El fin de una era conservera
Luego de haber sido el mayor productor de mariscos en conserva del país durante los años 60, Calbuco vive la agonía del cierre de su última industria conservera. Mientras en su época dorada los empresarios del rubro salían con cajas llenas de billetes del banco a causa de la venta de conserva de locos, según recuerdan los testigos, hoy los trabajadores de la empresa Cocosa esperan el remate de la última fábrica del “archipiélago de las aguas azules”, que se realizará el jueves 26 de noviembre. “Es una pérdida cultural”, dice el alcalde Rubén Cárdenas.
Por: Carla Salinas
“Ese día yo estaba acostada. Eran las 9:03 de la mañana, me llamó una compañera de trabajo y me dijo: ‘están desmantelando la empresa’ y ahí todavía no sabíamos que se había ido en quiebra”, recuerda María Teresa Vargas (51), trabajadora de la empresa CONSERVAS Y CONGELADOS Y CIA S.A (Cocosa). Para ese entonces, la mayoría de los funcionarios de la fábrica estaban con suspensión de contrato temporal bajo la Ley de Protección al Empleo, implementada a causa de la pandemia.
Almejas, centollas, culengues, lapas, locos, machas, navajuelas y abalón rojo son algunos de los productos de mar que la fábrica Cocosa, última empresa dedicada a la producción de mariscos en conserva en la comuna de Calbuco, se dedicaba a comercializar. Luego de medio siglo de faena productiva, su último dueño, Julio Leonardo Pérez Gutiérrez, se acogió a la quiebra solicitada por el banco con fecha 25 de agosto de 2020, dejando a casi 51 personas sin trabajo.
Tiempos dorados
La industria no siempre fue así, recuerda Manuel López Léniz (78 años), profesor normalista, historiador local y conocedor en detalle del devenir de Calbuco. De los peldaños de fierro negro de la escalera de su casa cuelgan tres fotografías de distintos momentos del sector: la construcción del puente que uniría a la isla con el continente, un plano aéreo del archipiélago y la empinada cuesta del sector de La Vega. La escalera está paralela al sillón donde Manuel recuerda con nostalgia el tiempo en el que predominaba el reconocible olor de los mariscos que se cocían en las fábricas de conserva. “Por diferentes sectores estaba pasado a olor a mariscos. En una parte se sentía olor a cholga, la otra con olor a centolla y así andaba un olor permanente en el ambiente. Ahora eso ya no existe”, rememora López.
La época de la que habla Manuel es la década de 1960, en la que en la isla de Calbuco funcionaban, al mismo tiempo, 12 industrias especializadas en la producción de mariscos en conserva en su superficie urbana de 2.9 km². La mayoría del personal de estas conserveras eran mujeres, ya que ellas se dedicaban a la labor de desconche, limpieza y etiquetado de la conserva. Todas eran empresas familiares. En 1967 Calbuco estaba consolidado como el mayor productor de conservas de mariscos del país, con un total de 1.013 toneladas anuales de conservas de mariscos, según los resúmenes anuales del Departamento de Pesca y Caza del Ministerio de Agricultura.
Los calbucanos han pasado toda su vida nadando entre cholgas, choritos, locos, almejas y erizos. Al menos así lo recuerda Sandra Mancilla (43), que comenzó a trabajar en la planta de Cocosa desde que tenía catorce años, cuando una vecina le comentó que estaban recibiendo gente en la fábrica.
Sandra viajaba todos los días desde su casa en el sector de Yale para ir a trabajar. A su corta edad comenzó lavando tarros y así fue ascendiendo hasta ser codificadora, puesto que se encarga de colocar la fecha en la tapa de cada conserva.
“Hubo la fiebre del loco los primeros años que yo trabajé. Ahí la plata no se andaba trayendo en la billetera, sino que en cajas. Los proveedores pagaban millones y la empresa igual”, detalla Sandra.
Durante esa misma época, Gloria Uribe (56) se desempeñaba como secretaria de la fábrica. Entró a su puesto en 1987, justo para el boom de locos. “Llegué en una época donde la industria manejaba mucha plata. En esa época había una caja fuerte dentro de la oficina y ahí se manejaban millones y millones. Como yo era secretaria veía todo el movimiento”, relata Gloria.
Las empresas contrataron gente de localidades cercanas como Maullín, Puerto Montt y Los Muermos, e incluso de otras lejanas comoCoquimbo para manejar la producción. Era tanta la abundancia de mariscos que los proveedores les regalaban locos a los trabajadores de la planta, según recuerda Gloria, quien después de trabajar diez años en la secretaría de la fábrica Cocosa, se dedicó a ser dueña de casa.
La caída
Olinda White (66) ha trabajado desde sus 22 años en fábricas conserveras. Partió en 1976 trabajando en Cocosa, después en la fábrica Los Canales de la familia Parancán, en la industria Sacramento y, este último tiempo, volvió a Cocosa. White fue testigo de cómo la industria se vino abajo en los años 90. “Primero fue la de Meschner y Soto, y después fue Butaco. La fábrica La Vega fue comprada por una salmonera, la internacional Fitz Roy”, expone la ex recepcionista de materia prima.
De acuerdo con la investigación “Calbuco mariscador”, de la historiadora Amanda Caro, el declive de estas fábricas conserveras se debió, en mayor parte, a la llegada de la industria salmonera al sur de Chile. En los años 90 las fábricas calbucanas que no cerraron sus puertas fueron las que lograron convertirse a la producción de salmones y de mariscos congelados. Caro plantea que el costo del congelado era más barato que la conserva, ya que esta última requería un proceso más complejo.
De todas formas, los calbucanos acusan que el fin de la industria se debe al mal manejo de los herederos de las fábricas. “Los dueños de más edad morían y los hijos no las administraban adecuadamente y fueron decayendo”, asegura Manuel López.
Rubén Cárdenas Gómez es alcalde de Calbuco desde hace 24 años y asegura que “esta industria fue absorbida por otra con mayor tecnología de producción. Lentamente comenzó a ser relevante el cultivo de peces y de salmones en jaulas. Algo que para nosotros era una tremenda novedad y que hoy día ha pasado a ser muy importante para la comuna”.
La última de las doce
“En Cocosa empezó a bajar la producción. En 2019 estuvimos casi todo junio sin hacer nada y teníamos que ir a cumplir nuestras horas. Me llegué a enfermar porque nunca en mi vida había tenido tanto frío por la inactividad. La fábrica ya no era la misma. El dueño no invertía”, sostiene White.
Antes de llegar a Cocosa, Olinda estuvo 14 años en la empresa de conservas Sacramento como supervisora de producción. Era un trabajo estable hasta que en 2010 despidieron a todos los trabajadores y la fábrica, que quedaba a una cuadra de su casa, quebró.
“Este caballero se está llevando sus máquinas”, pensó Olinda, mientras escuchaba en su casa el ruido que se sentía desde la fábrica Sacramento. Al otro día se levantó a ver. Para su sorpresa, el dueño se había llevado hasta la escalera de fierro. Según su testimonio, la empresa le quedó debiendo a todos sus trabajadores los finiquitos de “años de esfuerzo” porque no había ningún bien que rematar. “Después de sufrir el quiebre de la Sacramento sufrí con la Cocosa. Han sido dos seguidas”, reclama Olinda.
A la seis de la tarde del día que Olinda se enteró de la quiebra de Cocosa, uno de sus colegas la llamó y con voz desesperada le dijo: “Nos tomamos la fábrica porque están sacando todo”.
Luego de estar una semana con las dependencias tomadas, el síndico de quiebras se hizo presente y los trabajadores están con abogados. “El 26 de noviembre a las 12:30 sale a remate la planta y los terrenos que tiene la empresa, que son siete hectáreas. Nos dijeron que podíamos ver la transmisión online a través de la página web de Tattersall”, precisa Olinda.
“Esto es una pérdida cultural. El crecimiento y desarrollo de lo que es la comuna fue gracias a la instalación de estas conserveras”, concluye el alcalde Rubén Cárdenas. “Me da pena que sea el fin de esta industria porque esta zona era simbólica por las conserveras”, coincide Olinda. “Murió algo grande que movía a Calbuco”, finaliza Gloria Uribe.

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