Los ilustradores que se resisten a ser reemplazados, el drama del Editor (IA)

Ene 28, 2026

 

Con vacíos legales, precarización y una industria que premia la rapidez antes que la expresión humana, los ilustradores están entre los oficios más afectados por la llegada de la IA. Frente a este panorama incierto, una cosa es evidente: la resistencia dejó de ser suficiente.

Por Virginia Bravo Sandoval

Para Sara Nyca, ilustradora autodidacta que reside en España, la inteligencia artificial no es una amenaza abstracta, sino un golpe que ya impactó su mesa de trabajo desde el año pasado. Relata que una editorial la contactó con una instrucción específica. A diferencia de las otras veces en las que le pedían diseñar ilustraciones para textos, esta vez no hacía falta que creara un diseño propio. La IA ya lo había hecho por ella, solo que con algunos errores. Corregirlos, ajustando dedos deformes del dibujo e incoherencias visuales que traía la imagen, era por lo que le pagarían. 

La tarea no solo fue una ironía cruel, como dice ella, lo que vino después fue aún peor: una vez publicada la imagen en redes sociales, algunos usuarios en X (ex Twitter) empezaron a acusarla directamente de haber usado IA por iniciativa propia. “Fue frustrante… me vi obligada a participar en un proceso con el que no estaba de acuerdo, y además me expusieron públicamente como si yo lo hubiera elegido”, recuerda.

Mientras Sara lidiaba con la inmediatez y el escrutinio de las redes, Nataschia Navarro, editore de Desastre Natural Ediciones e ilustradore autodidacta residente en Ñuñoa, habitaba una realidad temporal completamente distinta. Su proceso no admite atajos. Durante el pasado noviembre, para la ilustración de un libro de vampiros, Navarro se obsesionó con un detalle específico: lograr que una escena erótica se viera reflejada sutilmente en una ventana. No fue cosa de segundos ni de un «prompt» rápido; fue una búsqueda estética manual que le tomó semanas de desarrollo nocturno, trabajando cuando el ruido editorial del día ya se había apagado.

Aunque opuestas, ambas experiencias son un ejemplo claro de un mismo punto de quiebre para los ilustradores que hacen imágenes a pedido: lo que antes era un oficio de paciencia y autoría, hoy se enfrenta a una industria donde los clientes para los que trabajan valoran cada vez más la velocidad del algoritmo que la profundidad del trazo creativo.

Sara Nyca dice que este oficio fue una inversión de vida. Ella, una ilustradora que aprendió por su cuenta y que se especializa en escenas semi realistas, puede pasarse hasta 10 horas frente a la pantalla para crear una imagen simple. Pero, cuando se trata de una más compleja, el tiempo invertido puede llegar incluso hasta las 30 o 50 horas de trabajo, por las que cobra entre 200 a 500 euros.

El problema es que, de un tiempo a esta parte, ese tiempo ha perdido valor para las editoriales para las que trabaja, donde le han comenzado a acortar los plazos de entrega, priorizando más la rapidez que el trazo original.  «Hoy se valora cada vez menos el tiempo», dice Nyca. 

Para Nataschia Navarro, quien comenzó su carrera en el 2015, la relación con la tecnología es ambivalente. Si bien reconoce usar herramientas de IA para agilizar textos o «destrabar» ideas administrativas, su obra visual, cuyas portadas para editoriales independientes rondan los 130 mil pesos, sigue siendo una resistencia artesanal. Al dividir su vida entre la gestión de su editorial y el dibujo, la ilustración se convierte en un oficio de trinchera que la deja exhausta. «En la noche ya no eres un murciélago… o quizás solo eres un murciélago con tuto», bromea. Aunque la IA podría acelerar ese proceso, ella elige el camino largo: su técnica de tintas y tramas digitales requiere una «decisión visual» en cada línea, algo que, asegura, «la inteligencia artificial puede imitar, pero no sentir».

Las nuevas reglas del mercado

Pero, si el trabajo humano ofrece esa profundidad única, ¿por qué el mercado insiste en reemplazarlo? Carlos Amunátegui, abogado experto en derechos de autor, inteligencia artificial y autor del libro Arcana Technicae, no tiene dudas: la respuesta no es estética, sino que financiera.

«El factor determinante es el costo. Hacer una ilustración con IA cuesta una fracción de lo que te saldría contratar a un profesional», explica el académico. Y advierte que, en la industria comercial, el pudor que existe en la academia frente al uso de IA ha desaparecido por completo. «Es un problema de costos y velocidad… aunque uno ve las cosas hechas con IA y se nota; tienen un ‘aura’ que la verdad encuentro bastante fea», agrega.

Esta visión mercantilista es algo que Nataschia Navarro también ha logrado identificar, y que se ha transformado, incluso, en una cuestión política. Para ella, el auge de la IA en editoriales transnacionales no es el problema raíz, sino un síntoma. «No creo que la inteligencia artificial sea la enfermedad, es un síntoma de una ética neoliberal… donde no se busca la calidad, sino maximizar la ganancia», reflexiona.

A esto se suma un vacío legal: la Ley N° 17.336 de Propiedad Intelectual en Chile protege a los «autores», definidos por defecto como personas naturales. Esto deja a los ilustradores en un limbo absurdo: sus estilos pueden ser «aprendidos» y replicados por máquinas sin que eso constituya delito.

“Hoy en día, el estilo no se protege. Puedo imitar tu estilo y no hay nada ilegal en eso. Lo que se protege es la obra concreta”, explica Amunátegui. 

Esto ha confirmado el temor de Sara Nyca, quien reconoce sentir «pavor» no solo por perder su empleo, sino por el futuro cultural. «Si la gente ya no puede vivir de la creatividad… será una pérdida de historia, de cultura, de formas de discursos sociales», advierte.

Para Amunátegui, la solución excede a los tribunales. Al igual que Navarro, el abogado concluye que el cambio debe ser estructural: «O lo resuelves con las normas que existen, que no te darán solución, o creas una norma nueva. Y eso es un acto político».

Sin embargo, para el abogado existe una barrera que la máquina aún no logra cruzar, más allá de lo legal. “La inteligencia artificial te puede presentar cien modelos distintos. Pero, ¿cuál es el bueno? ¿Cuál es el que te sirve? Las tareas creativas como la ilustración requieren gusto, y eso es una facultad exclusivamente humana que se desarrolla exponiéndose a cosas bellas”, reflexiona . Para él, mientras el software ofrece volumen, solo el humano posee el criterio para discernir la belleza, una cualidad irreemplazable que conecta directamente con la formación de los futuros profesionales.

Un sustituto peligroso

En las aulas universitarias, donde se forman los futuros diseñadores e ilustradores, el impacto de la inteligencia artificial se ha vivido con una mezcla de incertidumbre, curiosidad y tensión.

Renato Pedrero, estudiante de Publicidad en la Universidad Diego Portales, es crítico  frente a la incorporación de esta nueva herramienta en espacios creativos. Para él, la IA no está siendo utilizada como apoyo, sino como un sustituto peligroso. “La inteligencia artificial en el arte no es una ayuda, es una amenaza. Y lo peor es que se está normalizando”, afirma. 

Pedrero ha observado con preocupación cómo la búsqueda de lo fácil termina banalizando el contenido visual: “La gente cree que es innovación, pero solo es repetición disfrazada”.

Constanza Soto, estudiante de Diseño en Comunicación Visual de la USACH, tiene una visión más conciliadora, aunque cautelosa. Ella cree que la IA puede ser útil en tareas técnicas, siempre que no reemplace el proceso expresivo. “El arte es una forma de comunicarnos. Si eso lo hace una máquina, ¿qué sentido tiene?”, se pregunta. 

¿Cómo responden los docentes ante esta inquietud generacional? Para Camilo Zúñiga, académico de la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales y editor en Canina Editora, la respuesta no está en prohibir la herramienta, sino en anteponer algo que la máquina no tiene: criterio.

«Nosotros lo vemos como una herramienta aliada, nunca una competencia. Pero estamos en una fase donde los estudiantes necesitan aprender a conceptualizar y tomar decisiones. Sería arriesgado decirles ‘háganlo todo con IA’, porque primero necesitan tener el criterio para dirimir qué sirve y qué no», explica Zúñiga.

El académico es enfático en que la inteligencia artificial es excelente para generar insumos, pero falla en la sutileza. «La IA es buenísima, pero no es perfecta. Hay imágenes donde salen humanos con cuatro dedos. Si alguien llega con una imagen generada por IA y no sabe justificar sus decisiones, eso está mal. Pero estaría igual de mal si lo hiciera con un collage o un dibujo», sentencia.

Así, Zúñiga plantea una distinción clave sobre el futuro del mercado laboral: la segregación por calidad. Aunque no cree que la ilustración desaparezca, sí se reordenará según el valor que aporte el humano al proyecto.

«Si un amigo tiene una tienda de huevos y necesita un folleto rápido, es válido que use inteligencia artificial; eso no requiere un background académico. Pero si estás haciendo una investigación antropológica sobre pueblos originarios, eso debe tener una carga analítica humana», argumenta .

Al final, la irrupción de la tecnología podría tener un efecto paradójico: revalorizar lo genuinamente humano. «Yo creo que la humanidad prevalece», concluye Zúñiga con optimismo. «Cuando llegó la Revolución Industrial y pasaban esos trenes gigantes a vapor, mucha gente estaba asustada. Pero al final, las cosas empiezan a encauzarse. Habrá un filtro importante para ver cuándo hacer las cosas con un profesional y cuándo con una máquina» .

Aunque optimista, la estudiante Constanza Soto tiene un diagnóstico más drástico:  “la gente se va a aburrir. Se va a dar cuenta de que nada puede reemplazar el sentimiento y la pasión que un ilustrador pone en su obra”.



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