Foto Redacción Kmcero
Por Francisca Agüero Díaz
Equivocarse al elegir una profesión ha ocurrido siempre, pero hoy los estudiantes están levantando otras opciones. Con una deserción universitaria que supera el 23%, la presión por decidir “bien”, el desgaste emocional y el miedo a defraudar a la familia han convertido esta etapa en una fuente de ansiedad, llevando a muchos a replantearse el camino o incluso a optar por un año sabático.
Valentina Escobar (22), estudiante y la hija menor de su familia, recuerda el momento en que tuvo que decirles a sus padres que no entraría de inmediato a la universidad. Vivía en ese entonces en Temuco, hoy reside en Santiago, en la comuna de Macul, y aunque había rendido la Prueba de Transición (PDT) a comienzos de 2021, lo hizo casi “por si acaso”, sin expectativas claras y con una decisión ya tomada: tomarse un año sabático porque se sentía perdida. “Me gustaban las ciencias, no quería estar encerrada en una oficina y mi abuelo trabajó toda su vida en la Vega. Pensé que quizás ese legado tenía algo que ver conmigo”, recuerda.
Primero se lo contó a su papá, con quien vivía en ese momento en el sur. No tuvo miedo: sabía que él la apoyaría, cualquiera fuera su camino. Y así fue. “No me dijo nada, me dijo que estaba bien”.
En cambio, la conversación con su mamá estuvo marcada por otras expectativas. Aunque respetó su decisión, puso una condición: que ese año no fuera un paréntesis vacío. Que estudiara en un preuniversitario, que volviera a rendir la prueba y que mantuviera abiertas las opciones de entrar a la universidad.
Para su mamá, y en una familia donde las salidas tempranas de la universidad no eran ajenas, la preocupación no era el año sabático en sí, sino que una mala decisión terminara, otra vez, en abandono.
Cuando Fernanda Barría (26) fue a matricularse en Derecho en la Universidad de Desarrollo de Concepción en 2018, a sus 18 años, no tenía ninguna certeza. “Todos me decían que era una buena carrera, que tenía futuro, así que me matriculé igual”, cuenta.
Así comenzó un camino que intentó sostener durante tres años, rindiendo bien y repitiéndose con el tiempo que esto le iba a gustar. Pero el rechazo llegó en 2020, antes de lo que creía. Al principio se lo tomó como algo pasajero, un bajón común y corriente que también le pasaba a otros compañeros. Hasta que tomó un ramo que la hizo considerar en serio una decisión drástica. La clase era Clínica I, una de las pocas asignaturas que la hacía simular lo que en realidad sería su trabajo a futuro. De todas las que había tomado, esta era la que más le incomodaba. “Ahí decidí que no era para mí. No sentía ningún tipo de motivación”, dice.
En 2021, con mucho miedo tomó la decisión de cambiarse de carrera. “No sabía muy bien qué hacer. Solo sabía que quería ayudar a la gente y eso era todo. Sabía que mi vocación estaba muy ligada a lo social”.
El miedo no era solo al fracaso o a decepcionar a su familia, sino también a dejar atrás tres años de esfuerzo y dinero invertido.
Cuando era niña, Josefina Tapia (17) soñaba con ser actriz o modelo. Con el tiempo, esos sueños se fueron apagando por los estándares que la industria impone sobre el cuerpo, especialmente por las exigencias de altura y porque, según le decían, el modelaje era un rubro sobreexplotado.
En marzo de 2025, a meses de egresar de cuarto medio, aún no sabía qué estudiar. Pero así como cuando niña quería ser modelo, ahora también tenía en mente otros proyectos, como el de tener su propio emprendimiento de cosméticos. Algo suyo, algo que le gustara, pensaba ella.
Solo que nada de eso calzaba con el camino tradicional.
La presión por tomar una decisión adecuada al momento de elegir una carrera profesional, está presente desde la etapa escolar, donde estudiantes no paran de recibir mensajes que enfatizan las posibles consecuencias de una elección equivocada.
La deserción en la educación superior es una realidad en Chile desde hace muchos años. En la Admisión 2025, 158.219 personas ingresaron a la Educación Superior a través de vías centralizadas, según datos de la Subsecretaría de Educación Superior y el Departamento de Evaluación, Medición y Registro Educacional (DEMRE). Y de acuerdo a un artículo publicado por la Universidad de Santiago (USACH), la tasa de estudiantes que abandonó su carrera superó el 23%.
En ese sentido, la gratuidad ha tenido un impacto en la permanencia estudiantil, el estudio “Los efectos de la gratuidad en la permanencia de los estudiantes universitarios en Chile” del 2023 indica que durante los dos primeros años, los estudiantes con gratuidad presentan una menor probabilidad de permanencia en comparación con aquellos que cuentan con becas de mérito y créditos que cubren la totalidad del arancel. Esta tendencia se revierte a partir del tercer año, cuando los estudiantes con gratuidad muestran una mayor tasa de permanencia en el sistema.
Pero más allá de quienes efectivamente desertan, la duda sobre la elección vocacional es una experiencia que atraviesa a la mayoría de quienes ingresan a la educación superior. Hoy, esa inquietud empieza a expresarse con más fuerza en el discurso estudiantil.
Detrás de desertar
Las razones de la deserción en la educación superior son diversas aunque, en general, se resumen en cuatro cosas: desinformación, presión social, falta de orientación y, sobre todo, una salud mental deteriorada. Daniela Rebolledo, psicóloga educacional del Centro de Apoyo al Rendimiento Académico y Exploración Vocacional (CARA UC), se dedica particularmente a este tema. “La desmotivación es una de las señales más frecuentes. La mayoría de los estudiantes llegan a consulta porque no le encuentran sentido a lo que estudian. Llegan sin ganas de estudiar y no se ven trabajando en eso”, explica.
En muchos casos incluso ya tienen otra carrera en mente. “No es que uno descubra que están en crisis, son ellos quienes vienen diciendo que no están seguros, que creen que se equivocaron”, agrega Rebolledo.
Distinguir si se trata de un problema vocacional o de rendimiento académico, dice la psicóloga, es una de las primeras tareas al abordar estas crisis. “A veces sacan malas notas y piensan que no sirven para esto. Pero si les fuera bien, ¿seguirían con la misma duda? Si la respuesta es sí, entonces probablemente no es un problema de aprendizaje, sino vocacional”, detalla.
La deserción, eso sí, no siempre implica el abandono definitivo de los estudios. De acuerdo con cifras del Servicio de Información de Educación Superior (SIES), basadas en cohortes anteriores, como la de 2015, cuando 97.620 jóvenes fueron seleccionados, el 28,8% de los estudiantes abandonó su carrera durante el primer año. Sin embargo, no todos desertan de forma permanente, de esa cifra un 49,1% reingresó en los siguientes tres años.
Le pasó a Fernanda Barría, quien después de renunciar a Derecho, se trasladó a Santiago y empezó desde cero en la carrera de College Ciencias Sociales con major en Trabajo Social en la Pontificia Universidad Católica de Chile. El primer semestre fue una mezcla de alivio y dudas y todo se dio bien. Hoy está en su cuarto año realizando doble major en Trabajo Social y Políticas Públicas, y se prepara para comenzar su práctica profesional en el Ministerio de Vivienda y Urbanismo de Chile (MINVU). “Mi cambio de carrera me ha gustado. Hoy en día lo que hago es con vocación y en verdad estudio con ganas, no como antes que estudiaba porque tenía que hacerlo”, dice ella.
El hecho de que los estudiantes estén empezando a manifestarse con este tema ha traído nuevos datos. De acuerdo con la “La salud mental de los jóvenes en Chile: claves y perspectivas para abordar la problemática”, publicado por el Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) en 2019, la incertidumbre vocacional ha generado altas tasas de ansiedad y sintomatología depresiva asociada.
A Josefina Tapia le pasó. Para ella, el proceso de elegir una carrera fue agotador. Buscó orientación en test vocacionales, en consejos familiares y en opiniones de sus amigos pero nada parecía hacerle sentido. “Creía que no me gustaba nada porque no me gustan las matemáticas y eso me cerraba muchas puertas. Encima, me importa mucho la plata. Había carreras que me llamaban la atención, pero cuando veía que pagaban mal, perdía el entusiasmo”, admite.
Al no tener claridad, la presión este año la comenzó a agobiar: le preguntaban qué era lo que iba a hacer en el colegio, en la casa y en los almuerzos familiares. Pero también era una ansiedad que la sentía por dentro, al compararse con compañeros que ya tenían definida su universidad y contaban con un buen promedio para el NEM (Notas de Enseñanza Media) y ranking que les daba mayor tranquilidad de cara a los resultados. “En ese tiempo yo solo esperaba sacar el mejor puntaje posible, aunque todavía no tuviese claro qué quería”, dice.
La psicóloga Paula Ortiz, directora del Magíster en Psicología Positiva Aplicada y docente de la escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez, tiene una explicación para ese agobio de los alumnos: “muchas veces viven esta decisión como si fuera definitiva y determinante para el resto de sus vidas. Se enfrentan a altas expectativas, tanto propias como externas, y sienten que deben cumplir con estándares de éxito, estabilidad y validación social. Este peso puede generar una carga emocional importante, con altos niveles de ansiedad, inseguridad e incluso sintomatología depresiva”, advierte.
Para muchos, añade, la ansiedad no se genera por estudiar, sino por sentir que están fallando. El informe “La otra PAES”, elaborado por la plataforma Mindy, analizó la salud mental de quienes rindieron la prueba y evidenció que un alto porcentaje de estudiantes experimentó síntomas como ansiedad persistente o dificultades para dormir en la etapa previa a la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES). De las casi 100 personas encuestadas, un 67,8% afirmó que las expectativas familiares son “muy altas”.
Según la doctora Bárbara Hodges, una crisis vocacional o cualquier período de alta ansiedad puede generar múltiples cambios tanto físicos como emocionales y psicológicos. “Esto se debe a una alteración en los neurotransmisores del sistema nervioso central, que regulan funciones como el sueño, la alerta y las respuestas de huida. Por eso es común experimentar síntomas como palpitaciones, dolor en el pecho, dificultad para respirar, sudoración, temblores y cambios en la temperatura corporal”, señala.
Hodges agrega que este tipo de estrés puede incluso afectar el sistema nervioso y hormonal, ya que hay un sistema de alerta y huida activo en todo momento: “El sistema nervioso simpático está activado y provoca molestias cardiovasculares como taquicardia y cambios en la presión arterial. Puede provocar también síntomas gastrointestinales como dolores tipo cólicos, molestias en el colon y diarrea”.
La incertidumbre podría incluso llevar al aislamiento social, así lo explica la psicóloga Paula Ortiz. “Algunos jóvenes, al no tener claridad o sentirse perdidos, tienden a retraerse para evitar la presión social o las preguntas incómodas. Esto afecta directamente su bienestar emocional, porque las relaciones positivas son un amortiguador clave. En algunos casos, terminan evitando hablar del tema o desconectándose emocionalmente, lo que profundiza aún más su malestar”.
¿Y si se pudiese esperar antes de tomar una decisión?
Muchos jóvenes hoy cuestionan la idea de que exista una única “vocación verdadera”. En países como Nueva Zelanda o Dinamarca, por ejemplo, los sistemas educativos permiten y validan tomarse un tiempo de exploración antes de comprometerse con una carrera. En Dinamarca a este período se le conoce como sabbatår, mientras que en Nueva Zelanda se habla de gap year, entendidos como espacios para probar, trabajar o reflexionar antes de elegir un camino profesional.
En Chile, eso aún no es una tendencia pero hay quienes se lo han cuestionado.
Aunque con muchas dudas aún, el año sabático de Valentina Escobar le sirvió para aclarar su mente y en 2022 terminó matriculándose en Agronomía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Hoy, sentada en el pasto mientras repasa un apunte de fruticultura que no termina de entender, cuenta que ya va en cuarto año pero aún no está segura si tomó una buena decisión. Cuando iba en segundo le vino una crisis que la llevó incluso a pensar en salirse. Pero, dice, ya había invertido demasiado. “Tiempo, plata, sacrificio. No podía tirarlo todo a la basura”.
La primera semana de diciembre, Josefina Tapia fue, con todas sus dudas, a dar la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES). Está a punto de tomar una decisión: pese a que se inclina por estudiar Ingeniería Comercial, por ser una carrera que le ayudará el día de mañana a poder emprender, ha pensado en tomarse un año para pensar qué es lo que realmente quiere.
“Prefiero tomarme un año antes que entrar apurada a una carrera y arrepentirme para siempre”. Su mamá la apoya e incluso le ha sugerido irse a trabajar al extranjero, por eso, ella reconoce: “Sé que es un privilegio, y si puedo, lo voy a aprovechar”.
En el Ministerio de Educación están conscientes de que la deserción, los cambios y la inseguridad con la que los estudiantes se enfrentan al sistema universitario se ha transformado en un problema. Andrea Vergara, abogada de la División Jurídica de la Subsecretaría de Educación Superior, plantea que “la educación superior en Chile está pensada bajo una lógica de enseñar rápidamente a cada estudiante lo que su carrera demanda”.
Es por eso que Vergara plantea una idea de solución. “La lógica y varios estudios internacionales señalan que la mejor forma de educar a los jóvenes para una mejor educación y desarrollo profesional es ofrecer a todos algo parecido a lo que la UC ofrece con College”.
Ese tipo de programas existe en Chile. College en la Pontificia Universidad Católica de Chile, un proyecto innovador que ofrece un espacio para descubrir intereses durante los primeros dos años de la carrera, que permite tomar una decisión más informada a partir de los ramos que se cursan antes de elegir definitivamente.
Como explica el secretario académico de dicha carrera, Guillermo Marini, “la vocación de cada persona se trata de un proceso de develamiento continuo y vinculante que tiene valor en sí mismo. Para ello existe College UC, para acompañar a cada estudiante en el ejercicio de hacer ver su propio llamado”.
Asimismo, la Universidad Adolfo Ibáñez ofrece el programa de Doble Grado, que combina dos carreras como Derecho e Ingeniería Comercial en un solo plan de estudios. Esta modalidad permite obtener dos títulos profesionales en un período optimizado, generalmente de seis años, cursando ambas mallas de manera simultánea y promoviendo una formación interdisciplinaria.
Por su parte, la Universidad de Chile cuenta con el Bachillerato, un programa de dos años que entrega una formación inicial en ciencias y humanidades, orientado a estudiantes que buscan explorar distintas áreas del conocimiento antes de definir su carrera universitaria definitiva.
En esa misma línea, Paulina Ortiz enfatiza que para ayudar a los estudiantes a tomar decisiones más alineadas con su bienestar se necesitan procesos educativos integrales, sostenidos en el tiempo, que no se limiten a una actividad puntual en IV medio. “Que sean parte de una cultura escolar que invite a la reflexión, la exploración y el acompañamiento continuo”, dice.
Aunque ha pensado en salirse, Valentina Escobar no puede darse el lujo de tomarse otro año para pensar las cosas. Por eso, ha decidido terminar Agronomía aunque no le guste del todo. “No me disgusta completamente, pero tampoco me apasiona. Hay ramos que me gustan un poco, otros que detesto. Voy sobreviviendo semestre a semestre”.
Mientras tanto, ha fantaseado con la idea de un nuevo comienzo. Le gustaría estudiar algo completamente distinto, quizás publicidad o comunicación audiovisual y en otro lugar como Argentina.
Pero con todos esos sueños que tiene, hay algo que la empuja a quedarse donde está y a dejar esos proyectos en pausa. Porque para ella, el deseo de cerrar un ciclo es mucho más grande que el resto.
El 5 de enero de 2026, se publicaron los datos de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), revelando que 231,060 personas están habilitadas para postular a las universidades, marcando un récord. 257,750 personas rindieron al menos una prueba, con una asistencia del 85.8%, y los puntajes promedios alcanzaron 620 puntos en Competencia Lectora y Competencia Matemática 1. A pesar de estos avances, la preocupación por la deserción universitaria, que supera el 23%, persiste. Será crucial observar las cifras que se levantan año a año y ver si los estudiantes en un contexto lleno de desafíos logran encontrar una carrera definitiva


0 comentarios