
Redentor del séptimo arte
Conoció 140 países y decidió recorrer el mundo para buscar a los pueblos más primitivos de la Tierra, que registró en 120 documentales. Llegó a Chile a fines de los cincuenta, sin saber que se convertiría en su hogar hasta hoy. Definido como un sostenedor del cine chileno, quiere construir un museo que preserve el material fílmico del país. Su nombre es Abdullah Ommidvar.
Por Javiera Fernández
“Las películas son la herencia cultural de una nación. Un país que no guarda su pasado y su cultura, no tendrá un futuro”, menciona un hombre con acento persa, sentado en su escritorio. De baja estatura, ojos azules y con una sonrisa, acompañada a ratos por una cuota de humor. Es Abdullah Ommidvar, quien tiene 87 años. La oficina en la que trabaja está decorada con estantes repletos de libros, galardones artísticos, colecciones de películas y un globo terráqueo. Trabaja allí desde los ochenta, cuando decidió crear la Fundación Chilena Imágenes en Movimiento, que conserva, restaura y difunde el arte fílmico del país.
De sangre iraní, nació en Teherán en 1932, y vive en Chile hace seis décadas. Después de haber recorrido el mundo durante 10 años junto a su hermano, filmando lugares recónditos que se almacenaron en 120 documentales, decidió quedarse en el país cuando se enamoró de una joven chilena.
Desde que vive en Chile, el autodenominado “explorador” dice que su principal objetivo ha sido fomentar el cine chileno, el cual busca conservar gracias a la fundación.
Hoy, está concentrado en dos proyectos: hacer una película que muestre su viaje alrededor del mundo y la creación de un nuevo museo que contenga el patrimonio cinematográfico de Chile.
La vuelta al mundo
Desde el escritorio de su oficina, Ommidvar sonríe cuando le preguntan por su viaje. Con soltura, dice que antes de haberse dedicado al cine tenía ansias de explorar. Vivió en Irán hasta los 21 y le faltaba sólo un año para recibirse como antropólogo cultural de la Universidad de Teherán cuando decidió viajar junto a su hermano Issa. En 1953, arrancaron con dos motos Matchless y con una meta en común: encontrar al hombre más primitivo del planeta.

“Viajamos primero en calidad de exploradores, pero con o sin quererlo, este viaje también nos transformó en cineastas”, recuerda. Fueron 10 años de viaje que les permitió conocer 140 países, filmar 120 documentales y sacar 10 mil fotografías a las tribus más apartadas del planeta.
Iniciaron la ruta por el Medio Oriente, siguiendo por el sureste de Asia. Luego, se fueron a Australia, Estados Unidos, el Ártico, América Central y América Latina. Entonces, llegaron a Chile en 1959 y Ommidvar no se imaginaba que cuatro años después volvería a este país por amor.
Luisa Rosas era estudiante del Santiago College cuando el explorador fue hasta su establecimiento para dar una charla sobre el viaje. Después de estar unos meses en Chile y conocer a la joven, Abdullah abandonó el país para continuar la ruta hasta Irán. De esa manera, se completaría la expedición en el mismo lugar donde había comenzado. Sin embargo, mantuvo contacto con la chilena por correo postal desde que cruzó los Andes en dirección al Medio Oriente. Finalmente, una vez que llegó a su país natal en 1963, decidió volver a Chile para casarse con Luisa y formar un matrimonio que dura hasta hoy. “Nunca pensé que me iba a casar. Estaba casado con mi aventura, con mi moto”, ríe.
Cuando se acerca a cumplir 90 años de vida, planea hacer una película sobre ese viaje junto a su hermano, que será grabada tanto en Chile como en Irán por un director originario de dicho país. Definida como “docuficción”, la producción mostrará todo el recorrido de ambos exploradores.
“No puedo morir sin antes construir el museo”, sentencia Abdullah Ommidvar.
Compromiso con el cine chileno
Instalado en el país que llama “su segundo hogar”, el viajero comenzó a realizar su programa televisivo Las mil y una aventuras de Abdullah, que se transmitió por Canal 13 y TVN desde la década de los setenta, para mostrar las aventuras que vivió alrededor del planeta. En paralelo, decidió trabajar en la industria cinematográfica chilena y opina que sigue siendo un campo poco explotado. “Estamos atrás. El cine chileno avanza 10 pasos, pero en otras parte del mundo avanza 30 pasos. Según mi humilde criterio, el cine de Chile no tiene identidad”, expresa.
Ommidvar dice que admira el cine de su país natal, que califica como un verdadero reflejo del pueblo iraní. Sin embargo, el explorador menciona que con la industria chilena no sucede lo mismo. “En Chile tenemos muchos cuentos. Hay muchas leyendas en el sur, por ejemplo. Eso sería hablar de un cine chileno. Hay que buscar esa identidad”, afirma.

El legado del explorador
En la calle Clemente Fabres 814, se encuentra una casa de color blanco, rodeada de un patio con árboles frondosos. En la entrada se distingue un letrero con un diseño de clapperboard que dice: “Fundación Imágenes Chilenas en Movimiento”. Creada en 1980 por Abdullah Ommidvar, es la primera cineteca nacional encargada de recolectar y proteger el patrimonio fílmico del país. Su fundador dice que en su patio trasero se encuentran dos bóvedas con aproximadamente 1.200 rollos de películas y otros 1.200 de documentales, recolectados durante cuatro décadas.
Por ahora, se encuentra a la espera del que será el producto de su fundación y también su legado, el Museo de las Imágenes en Movimiento, una iniciativa que quiere concretar en un par de años. “No puedo morir sin antes construir el museo”, dice sonriente.
“Desde el día en que empezó con su fundación hasta hoy, ha recopilado colecciones de cineastas y directores que han tenido importancia en la historia de Chile”, asegura Paula Neira, la nuera de Abdullah Ommidvar.
Pilar de cineastas
Con el deseo de ver crecer al cine chileno, trabajó desde la mitad de los sesenta en su productora Arauco Films, con la que financió proyectos cinematográficos, prestó equipos y ayuda logística. Como productor, participó en 30 largometrajes chilenos. Uno de ellos fue la película Gringuito, dirigida por Sergio Castilla, quien hasta hoy le agradece la inspiración: “Yo no sería cineasta sin él”, asegura.
La película se estrenó en 1998 y Ommidvar tomó el rol de productor ejecutivo. 21 años después, Castilla recuerda y define al explorador como un creador del cine chileno, dispuesto a arriesgar dinero. “Él se tiró a la aventura por un deseo de crear algo. Me incentivó a hacer el proyecto y me dio entera libertad para construirlo”, menciona el cineasta.
Castilla también recuerda cuando llevó su película realizada en Estados Unidos, The girl in the watermelon, al Festival de Cine de Viña del Mar. Allí, Ommidvar se le acercó y le dijo que si pretendía realizar un producto nacional, lo ayudaría. “Le dije entonces, en tono de broma, que me diera un cheque de 10 mil dólares. Y me lo dio”, afirma Castilla, el cual dice estar dentro del grupo de directores que lograron potenciar sus carreras en Chile gracias a los aportes económicos del explorador.
Asimismo, el director de cine Edgardo Viereck, también le agradece hasta el día de hoy, pues a través de Arauco Films, le ayudó a financiar su película Mi famosa desconocida. “Él fue el que creyó en mis sueños, el primero que puso dinero en mi idea”, menciona Viereck sobre su cinta, estrenada en 2000. Este fue el único proyecto junto al explorador.
El documentalista iraní también fue productor de Johnny 100 Pesos, de Gustavo Graef Marino, Consuelo, de Luis Vera y La niña en la palomera, de Alfredo Rates. En 2002, colaboró como coproductor en Sangre Eterna, y su director, Jorge Olguín, lo considera uno de los padres de la nueva generación de cineastas.
En la década de los noventa, Olguín estudiaba en el colegio cuando comenzó a asistir al Festival Chileno Internacional de Cortometrajes de Santiago y entre el jurado había un hombre con acento extranjero que sacaba sonrisas en el público. Era Abdullah Ommidvar, quien además presentaba los premios del certamen e invitaba a los jóvenes a estudiar cine. “Siempre me acuerdo de él, porque después de esos festivales salía con las ganas de estudiar cine”, comenta Olguín, egresado de la Escuela de Cine de la Universidad Arcis.
Después de lanzar Ángel Negro en 2000, filmada durante su período universitario, Olguín se acercó a la productora Arauco Films y Ommidvar le ofreció financiamiento para Sangre Eterna, el nuevo proyecto que venía preparando. “De alguna manera me sentí apadrinado por él”, añade el cineasta.

El museo del cine chileno
La periodista Paula Neira es nuera de Ommidvar y dice que él siempre ha vivido por el cine. La profesional se casó con el hijo menor del documentalista y ahora ayuda a su suegro a concretar su legado. “Esta es una idea que Abdullah tiene hace muchos años. Desde el día en que empezó con su fundación hasta ahora, ha recopilado colecciones de cineastas y directores que han tenido importancia en la historia de Chile. Todo está guardado en la fundación y la idea es que se muestre en el museo”, menciona la joven.
Abdullah Ommidvar posee 750 equipos cinematográficos y una biblioteca con nueve mil libros y folletos que guarda para su museo. Junto a su nuera, están organizando reuniones con el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio para comenzar a definir la infraestructura del mismo y planear una forma de financiarlo.
Por ahora, el documentalista describe cómo se lo imagina. La entrada tendría el aspecto de una cámara de fuelle, invitando a formar parte de una experiencia interactiva. Sueña con una biblioteca, salas de proyección, de exposición, y una que albergue el material realizado junto a su hermano. El recinto sería el primero de su tipo en el país y el último de los sueños en la lista del viajero.
Sobre la autora: Javiera Fernández es estudiante de periodismo y escribió este artículo como parte de su práctica interna en Km Cero. El reportaje fue editado por Augusto Valenzuela en el Taller de Edición en Prensa.

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