer en el lugar común del espectáculo.
Para mí la definición más bonita del periodismo es que es un ejercicio que se hace como una intermediación para explicar. El periodista y autor, Alex Grijelmo, dice que el periodista es un traductor de la realidad.
Lo testimonial debe ir de la mano de la información dura para lograr mantener ese equilibrio que le da a tu historia un lugar importante, pero ese lugar no es porque sea la más leída, es porque realmente conduce a las explicaciones que se necesitan.
Para mí el periodismo es mucha más explicación de lo que creíamos y, de hecho, eso puede hacer la diferencia para volver a ser importantes, porque ya casi no somos tan relevantes.
Entonces, el equilibrio está entre lo testimonial, los archivos, las pruebas, los datos, los documentos junto a dar la exacta proporción para que podamos enganchar a la gente y se quiera quedar con nosotros para que entienda el suceso”.
El silencio como palabra habitada
A Morelo siempre la persiguió una inquietud que terminó convirtiéndose en una gran pregunta: “¿Qué pasa cuando la gente se queda callada?”. Esa interrogante se volvió en su espacio de trabajo. Tanto así, que su tesis gira precisamente en torno al silencio en guerra y cómo se puede trabajar desde ahí.A lo largo de su vida, se dio cuenta de que no es necesario romper el silencio porque, dice, “el silencio es palabra habitada, el silencio comunica un mensaje”.
¿Qué impacto ha tenido en usted las experiencias que le ha tocado vivir por el periodismo, especialmente al presenciar vivencias tan intensas y realidades dolorosas en sus coberturas?
“Siempre me he encontrado con historias en donde el silencio era presencia, esa idea de ‘te cuento eso, pero no te cuento más’ o ‘no preguntes sobre eso, de eso no se habla’. Hasta que un día me decidí por contar un hecho importante, que era una toma a una universidad pública en Colombia, la Universidad de Córdoba. Los paramilitares nombraron al rector y al cuadro directivo y la universidad quedó en manos de la derecha armada ilegal. En ese entonces, nadie hablaba de eso. Hoy, ya pude escribir un libro, ‘La voz de los lápices’. Solamente pude hacerlo porque entendí que el silencio es una pausa cargada de intención, como lo dice la investigadora Carmen Pardo”.
¿Por qué cree que es tan importante darle voz a las historias que nunca fueron escuchadas?
«Hay una frase que tenemos que romper y es que «el periodista le da voz a quien no tiene». Esto no es así, todo el mundo tiene voz. Todo el mundo construye un ejercicio de memoria, de recordación o de historia desde una voz. Y los periodistas llegamos a ella o no llegamos a ella, por las razones que sean. Entonces, es tan importante cuando logras llegar a esa voz porque logras ubicarla en un contexto y espacio temporal y espacial y te permite explicar una pieza de ese gran rompecabezas llamado vida.
Yo creo en el periodismo que agencia la memoria. En el año 2000 empecé a reportear, pero no pude contar las historias por diferentes circunstancias y, una de ellas, era porque los dueños de estas historias no estaban preparados todavía para que se conociera. Para mí fue tan sencillo como entender que el silencio cuenta una historia que en algún momento va a salir a la luz. Creo que eso le otorga todo el sentido del mundo al oficio que hacemos.
El día en que todos los periodistas entendamos que no tenemos que contar lo que nadie más ha contado, sino que debemos explicar lo que la gente necesita comprender, vamos a hacer un trabajo todavía más bonito y comprometido. Y para poder comprenderlo y explicarlo tenemos que hacer ese ejercicio de escucha activa, de espera, de humildad, de trabajo colaborativo para recuperar esas voces que existen y que yo no pude escuchar en ese momento”.
“No soy fan de los periodistas valientes”
Gina Morelo ha pasado por momentos complejos en su vida, como recibir amenazas contra sus hijos, pero hubo un momento en que todo se quebró empujándola lejos del periodismo. A fines de 2013 se enteró del asesinato de Gildardo Padilla, una de las fuentes de su proyecto de investigación, alguien con quien construyó una relación de confianza. La noticia la marcó profundamente. Ese trabajo periodístico fue titulado “La ruta del despojo”, en la cual se investigó y documentó el despojo de tierras y el desplazamiento forzado de campesinos en las subregiones de Urabá antioqueño y Córdoba, Colombia, a manos de actores armados como la guerrilla y los paramilitares. Por esa investigación, Ginna fue distinguida con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, pero para ella era inentendible que recibiera un premio mientras su fuente había sido asesinada.
“Fue un sufrimiento muy fuerte el que viví, pero tuve que hablar de él para poder hablarlo ahora”, dice.
Hoy, reconoce que el oficio obliga a tomar decisiones complejas, como saber cuándo avanzar y cuándo detenerse, cuándo medir el paso o cambiar de forma.
“Creo que ocultar traumas es una tontería. No soy fan de los periodistas valientes y la heroicidad periodística”.
¿Cómo saber dónde está el límite entre la seguridad personal y querer seguir reporteando el tema?
“Los límites siempre están. El periodista no es un héroe, es un instrumento y un medio para el interés público. Creo que hay una suerte de principios que no podemos dejar de saber que están siempre ahí. El primero es la ética. La ética plantea una forma del ejercicio y si uno sobrepasa esas reglas está mal, por lo que sencillamente no hay que hacerlo. Por ejemplo, grabar una entrevista a escondidas, o no decirle a la fuente realmente mis intenciones o lo que estoy buscando. Creo que la ética es una frontera interesante para entenderla y que nos cuida de no cometer errores.
Si hay algo complejo en este oficio es que nosotros tenemos en nuestras manos historias, pero estas historias son vidas y, si no somos cuidadosos con los otros y con nosotros mismos, entonces estamos haciendo correr peligro a personas.
Lo tercero, es que las historias que hacemos las realizamos desde la vinculación con un medio, entonces debemos exigirle a los medios que nos cuiden. El medio se debe hacer responsable del periodista y tienen que existir manuales de protección.
Debemos ser capaces de poder decir ‘Hasta aquí puedo llegar’ y eso es absolutamente válido. Debemos combatir el ego que los periodistas tenemos y que nos impulsa a ir más allá sin importar cómo y por qué. El ego te puede dar premios, pero no te da la audiencia que quieres, si es que lo que buscas es el interés público de las historias”.
Usted ha trabajado en proyectos de periodismo colaborativo y transfronterizo como la alianza entre El Tiempo (Colombia) y Efecto Cocuyo (Venezuela) para la investigación de “Venezuela a la fuga”. ¿Cómo vivió esa experiencia y de qué manera cree que la colaboración entre medios puede ayudar a cubrir temas sensibles y potentes de manera más segura y con mayor profundidad?
“Una vía para que el periodismo sobreviva y siga siendo relevante es a través de la colaboración. Primero, porque no hay una historia que no sea universal. Por ejemplo, el estallido social que ocurrió en Chile también sucedió en Colombia, Bolivia y en otros países. Necesitamos periodistas que estén más allá de su propia nacionalidad y que puedan entenderlo y lo traduzcan como debe ser. No creo en el periodismo de firmas. No necesitamos periodistas acaparadores que quieran viajar solos y terminan publicando el reportaje con su propia y única visión”.


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