Fotos gentileza de Gabriel Ducros.

Acorde al sentido

Esteban González es director de orquesta, pero dirige sin las manos. Tampoco le da la espalda al público. En cambio, se sienta con sus músicos mientras toca la guitarra. Una nota para los violines y otra para las congas. Un tono para partir y otra para terminar. Es la Orquesta nacional de ciegos de Chile, con 12 músicos y 13 años de trayectoria. Por ahora gestionan los conciertos gracias al apoyo de la gestora cultural Co-Crea, en el futuro esperan no depender de nadie.

Por Sofía Maluenda

Los músicos entran en fila con la mano derecha sobre el hombro de su compañero que camina al frente y la mano izquierda firme con el estuche de su instrumento. Esa noche, una persona encargada de la producción guía la fila por delante. “Cuidado con el escalón”, les dice, mientras los lleva hacia una mesa para que se sienten y dejen su instrumento hasta que comience el concierto. Todos visten igual. Una camisa azul de satín abrochada como banda tropical, los pantalones negros impecables. Lo mismo los zapatos.

Fue en 2004 en la Escuela de Ciegos Santa Lucía de la comuna La Cisterna donde en un taller de coro el profesor Esteban González conoció a un grupo de jóvenes con ganas de aprender música, pero sin recursos para comprar instrumentos. Entonces, no había nombre, ni vestuario o elementos. Los primeros implementos los compraron haciendo bingos.

“Yo les decía, ustedes ya son ciegos y a mí no me importa que lo sean. Entonces, no quiero que se quejen, a mí me dan lo mismo sus sufrimientos. Yo quiero que toquen”, cuenta el director de la orquesta Esteban González.

En 2009 el profesor fue desligado de la escuela por diferencias con la institución. “Yo no pude hacer las planificaciones que piden en los colegios, porque no sabía qué iba a hacer, estaba explorando. Cuando tú estás descubriendo algo no puedes planear”, explica González. Sin embargo, las ganas de seguir con el proyecto que había empezado continuaron. Con su finiquito compró instrumentos para el grupo y obtuvo personalidad jurídica para el conjunto, lo que les permitió constituirse y adquirir un nombre ante la ley. Cinco años más tarde, ese taller de coro en La Cisterna sería conocido oficialmente como la Orquesta nacional de ciegos de Chile.

“Yo les decía, ustedes ya son ciegos y a mí no me importa que lo sean. Entonces, no quiero que se quejen, a mí me dan lo mismo sus sufrimientos. Yo quiero que toquen”, cuenta González. Muchos se acercaban a contarle sus problemas, él decía que no quería escucharlos, que solo se preocuparan de tocar. El grupo hoy cuenta con un conjunto estable de 12 músicos y dan un promedio de tres a cuatro conciertos por mes. Algunos se fueron, otros se incorporaron, pero todos están de acuerdo en que hace dos años, se estableció el grupo que está realmente comprometido con profesionalizarse, que estuvo dispuesto a trabajar de manera responsable y asistir a todos los conciertos.

Simón Aguilera (26) es el baterista y asistente de dirección de la orquesta. Aunque tiene catarata congénita, todavía mantiene un poco de visión y, por lo mismo, puede asistir a González y, por ejemplo, hablar por WhatsApp. Solo tiene que tener la letra muy grande y acercar el celular a su cara. Llegó en 2006 a la escuela y al ver la orquesta en acción, quiso entrar. Siempre le había gustado la música. Su mamá le regaló un teclado cuando pequeño, pero al llegar a la escuela decidió que quería tocar la batería y ahí aprendió. Le encantaban Los Prisioneros, sus tíos le ponían canciones de la banda de San Miguel y él intentaba seguir el ritmo golpeándo unos tarros. Hoy se preocupa de actualizar las redes sociales de la orquesta, que cuenta con una página en Facebook y un sitio web, además de ayudar al “profe”, como le dicen a González, con la gestión del grupo. “El día más feliz de mi vida es cuando me subo al escenario, sin duda. Uno se siente tan bien, te sientes realizado como persona. Ahí toda la discapacidad y todas estas cuestiones se olvidan. Uno se siente persona, ¿cachai?”, dice el baterista.

La orquesta la conforman 12 músicos que interpretan un total de 10 instrumentos diferentes.

Inger Urrutia, Sebastián Vergara y Renato Villagra en los violines; Manuel Rivadeneria en el clarinete; Carolina Cordero, la más joven con 18 años, en la flauta traversa; Adolfo Fernández en el bajo eléctrico; Giovanni Torres en el saxofón de 38 años, el mayor del grupo; Daniel Ñancucheo y Francisco Contreras en las trompetas; Alejandro Montecinos en las congas; Simón Aguilera en la batería y canto y Fernando Opazo en el contrabajo y el acordeón.

Unos nacieron ciegos y otros perdieron la vista en el camino. Algunos son padres. Algunos trabajan además de tocar. La flauta traversa tiene un solo pulmón por una malformación congénita y además es ciega de nacimiento; las congas es analfabeto; el primer violín, tuvo una traqueotomía; el saxofón quedó ciego hace cuatro años por causas que prefiere no revelar; el bajo perdió un ojo cuando lo quemaron en la incubadora y el otro a los siete años por un pelotazo; una de las trompetas tiene esclerosis múltiple y a la otra tompeta insisten en robarle su instrumento en su barrio en Renca.

A diferencia de otras orquestas, los músicos son guiados en el escenario a través de la guitarra del director, que mediante las cuerdas les da instrucciones con los primeros acordes a los violines, con las más bajas al contrabajo y el cello, y si percute la guitarra da instrucciones al baterista. Es un sistema desarrollado a partir del oído y depende de las primeras notas con las que ellos tienen que empezar. En los conciertos, cada fila tiene un parlante dispuesto al lado de ellos para que puedan escuchar sin problemas la guitarra del director.

“La gente piensa que somos un grupo de cieguitos que va a tocar como algo terapéutico, pero cuando ven a un grupo profesional llegar y hacer prueba de sonido con vestuario, luces e imágenes, casi les cuesta creer que somos tan buenos, siempre nos pasa eso”, dice el músico Simón Aguilera.

También les enseñó a tocar de esa forma. González les cantaba las notas hasta que ellos la reconocieran en sus instrumentos. Muchas veces, para que fuera más fácil aprender y lograr tocar una canción entera, el director desmenuzaba las partituras con el objetivo de que un instrumento tocara una nota y el otro la siguiente.

Al principio podían tocar media hora de memoria, pero ya han hecho conciertos de dos horas de duración. Tienen repertorios de música popular y películas. Habitualmente cada concierto consta entre 15 y 20 canciones. La música de Gladiador, Piratas del Caribe y El último mohicano están en el repertorio de películas, mientras que Violeta Parra y Patricio Manns son algunos de los artistas que incluyeron en la selección de música popular que tocan.

El día del concierto, Simón Aguilera, llega además de con el pantalón negro y la camisa azul, con un gorro tipo fedora. Se sitúa al medio, donde está la batería roja y cierra los ojos. La mayoría toca con los ojos cerrados y algunos prefieren ponerse anteojos de sol. Ningún instrumento tiene arreglos especiales. “La gente piensa que somos un grupo de cieguitos que va a tocar como algo terapéutico, pero cuando ven a un grupo profesional llegar y hacer prueba de sonido con vestuario, luces e imágenes, casi les cuesta creer que seamos tan buenos, siempre nos pasa eso”, dice Aguilera.

La orquesta realiza tres a cuatro conciertos al mes.

Eran alrededor de cincuenta personas las que el cuatro de abril asistieron a un concierto pequeño en un centro cultural en Barrio Italia. Era un formato más relajado, pues no había un escenario en altura. Los músicos se situaron frente al público que estaba a unos pocos metros en unas sillas, pisos y bancas de madera dispuestas para crear un ambiente más cercano. Entre medio de las canciones, el director interactuó con el público:

— Pero respondan bien, porque yo los puedo contar, pero ellos no — dice González.

— ¡Buenas noches! — replica fuerte el público.

— A ver Renato., ¿Cuánta gente hay? — pregunta el director.

— Cien — responde el violinista riéndose.

Esa es la forma que tienen para saber frente a quiénes están tocando y tratar de medir la cantidad de asistentes. “Sentir el primer aplauso es algo indescriptible, como que te llena acá adentro el corazón. Osea, que estamos haciendo bien las cosas, les gustó, es como un alivio, una recompensa emocional”, dice el contrabajista, Fernando Opazo (28), quien toca dos instrumentos, que va cambiando durante la presentación. Apoya cuidadosamente el contrabajo en el suelo sobre su estuche para luego palpar el aire y encontrar el acordeón, que se encuentra en una silla a su lado.

La invitación corría por parte del colectivo Coomún y la gestora cultural Co-Crea, que trabaja con la orquesta hace dos años. Son ellos los que los ayudan a postular a fondos concursables y los responsables de que hayan podido ganarse el Fondo Nacional de Proyectos Inclusivos (Fonapi) del Servicio Nacional de la Discapacidad (Senadis), gracias al cual durante abril y mayo de 2017 la orquesta ha realizado un ciclo de conciertos inclusivos junto a Valentín Trujillo y Jorge Lobos en la Región Metropolitana y la de Valparaíso.

“Pensábamos cómo generar un salto que trascendiera la agenda, de generar un paso importante en su desarrollo y los pusimos a ensayar con dos tremendos artistas, Valentín Trujillo y Jorge Lobos. Eso significó que los chiquillos tuvieron que ponerse a la altura”, explica uno de los socios de Co-Crea, Juan Manuel Parra.

El domingo 2 de abril estuvieron en la Fiesta de la Vendimia de Isla de Maipo gracias a una invitación hecha por ellos, donde se presentaron el mismo día que tocó Inti Illimani y Patricio Manns. Los conciertos más pequeños, como los agendados por la gestora los usan para practicar. Si bien intentan tener ensayos generales de manera periódica, resulta muy difícil coordinar a todo el grupo, porque viven en sectores diferentes y muchas veces les resulta difícil desplazarse, más aún si tienen que llevar sus instrumentos.

Durante estos dos años de trabajo con la orquesta, la gestora cultural ganó tres fondos: el Fondo 6% FNDR, Fondart y Fonapi, mediante los cuales lograron generar otros conciertos. Su plan para 2018 es tener autonomía de manera que no dependan de la gestora ni de la postulación a los fondos y que puedan generar un circuito interno, donde vayan agendando presentaciones constantemente y en un futuro puedan tener un sueldo fijo.

“La meta es lograr que ellos sean los representantes y embajadores de Chile en la discapacidad visual”, dice González. “No es una orquesta especial. Es un grupo de músicos ciegos, no de ciegos músicos, ¿cachai la diferencia?”, sentencia Aguilera.

Sobre la autora: Sofía Maluenda es estudiante de Periodismo y escribió este reportaje en el curso Taller de Prensa. El artículo fue editado por Sofía Hidalgo en el Taller de Edición en Prensa.

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