
Aquí grité que nunca más
A 45 años del golpe militar, los distintos lugares que dejó la dictadura son visitados por los santiaguinos que sintieron más fuerte el efecto de la violencia de Estado. Junto a velas encendidas y flores, mantienen vigente la memoria y la traspasan a los más jóvenes de sus familias.
Por Macarena Figueroa, María Arriagada y Javiera Águila
Artículo ganador en la categoría digital para universitarios de la versión 2018 del Premio Periodismo Memoria y Derechos Humanos.
Durante el 11 de Septiembre de 2018, a 45 años del golpe de Estado que cambió a Chile, recorremos los lugares que quedaron marcados por sangre, lágrimas y pérdidas. Conversamos con quienes los visitan, historias íntimas que se multiplican como las velas, que representan cada una, un momento de dolor.
Londres 38
Con claveles rojos en los adoquines de la calle, se podía reconocer desde lejos Londres 38, lugar que desde 1973 la DINA utilizó como centro detención y tortura de opositores a Pinochet.
El martes 11 de septiembre se realizó en el lugar un acto conmemorativo del Golpe Militar y las víctimas que dejó la dictadura. “Palacio de la risa”, lo llamaban los detenidos, ya que podían escuchar con claridad las voces de los niños y el sonido de las máquinas en movimiento que salían de los Juegos Diana que estaban cerca del centro.


Rodrigo Salinas tiene 51 años. Fue preso político dos veces y su primo fue secuestrado junto a su pareja, que entonces estaba embarazada. Ambos son hoy detenidos desaparecidos. A Salinas le tocó vivir el golpe a los seis años y aún así sus recuerdos siguen nítidos. Frente a Londres 38 observa como sus amigas cortan las velas blancas que tienen en sus manos mientras buscan el hilo para prenderlas.

Esa mañana hace 45 años su papá fue a buscarlo a él y a su hermana al colegio, en Vitacura. Desde allí, en la camioneta vieja que entonces tenía la familia, volvieron a su casa, en la calle Teatinos, cerca de la Moneda. Tuvieron que atravesar enfrentamientos en Tomás Moro y hacer un rodeo para entrar al centro.
Recuerda que en esa época veían películas de vaqueros en las que los personajes se disparaban, pero la violencia dejó de ser ficción cuando su papá le gritó en el auto: “¡Agáchate, tírate al suelo!”.
Estuvieron varios días durmiendo en los pasillos del edificio donde vivían, para protegerse del riesgo de las balas. Su casa se ubicaba frente la Tercera Comisaría de Santiago, en cuya entrada, según recuerda, vieron “morir gente golpeada contra la muralla”.
Sofía Brink de 28 años adorna con claveles las fotos de los detenidos desaparecidos que se posan afuera del antiguo centro de tortura. Ella aún no había nacido cuando ocurrió el golpe, pero dice que es necesario recordar para que jamás eso vuelva a ocurrir. “¿Cómo no vas a traer al presente a todos quienes se fueron, a todos quienes fueron robados de sus familias y sus vidas en un día como este?”, pregunta.

Londres 38, ahora habilitado como espacio de memoria, ha estado implementando la campaña Toda la justicia, toda la verdad, así lo explica Leslie Araneda, quien participó en una intervención organizada por el colectivo en el mall Costanera Center. “La idea de la acción era ir a lugares que no son nuestros espacios habituales, donde podemos llegar a la gente, queríamos mover a otro tipo de público”, afirma Leslie. Además de desplegar un lienzo de 16 metros de largo, se repartieron papeles con las fotos de siete violadores de los derechos humanos que han sido liberados, acompañadas de la pregunta: “Ustedes están comprando, pero: ¿Quién está haciéndolo al lado tuyo?”.
Leslie también señala la importancia de la conmemoración de estas fechas haciendo hincapié en que nunca ha sido parte de un partido político, pero que sí milita en la memoria y en los derechos humanos.
Estadio Nacional
A las siete de la tarde reinaba el silencio a lo largo de las escotillas del Estadio Nacional. Una gran cantidad de manos prendían velas y pegaban carteles sobre las puertas que un día en dictadura fueron utilizadas como celdas colectivas, que albergaron a 400 personas cada una.
Hace 45 años el Estadio Nacional se convirtió en un centro de reclusión, tortura y ejecución de prisioneros políticos. Según datos del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile, se calcula que por allí pasaron unas veinte mil personas, que estuvieron hacinadas en baños y galerías.

Una mujer de pelo gris permanecía parada y en silencio en medio de un grupo de personas de pie frente a la Escotilla 8, la puerta del estadio por donde conducían a los detenidos al interior del recinto. Es Victoria Cáceres, de 88 años, que fue parte del Servicio de Paz y Justicia de Chile (Servpaj), organización que se dedicó a defender los derechos humanos durante la dictadura.Victoriarecibía a militantes de distintos partidos, que no eran guerrilleros, y que venían en busca de ayuda desde diferentes regiones del país. “Uno tiene que recordar para darse cuenta de que cuando se presenta una situación así hay que ayudar”, asegura.


“Mi hija que era del MIR se había casado con otro del movimiento. Habían tenido un hijo y se habían ido a vivir los muy…, detrás de un regimiento”, empieza a recordar. En la mañana tras enterarse del golpe, inmediatamente junto a su marido fue en busca de su hija.
Le dijeron que sólo recogiera ropa y los alimentos de la guagua, que en ese momento eran difíciles de conseguir. Y esa misma tarde, cuando no estaban, allanaron la casa. Al otro día su yerno tenía un pasaje de avión con destino a Venezuela. “Él y mi hija se vestían con botas y llevaban el pelo largo”, recuerda, pero, después de pasar por una peluquería y por una tienda de ropa, él salió “de terno y pelo corto”. Unos meses más tarde su hija se fue a Venezuela, donde encontró trabajo como enfermera.
Como familia no duraron un año en la dictadura, emigraron a Venezuela para volver tres días antes del plebiscito. Cáceres asegura que no había miedo en el ambiente “gracias a la efervescencia del NO”.

También se acerca al Estadio Nacional este 11 de septiembre Juan Manuel Lanana, de 72 años. “Todos los de esta generación tenemos amigos, familiares y antiguos compañeros de escuela detenidos desaparecidos”, dice el militante del Partido Comunista.
Con una canción de Inti Illimani de fondo Juan relata que fue detenido el 31 de enero de 1974, donde primero lo llevaron a una comisaría, luego a Londres 38 y después a Tejas Verdes, un centro de experimentación y tortura en la provincia de San Antonio. Luego de eso tuvo que vivir escondido en la capital en casas de amigas y amigos.



La historia de Juan Manuel se cruza con la de Flor Hernández, que llega hasta el Estadio Nacional a recordar a su hermano Juan, detenido desaparecido: “Desde el año 76 jamás supimos nada de él”. Flor recuerda que para el golpe ella tenía veinte años y estudiaba pedagogía. Según relata, desde temprano le dijeron en la universidad que había un levantamiento de las fuerzas armadas. Dice que pasó casi todo el día escuchando las radios para informarse de la situación, pero “poco a poco ellas se fueron acallando”, cuando los militares llegaron y empezaron a “mandar a todos para su casa”.

Museo de la memoria
El centro cultural que ha buscado reconstruir cómo se vivieron las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, estaba abarrotado el 11 de septiembre de 2018 con personas que deseaban recordar a aquellos que ya no están.

Miguel Carvajal es uno de los tantos que decidió asistir a un acto organizado por el museo ubicado en Matucana. Hace 45 años tenía 21 y quería ser mueblista. De hecho, el día del golpe salió de su casa camino a una mueblería llamada City, donde esperaba obtener trabajo.
En el camino vio aviones pasar, se encontró con gente que corría apurada y asustada. Siguió su camino como si nada, hasta llegar a la mueblería, estaba cerrada. Dice que en esa época no era consciente de la política y que detenerse en una portada de diario que tratara esos temas era una pérdida de tiempo. Prefería las noticias sobre fútbol. Era fanático de ese deporte e iba siempre que podía iba a ver los partidos. Hoy sigue interesado en el fútbol, pero ya no va a los estadios. Menos al Nacional. Su vecino de entonces es un detenido desaparecido, a quien vio por última vez el 26 de mayo de 1976.


La dictadura modificó su indiferencia frente a la política: “Me informé y sigo haciéndolo para tener argumentos. Para esparcirlos con quien sea, conocido o desconocido, mientras más mejor. Pretendo que mis argumentos sirvan de algo para que todo esto no vuelva a pasar”.
En el mismo museo, en la esquina de la calle Catedral con Matucana, la familia de Ricardo Pincheira, quien fue más conocido como Máximo, le hizo una especie de altar.
Máximo era estudiante de Medicina y asesor de Salvador Allende. Fue detenido al salir de La Moneda el 11 de septiembre de 1973. No se supo nada de él hasta que en democracia se comenzaron a hacer las investigaciones. Ahora se sabe que fue torturado en el Estadio Nacional y trasladado a distintos lugares. Con los años, lo único suyo que ha recibido la familia es un diente y un hueso, sometidos a pruebas de ADN. Al recibir el resto óseo, en 2017, sus parientes pidieron que si se producen nuevos hallazgos no los vuelvan a notificar. Para ellos es demasiado doloroso ir conociendo las atrocidades que Máximo vivió.


Pero este septiembre han querido recordarlo con flores y velas, para que, como dice uno de sus familiares, “todos los que lo vean aquí al pasar por la mañana, se cuestionen un poco también”.
Villa Francia
Alrededor de las nueve de la noche, después de las reuniones con velas, comienzan las manifestaciones todos los años en conmemoración al 11 de septiembre, en un barrio que en dictadura vio a algunos de sus dirigentes políticos y sindicales ser detenidos y torturados. El mismo que en estos días está lleno de carteles que reclamanla necesidad de mantener la memoria viva acerca de lo que ocurrió durante la dictadura.


Durante la tarde, las micros cambian su recorrido, por lo que a partir de las tres de la tarde los paraderos de la Villa comienzan a atiborrarse de personas. Los feriantes que se instalan en la calle 5 de abril, cerca del Memorial de Villa Francia, desarman sus grandes toldos y productos en camionetas, para irse alrededor de las cinco de la tarde. Apenas un poco más tarde los negocios que rodean la avenida también cierran, por lo menos a las seis, para así evitar encontrarse con las conmemoraciones del 11 de Septiembre que ocurren en el sector.
Miguel García es vecino de Villa Francia hace 13 años, llegó junto a su esposa desde Maipú y actualmente vende en la feria que se ubica en la calle 5 de abril. Recuerda esta fecha y el gobierno de Salvador Allende con un sabor amargo: “Mi familia pasó hambre. Si hay alguien aquí que la está cagando se tiene que retractar”, dice refiriéndose al gobierno de Salvador Allende. “Yo opino así, porque pasé hambre, pero por ejemplo a mi suegra le mataron a dos hermanos en el 64, entonces pensamos cosas diferentes”.
Desde que Miguel vive en la Villa, ha visto cómo la violencia ha disminuido a través de los años. Explica que la gente hace un memorial entre las siete y las ocho de la noche y que las manifestaciones más violentas duran entre las nueve y la medianoche. Terminan más temprano que hace 10 años.


“Tu podí estar hablando en una esquina de temas de la dictadura y desde la otra te pueden gritar, porque son muy divididas las opiniones y las realidades” explica su hijo Maickol García, quien trabaja con él en la feria. El joven cuenta que en la villa se toman medidas: “A las siete y media de la tarde los vendedores ya tienen todo cerrado, la gente se prepara y espera el día”.

En el caso de la bomba de bencina Copec de la misma avenida, las medidas de prevención empiezan con días de anticipación: “Hacen protestas y fogatas aquí”, explica Carlos Gárate, uno de los trabajadores. “Es peligrosísimo, imagínate que prenda; volaría toda esta Villa”. Y agrega que los manifestantes son indiferentes frente a ese riesgo e incluso lanzan bombas molotov en dirección a la gasolinera.
Estadio Víctor Jara

Fue uno de los principales centros de tortura y detención de la capital. La mayoría de los detenidos allí fueron asesinados, entre ellos está el cantautor Víctor Jara, que hoy da su nombre al recinto que antes era conocido como Estadio Chile.
Cinco personas viven alrededor del recinto, algunos están tapados con frazadas y otros se encuentran hacia un costado de la calle pidiendo monedas para comer a los transeúntes.

El lugar deja ver bolsas de basura en el suelo y los murales se convierten en el respaldo de quienes viven allí. Por una ventana rota se puede ver hacia adentro. Una recepción vacía y un timbre que suena sin respuesta, es lo que se observa y se escucha.
Dos personas salen desde el edificio del frente y comentan que debería haber algún evento, pero el estadio sigue vacío.
Sobre las autoras: María Arriagada y Macarena Figueroa son estudiantes de Periodismo e hicieron este artículo como editoras en Km Cero. Javiera Águila es estudiante de Comunicaciones y colaboró en este artículo como parte de su práctica interna.

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