Según el último Catastro Nacional del Ministerio de Desarrollo Social hay 12.255 personas en situación de calle. De ellas, el 68% recibe remuneraciones y un 5% tiene cursado estudios superiores. Una residencia solidaria se encarga de acoger a este tipo de personas: las que estudian, trabajan y que por una razón específica siguen viviendo en la pobreza extrema.
Por Daniela Herrera
El miércoles 15 de mayo, el noticiario “24 horas en la mañana” informaba sobre la apertura del ex Estadio Chile para personas en situación de calle. El primer albergue habilitado en la Región Metropolitana abriría sus puertas a las 17 horas debido a una alerta preventiva de bajas temperaturas decretada por la Oficina Nacional de Emergencia. “Lo complicado acá es que obviamente la persona en situación de calle no tiene televisor, no tiene radio, no tiene celular y menos internet. ¿Entonces, cómo se entera de que los albergues están habilitados para que puedan dormir ahí?”, decía el periodista en su despacho.
Las personas en situación de calle no necesariamente cumplen con las características descritas anteriormente. Muchas sí tienen acceso a un televisor o a una radio porque viven en residencias solidarias, como la Corporación Nuestra Casa. De acuerdo a la definición del Ministerio de Desarrollo Social en el Catastro Nacional de 2011, las personas en situación de calle son aquellas que “por carecer de un alojamiento fijo, regular y adecuado para pasar la noche, encuentran residencia nocturna –pagando o no por este servicio– en lugares dirigidos por entidades públicas, privadas o particulares, que brindan albergue temporal. Pertenecen a este grupo quienes alojan en residencias y hospederías, solidarias o comerciales”.
La residencia solidaria Nuestra Casa fue creada de manera independiente el año 2000 por estudiantes de ingeniería comercial de la Universidad Católica. La idea era formar una comunidad para albergar a personas que dormían en espacios públicos y, al mismo tiempo, reinsertarlas en la sociedad como individuos autovalentes, tanto económica como emocionalmente. Hoy la casa tiene capacidad para 34 hombres de entre 18 y 60 años.
Los residentes se encargan de administrarla de acuerdo a normas impuestas por los monitores de la corporación. El aporte que los habitantes deben hacer es de $1.100 diarios y $500 adicionales si quieren cenar. Todas las mañanas uno de ellos es el encargado de ir a buscar el pan y semanalmente se turnan para hacer el aseo. Es requisito tener un empleo estable o esporádico, y a las 9 de la mañana deben salir hacia sus trabajos.

La Corporación Nuestra Casa no cuenta con financiamiento estatal. Casi un 40% lo recibe de empresas asociadas y un 12% del aporte que hacen los residentes. La casa cuenta con cinco habitaciones para seis personas y una pieza para cinco. Al entrar, un pasillo largo lleva al living comedor: cuatro sillones azules rodean un televisor de 20 pulgadas y una larga mesa arrinconada contiene la cena de varios residentes que aún no comen. En un costado hay un computador. Más allá, al final del pasillo aparece un patio largo donde está la cocina. Esteban Lecaros, el cocinero de la casa, recibe los vales y entrega los platos de las personas que pagaron. Mientras tengan dinero y quede comida, la repetición de la cena no tiene límite.
Si bien las personas que viven en la residencia solidaria estudian, trabajan o generan sus propios ingresos, la situación de calle de las personas que atiende está lejos de ser superada. Según María Paz Martínez, sicóloga voluntaria de la corporación, ellos no viven así porque les gusta, sino que siempre “existe un hecho muy particular que los hace caer en esta condición”. La razón específica siempre es una, pero los caminos que luego se siguen son distintos.
Alcohol y drogas
El viernes 17 de mayo, cerca de las 22 horas, Pedro Maldonado recibió una noticia tranquilizadora. Jennifer Cortés, monitora social de la residencia Nuestra Casa, le contó que sería aceptado, por tercera vez, en el hogar que hacía un par de meses había decidido dejar. Entonces sus estudios de cocina internacional –realizados gracias al programa estatal Chile Solidario– le permitieron trasladarse a vivir a una clínica siquiátrica donde comenzó a trabajar como encargado de la cocina. Sin embargo, después de que lo despidieran por consumo de alcohol y drogas, llevaba tres semanas durmiendo en una casa okupa junto a tres personas más.
“Maldonado”, como lo llaman en la casa, tiene 34 años. A pesar de haber cursado un año de administración de empresas en el Centro de Formación Técnica Simón Bolívar de Quillota, hoy trabaja como vendedor ambulante en las micros del sector de Patronato. Al finalizar el día, según la cantidad de dinero obtenido, lo gasta en pasta base, cocaína y marihuana. “Ayer me gasté como 30 lucas carreteando. Llega un momento en que no puedo evitar comprar droga. Y sé que si me hubiese aguantado un poco, podría haber esperado hasta el sábado para salir con mi hija”, dice Maldonado, quien cuando logra mantener dinero en su bolsillo se lo entrega a su única hija de 18 años.

El perfil de personas que acoge la Corporación Nuestra Casa se relaciona con personas que trabajen y puedan valerse por sí mismas física y mentalmente. No existen discriminaciones por problemas con drogas o alcohol, pero no está permitido que los residentes ingresen bajo sus efectos. Si es así, se les pide que regresen al día siguiente. Cuando el residente quiebra esta norma en reiteradas ocasiones, se le castiga con el impedimento de ingresar a la casa durante un par de días. Tras eso algunos nunca vuelven, y por eso existe un porcentaje de rotación importante dentro de la casa. Todos los meses, en promedio, seis personas se van para siempre.
Cuando Maldonado tenía 20 años, la separación de su familia lo dejó en la calle. Debido a las constantes detenciones por hurto, su esposa le exigió que abandonara la casa. Luego de tres años viviendo con familiares, amigos y conocidos, fue encarcelado en un recinto penitenciario de Valparaíso acusado de robo con intimidación. Durante los seis años de prisión terminó la enseñanza media y dio la Prueba de Selección Universitaria.
“Cuando salí de la cárcel yo trabajaba, iba al instituto, pololeaba y me drogaba. Dejé de consumir por un tiempo, pero me volví a desestabilizar. Así empecé a robar de nuevo para conseguir la pasta, coca y marihuana. Hoy ya no lo hago, sino que trabajo para obtener la droga”, cuenta Pedro Maldonado, mientras, después de varios días, come su primera cena bajo techo.
Según la sicóloga jefe de la casa, Katherine Arriaza, si bien la mayoría de los residentes tienen herramientas intelectuales para buscar un trabajo y mantenerlo, no todos tienen la capacidad emocional para enfrentar una situación de conflicto. “No necesariamente las personas con un nivel de preparación educacional tienen los mecanismos emocionales para solucionar problemas, y ellas son las que quedan en situación de calle. Cuando quieren volver a retomar su estilo de vida, aunque tengan una base académica, no pueden”, dice Arriaza.
Las personas en situación de calle conviven con patologías siquiátricas como trastornos de la personalidad, de ánimo, narcisistas y bipolares. Los trastornos son los que generan los quiebres y, posteriormente, se canalizan en adicciones. Por lo menos el 60% de los residentes consume alcohol o drogas, aunque, según la sicóloga Arriza, ellos se mueven en polos “funcionales”.
La aventura
El día en que a Pedro Maldonado le dieron una nueva oportunidad de ingreso a Nuestra Casa, a José González le solicitaron abandonar el lugar debido a los cinco días que estuvo sin alojarse ahí. Sus pertenencias fueron retiradas de la habitación y cuando llegó se encontró con la sorpresa. “¿A dónde te vái a quedar?”, le preguntó Esteban Lecaros, el cocinero de la residencia. “No sé, yo cacho que a la vida no más”, respondió González, mientras acomodaba en su espalda un bolso. “Ándate al Víctor Jara”, le dijo el cocinero. Cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia en la capital, los coordinadores ya comentaban que el albergue del Estadio Víctor Jara estaba a punto de superar las 400 personas, su capacidad máxima.
José González tiene 27 años. Estudió Análisis de Sistemas en la Universidad Andrés Bello, pero no terminó y en julio próximo espera titularse de Técnico en Turismo en el Instituto Profesional de Chile. Hace cuatro meses llegó a la residencia solidaria debido a problemas con el pago de un arriendo. Pero su vida en la calle comenzó hace dos años cuando su papá lo echó de la casa tras encontrarlo fumando marihuana en el living. Las siguientes tres semanas las pasó en una carpa, entre unos arbustos de una plaza del Barrio Yungay.

Todos los días debía armar su carpa, bolso y mochila. Un amigo le prestaba el baño y muchas veces esperaba las duchas del gimnasio de su instituto para poder bañarse. “No por dormir en la calle me voy a echar a morir. En mi carrera se habla de sustentabilidad y sostenibilidad. Eso tiene que ver con el equilibrio social, económico y ecológico y con una utopía de excelente calidad de vida. En ella nadie vive estresado y el dinero es suficiente como para vivir bien. Esa es mi lucha diaria”, dice González, quien trabaja de lunes a viernes en una heladería del Mall Chino del barrio Patronato.
Cuando prepara su equipaje para abandonar la casa, González no sabe si le permitirán volver a la residencia. Mientras, dice, planea hacer su práctica en una agencia turística, trabajar en la Cruz Roja y, después, ser parte de la Corporación Nacional Forestal. Pero para todo eso necesita establecerse en un lugar fijo y juntar el dinero necesario para pagar un arriendo.
Según el Catastro Nacional del Ministerio de Desarrollo Social de 2011, una de cada diez personas en situación de calle dice que le gustaría mantener su forma de vida. De acuerdo a la sicóloga María Paz Martínez de la Corporación Nuestra Casa, las personas que viven en estas condiciones no lo hacen por un estilo de vida: todas tuvieron una casa y una familia y en algún instante sufrieron un quiebre emocional.
Son cerca de las 23 horas y los monitores de la corporación comienzan a irse a sus casas. Tres de los residentes aprovechan de ver televisión porque en media hora debe apagarse. El volumen marca “15”, como es la regla. Algunos se preparan para dormir y otros planean una salida nocturna. José González ya abandonó la casa. Pedro Maldonado está cansado y no sabe si esta noche “carreteará”. Como sea, su decisión la debe tomar antes de medianoche, hora en que el nochero encargado cierra las puertas de la residencia.
Sobre los autores: Daniela Herrera es alumna de cuarto año de Periodismo y este reportaje es parte de su trabajo en el curso Taller de Prensa Escrita, dictado por la profesora Michelle Chapochnick. Los fotos son de los alumnos de Periodismo Valeria Apara, Camilo Castellanos y Óscar Cortés, y corresponden a su trabajo en el curso Taller de Fotografía Periodística, dictado por la profesora Consuelo Saavedra.