Ambientada en el entonces lejano 2025, la película Her imaginó un mundo donde las personas forjan vínculos afectivos con sistemas operativos. Hoy, entre asistentes virtuales, chatbots personalizados y relaciones digitales, muchas de esas escenas parecen parte de la vida cotidiana. ¿Cuánto de ese futuro que alguna vez creímos imposible estamos viviendo?
Por Javier Castro
Edición por Nicolás Stevenson
Cuando se lanzó la película Her en 2013, la conversación sobre IA era distinta. Todavía no existía ChatGPT ni se imaginaba una IA capaz de aprobar exámenes universitarios, escribir ensayos o simular una conversación emocional. El filme, dirigido por Spike Jonze, cuenta la historia de Theodore Twombly, un hombre solitario en proceso de divorciarse, que forja una relación amorosa con su sistema operativo impulsado por IA, Samantha.
En poco más de 120 minutos, Her construye una ficción ambientada en el entonces lejano año 2025, donde los humanos llevan vidas hiperconectadas, delegan sus emociones a máquinas y encuentran consuelo en voces que no tienen cuerpo.
A medida que la historia avanza, la conexión de Twombly con su amante virtual se hace más fuerte, solo para darse cuenta al final de que su relación no era exclusiva: sus interacciones alimentaban la base de datos de Samantha para mejorar sus respuestas a otros usuarios.
Jonze admitió en 2014 que no estaba seguro de si su idea llegaría a ser real: “Es difícil hablar de ello (relaciones entre personas y computadoras) … Todavía no sé cómo. Hice la película y dice lo que quiero decir”, aseguró al medio Dazed.
Y aunque Jonze no pretendía ofrecer respuestas, otros comenzaron a formularlas. En 2015, apenas dos años tras el estreno, el futurologista Ian Pearson lanzó el Future Sex Report, un informe que proyectaba que en 2030 la mayoría de la gente practicaría algún tipo de relación afectiva con un computador. Si bien no hay informes que indiquen que nos acercamos a eso, cada vez son más populares plataformas como Character.AI y Replika, chatbots que emulan la conversación con una persona y sugieren que vamos en esa dirección.
Pero eso no es lo único que la película de Jonze vaticinó. Porque ahora que estamos en 2025, el año en que transcurre la historia de Her, hay varios aspectos del filme que se han vuelto parte de lo cotidiano como los vínculos entre personas e IAs, relaciones sexuales con chatbots, aplicación de la IA al día a día y la ilusión de que, detrás del sistema operativo, hay alguien que te escucha y entiende. Aquí los revisamos:
La IA da la ilusión de entender nuestras necesidades emocionales
La premisa del filme es clara: la conexión amorosa entre una persona y una IA. Pero en la realidad tecnológica actual, esa idea sigue siendo más una fantasía que una posibilidad concreta. Gabriela Arriagada, investigadora del Centro Nacional de Inteligencia Artificial, indica que “estos sistemas no ‘entienden’ el lenguaje, sino que simplemente lo reproducen estadísticamente, lo que genera una ilusión de comprensión y empatía”. La experta añade que “(Al llamar inteligencia artificial a un chatbot) se corre el riesgo de humanizar dispositivos que carecen de conciencia, agencia moral o experiencia fenomenológica”.
En el clímax de la película, Theodore se da cuenta de que Samantha está enamorada de 641 usuarios para aprender y alimentar su algoritmo. Esto revela que las IAs están diseñadas para entrenarse con sus usuarios y mejorar en el proceso, no para satisfacer las necesidades emocionales de quien acude a ellas.
Lo visionario del filme está en entender esto antes de que fuera evidente en la realidad. Porque, aunque Samantha parezca engañar, lo cierto es que no miente: es el usuario quien proyecta expectativas humanas sobre un sistema que solo simula respuestas emocionales. La affective computing (computación afectiva) es la rama de la informática que se encarga de interpretar las señales emocionales humanas. Los chatbots como Character.AI explotan este sistema: “Las IAs diseñadas para interactuar afectivamente están programadas para maximizar la sensación de comprensión”, explica Arriagada.
Esta capacidad de adaptarse sin fricción genera un efecto poderoso. “Los individuos eligen la compañía de sistemas artificiales precisamente porque no interpelan ni desafían su emocionalidad”, afirma Arriagada. Es decir, ofrecen compañía sin conflicto. Esa preferencia ya es observable: encuestas panel como Understanding Society, de Reino Unido, y Current Population Survey, de Estados Unidos, revelan que la formación de parejas ha estado a la baja desde el inicio del milenio.
Her capta con precisión esta tendencia: la relación entre Theodore y Samantha se estrecha rápidamente porque la IA está hecha para adaptarse al usuario, llevando a lo que Arriagada define como “un empobrecimiento de la vida relacional”.
La IA calma la ansiedad del usuario a costa de una ilusión
Para la doctora en Sociología y profesora de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica Daniela Grassau, el éxito de la IA en servicios tiene una raíz clara: “tenemos la tendencia a funcionar mucho mejor ante la respuesta que ante la espera”.
Esa necesidad de inmediatez también está retratada en Her. En una escena clave vemos que Theodore cae en desesperación al ver que Samantha no le responde una pregunta, siendo que esta simplemente estaba actualizando su software. Su reacción revela algo más profundo: la ansiedad por una respuesta inmediata. “Tener un feedback que reduzca o modere la ansiedad hace que sea mucho más eficiente que antes”, asegura Grassau.
Los datos respaldan esta idea. Según un informe del 2024 de Hubspot, el 82% de los usuarios espera una respuesta inmediata de servicios a clientes. El mismo informe revela que el 77% de las empresas líderes en gestión customizada de servicio al cliente implementan IA en sus sistemas, mientras que un estudio de Redpoint Global indica que el 73% de los usuarios cree que la IA “tiene un impacto en el servicio” que se le prestó.
Esta relación entre el auge de los chatbots en servicios y nuestra ansiedad de respuesta se explica, en palabras de Grassau, por el fenómeno de la avaricia cognitiva: “Nosotros siempre tratamos de buscar lo que nos implica un menor uso de recursos (cognitivos) (…) es mucho más fácil buscar en Google que ir a la biblioteca. Es mucho más fácil usar Wikipedia que tratar de buscar otras fuentes”.
Her previó esto: de la misma forma que Samantha entregaba respuestas inmediatas a todas las necesidades de Theodore, la IA ofrece de forma más rápida lo que un servicio humano tarda más en resolver.
Según Botpress, plataforma especializada en generación de IAs, en 2022 el 88% de los usuarios habían usado un chatbot de diferentes servicios. También indica que en 2023 el 88% mantuvo una conversación con una IA.
Los chatbots se han normalizado, pero eso no significa que las relaciones que establecen con las personas sean convencionales. De hecho, Grassau las define como “cuasirelaciones”, vínculos que “no cumplen con la lógica de una relación social, pero tampoco es unidireccional como una relación parasocial”.
La película lo representa bien: aunque Samantha responde a preguntas complejas que realiza Theodore, incluso en materias como física cuántica, su tono empático está diseñado para ofrecer una experiencia de usuario más amable. Según Grassau, a un chatbot “le da lo mismo que le digan ‘estoy haciendo un trabajo y necesito ver esto ¿Cómo crees que me podrías ayudar?’. La única diferencia es que el cómo se lo diga modifica la respuesta en términos de que entiende mejor lo que le estás pidiendo”.
Si bien en términos de eficiencia no hay duda de que las IAs han gatillado una revolución en torno a la experiencia del usuario, no es el único ámbito en el que los chatbots han incidido a la hora de interactuar con las personas.
La IA apoya a la soledad, pero no la resuelve
Tal como vemos en el filme, Theodore usa a Samantha no solo como un instrumento de resolución de problemas y servicio al usuario: también como su refugio emocional y la compañía que requiere frente a una soledad que lo atraviesa silenciosamente. Aunque la película no tematiza explícitamente la soledad masculina, la sugiere con fuerza. Un estudio de la Universidad de Exeter de 2021 reveló que el 32.3% de los hombres experimenta soledad -casi el doble que las mujeres-. Si bien la película no aborda este aspecto directamente, Theodore es plenamente consciente de su soledad. Luego de una cita fallida, se recuesta y le dice a Samantha: “La mujer me pareció atractiva porque me sentía solo. Puede que solo porque me sentía solo”.
El psicólogo César Bravo explica que este fenómeno de soledad prominente en hombres se da principalmente “por el rol del hombre en la sociedad”, por un “exceso de deber ser líder y competidor”. Añade que “se evitan compromisos porque (se sienten) una carga a la propia libertad”.
En ese contexto, la IA ha emergido como una herramienta emocional. Plataformas como Character.AI permiten a los usuarios conversar con más de 10 millones de personajes —reales, ficticios, históricos o inventados—. Bravo explica que estos softwares “dan herramientas para aprender protocolos sobre habilidades interpersonales. Se transforma en una compañía ante la ausencia de interacción real”.
Sin embargo, estas interacciones tienen un efecto colateral. Como lo explica Bravo, las conversaciones con las IAs suponen un “reemplazo al ser humano con respuestas protocolizadas, basadas en ciencia y en algoritmos”. La psicóloga Shirley Tucker acuñó el término Goldilock effect (efecto Ricitos de Oro), que postula que queremos conexión, pero en nuestros propios términos. “Las relaciones humanas son ricas, complejas y exigentes. Cuando las depuramos con la tecnología, pasamos de la conversación a la eficiencia de la mera conexión”, señala Tucker en su libro En defensa de la conversación: el poder de la conversación en la era digital.
El riesgo no es menor. Para Bravo “muchos inhibirán las relaciones espontáneas y disminuirá el desarrollo de habilidades (sociales)”. Tal como lo admitió Theodore después de su fallida cita, prefería estar con la IA que con una persona de carne y hueso.
Hacia el final de la película, cuando escribe una carta a su exesposa, Theodore reconoce lo que Samantha no pudo darle: “pienso en todas las cosas (por las) que te quiero pedir perdón (…) (por) todo lo que necesitaba que fueras y dijeras. Tú me ayudaste a ser quien soy”. En esa confesión deja entrever que la comodidad de una IA no sustituye la profundidad de una conexión humana.
Javier Castro (@santipersona) es estudiante de tercer año de periodismo en la @fcomuc. Actualmente es editor de la revista @revistakmcero. Es su primera vez publicando en este medio.


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