
Ficción
La Trixi es poderosa
Mientras participa de una asamblea nocturna, la narradora de este cuento le da sentido a su experiencia en la toma de la Universidad Católica, a través del recuerdo de una mujer que la marcó: la Trixi.
Por Manuela Jorquera Juacida
De la nada, en la toma me acordé de la Trixi. Creo que fue algo en el aire, había algo denso en esa sala que me recordó a su olor de axila mezclado con colonia Natalie (a la morada, de frutos silvestres). Entre el sueño y la vigilia durante la asamblea, la imagen de sus pantys rojas se me vino a la cabeza. Siempre usaba ese color de pantys.
Conocí a la Trixi hace ya unos años en un pueblito del sur, de esos perdidos que inspiran historias extrañas. Su “Macondo chilensis” me dijo un amigo, dándose color. La conocí un día después de clases, mientras caminaba por la plaza. Caché que me miraba y cuando levanté la cabeza, estaba plantada frente a mí. Me pidió fuego y me miró de arriba a abajo. “¿Y tú? ¿Te creí de las vivas?”, me dijo. Después nos sentamos en el pasto y me ofreció un cigarrito que procedí a fumarme tranquilamente, mientras la tarde se iba. Le caí bien, nos reímos caleta de la gente, de los profes del colegio y del “Var Sinson”.
No sé si fue por tantos cigarros que fumamos o por el hambre que teníamos, pero de repente la Trixi se fue en la media volada. Me dijo que la amaba, que le admiraba sus dientes y la forma en que sus hombros bailaban con su pelo sin tocarlo. Mientras nos fumábamos uno, otro y otro cigarrito, seguía describiendo lo que le gustaba de su ídola: la Marilyn Monroe. Me dijo que tenía algunas de sus películas pirateadas y que, a veces, cuando era de madrugada y se ponía nerviosa de tanto pensar y pensar en cosas, veía sus entrevistas en Youtube. La forma en que su nariz pequeña se deformaba cuando se reía era como un sedante.
La Trixi me confesó quería comprarse su perfume. Me dijo que era un perfume que la Marilyn usaba cuando se metía en la cama. Por el resto de sus días en este planeta, la Trixi quería acostarse en su cama “pasá a ese perfume”.
— ¿Cúanto vale?— le pregunté.
— Como 85 lucas vale la weá — me dijo riéndose.
Un poco cagadas de hambre, con la Trixxi nos fuimos a comer unos “tocomples” al centro y me presentó a su grupo de amigas que estaban ahí: todas con jumper corto, uñas saltadas y pantys rojas. Me cayeron la raja. No se intimidaban con ningún weón, con ninguna weona buena para mandar. La Trixi solo le obedecía a su mamá. Pero cuando ella no la dejaba salir, la mandaba a la mierda no más, no le gustaba el drama. Eso sí, cuando volvía, la abrazaba y la llenaba de besos. A lo Trixi: con fuerza.
— ¡Yapo Trixi! ¡Córtala querí! Me duele mi espalda, ¡Cabra e’ mierda pesá! — me contó que le gritaba su vieja.
La Trixi y todas sus amigas estudiaban en el politécnico. Eran todas de Turismo, pero casi nunca iban a clases, porque preferían pasar el tiempo en el terminal fumando sus cigarritos. Allí pasaban horas y horas conversando, incluso cuando hacía frío y era tarde en la madrugada. Una mañana, mientras caminaba rumbo al colegio, vi a la Trixi subirse a un taxi, después de haber conversado algo chistoso con un taxista. La Trixi se fue con él y no volvió en cinco días.
Nadie sabía dónde andaba. En su ausencia, del pueblo surgió un murmullo. Todos hablaban de la Trixi y de sus amigas con pantys rojas. “Así son esas, las de Turismo”, decían unas estudiantes de mi colegio. Pero eso no fue lo peor. Al día siguiente, escuché a un compañero del colegio decir que la Trixi era una puta asquerosa. Me quedé quieta, helada. No supe qué responderle. Me habría gustado que la Trixi lo hubiese escuchado, para que le sacara la csm. Pero la Trixi, mientras tanto, estaba lejos. Estaba en otra, alejada de ese pueblucho hediondo. La mina andaba por Pichilemu con el taxista: hasta se bañó en la playa y se compró su preciado tesoro. Se trajo como 4 frascos y le llevó otro a su mami. Volvió toda pasá a perfume, en gloria y majestad.
Yo me alegré mucho cuando supe y la invité a tomar once. Nos hicimos unos panes con manjar y me contó que había probado las empanadas de loco-queso. Me sentí muy feliz por la Trixi. Después, lavamos la loza y se fue. Mi mamá, que la miró con las cejas fruncidas todo el rato, me advirtió que nunca más la trajera a la casa.
La Trixi, la Trixi…

Ya eran como las ocho de la mañana cuando me fui a acostar. Todavía no se votaba, pero no pude más. Tenía el sueño acumulado y estaba agotada. Después de un par de horas, cuando desperté, me enteré de que la toma se había depuesto por votación de la mayoría. Pero cuando salí hacia el patio, me di cuenta de que nadie estaba muy satisfecha ni feliz. Hasta el día estaba ambiguo, entre lluvia y viento tibio.
Después de darme unas vueltas, me devolví a la sala de acopio para buscar mis cosas. No pensaba que habría desalojo, pero sí sabía que nos íbamos a ir pronto. Fue ahí, mientras arreglaba mi mochila, que me imaginé a la Trixi hablando en la asamblea. Me la imaginé tomando la palabra y gritando. Me la imaginé diciendo que esto no se puede parar, que no nos podemos rendir
. — Todas siempre hemos sido putas, asuman la weá cabras, porque es bacán — diría la Trixi en la asamblea.
Me la imaginé en medio de la sala, impregnada con su perfume mezclado con sudor, mandando todo a la mierda. Porque todavía en Chile, decir puta es un insulto. Todavía.
Sobre la autora: Manuela Jorquera Juacida es estudiante de Dirección Audiovisual y escribió este cuento en respuesta a una convocatoria abierta a alumnos de la Universidad Católica organizada por Km Cero con el fin de escribir historias sobre la toma feminista. El texto lo editó Sara Alfaro, egresada de Periodismo e integrante del equipo de editores de Km Cero.
Te invitamos a leer otros artículos de este especial:


0 comentarios