Cambio de hábito
Desde las alturas del paradero caen las hostias y el agua bendita. Cinco estudiantes de la UC, con un hábito que muestra casi por completo las piernas, se manifiestan por el feminismo tras sus blancas capuchas. Las redes sociales arden por su acto, el debate se genera en torno a ellas, las críticas dicen que la performance es discriminatoria hacia otras mujeres.
Por María Francisca Sáez Urbina
Lienzos y pancartas se alzan hacia el sol de otoño. Cuerpos pintados, banderas, malabares, megáfonos y pechos al aire.
— ¡Alerta, alerta, alerta machista! — gritan las y los jóvenes apretujados en la calzada sur de la Alameda, ocupada por una columna de mujeres con capuchas de colores, que exponen sus pezones y bailan coordinadas al ritmo de batucadas. Las voces silencian las bocinas y motores del miércoles 16 de mayo en la mañana. Los convocantes dicen que son 150 mil. La proximidad de los cuerpos ayuda a capear el frío del otoño santiaguino. Fuera gorros, bufandas y chaquetas.
Los teléfonos marcan las 10.30 hrs., mientras las fuerzas especiales se acercan por la Alameda. Por primera vez el contingente policial que custodia la marcha está compuesto solo por mujeres. Entre los gritos se escuchan murmullos: “La paca no es compañera”. “La paca es más brígida que el paco”. “La paca es mujer y esta lucha también es suya”.
Son las 11.00 hrs. y aún la marcha no empieza. Los limones están preparados para ser usados cuando caigan las lacrimógenas. Las mujeres muestran los senos, avanzan pintadas con un lienzo que dice: “Mi cuerpo no es tu consumo”.
Son las 11.30 hrs. y empieza la marcha: los sostenes cuelgan de la estatua del sacerdote Crescente Errázuriz, que fue arzobispo de Santiago, y de edificios que se pueden ver desde la Alameda, junto a afiches feministas.
En el frontis de la Casa Central de la Universidad Católica sus estudiantes esperan a quienes marchan desde Baquedano. Están listas para avanzar. Una mujer vestida de monja, se sube al paradero que está frente al campus. Aumentan los aplausos. Otra mujer lo trepa como araña. Viene la tercera, junto a ella se eleva un dron que las fotografiará. Escalan dos más y las hostias caen desde el paradero. Vestido negro corto, pantys caladas, el velo como capucha y un cartel que reza: “Mujeres empoderadas, ni la UC nos para”.
Tres de las protagonistas
— Te damos la entrevista si proteges nuestra identidad. Tengo miedo a la funa con nuestros nombres — dice una de las estudiantes disfrazada de monja. Su voz es firme.
Las tres mujeres que quisieron hablar, serán nombradas para esta crónica como: Juliana, Teresa y Edith.
Juliana es de aquellas personas que siempre nadan contra la corriente, como Juliana de Norwich, de quien se dice fue la primera mujer en escribir un libro en lengua inglesa. Su objetivo, dice, es generar discusión respecto al feminismo, su estrategia es ir de frente. Comenta que es la única manera que ha encontrado para hacer entender a los hombres de su familia que la lucha feminista no es un “tema hormonal”, como se lo han planteado, sino una lucha desde la rabia a la injusticia y la violencia sistemática contra la mujer. Su forma de hablar impetuosa demuestra las disputas que ha tenido en este tema.
Teresa es inquieta, habla rápido, está en constante movimiento; como Teresa de Ávila, la fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzos. Su papá siempre le dice que le encanta su personalidad clara y directa. Sus críticas son ácidas, de aquellas que permiten cuestionarse todo. Le gusta generar mensajes polémicos, como el de las monjas, porque permiten la discusión.
Edith es muy reflexiva, como la primera mujer alemana en escribir una tesis en Filosofía, Edith Stein. Es muy entusiasta, cuando habla contagia alegría, mueve sus manos, imita voces. Pero también transmite tranquilidad y reflexión, atributos desarrollados probablemente por su interés en la filosofía y su práctica constante de Yoga.
Pensar la protesta
“Martes 15 de mayo de 2018”, dice el acta de la asamblea de mujeres de Ciencias Sociales de la UC. La sala está llena y la discusión se ha tomado la tarde completa, en pleno paro indefinido. En la sala un grupo le pone lentejuelas a las capuchas con las que saldrán al día siguiente a marchar a torso desnudo. Juliana, Teresa, Edith y sus otras amigas quieren hacer algo impactante.
Son las 20.30 hrs. y aún no tienen una idea para la marcha. Después de horas, las cinco salen de la sala. Hace frío, por lo que Edith se cubre la cabeza con un pañuelo blanco.
— ¡De monja! ¡De monja! Hay que ir de monja — dice una de ellas. A todas les pareció una buena idea.
— ¡Tengo hostias en la casa! — gritó Edith emocionada. No sabía por qué tenía esas hostias, solo que no estaban consagradas.
— Llevemos unos bates para que seamos brígidas — comentó Juliana.
— Usemos algo corto para que se nos vean los pelos — dijo Teresa.
La decisión estaba tomada: vestidas de monjas. Había que preparar los trajes, quedaban pocas horas. La mamá de Edith fue a buscarlas en su auto, donde continuaron las ideas: “con una cruz”, “tirémonos agua bendita”, “encapuchémonos”.
La noche se hizo corta; probarse vestidos, sacarse fotos y coordinar vía Whatsapp. Quedaban pocas horas para la marcha y querían hacer algo que llamara la atención. Los nervios se apoderaban de ellas. Existía miedo de las reacciones, pero también ansiedad por hacer una performance impactante.
Esa misma noche, Teresa se probó el vestido que usaría. Su mamá la miraba frente al espejo orgullosa, pero también con miedo. “Ten cuidado hija, de allá salieron los golpistas”, le advertía su madre sobre la violencia que se podía generar.
Con el hábito puesto
Era el día. Vestido negro, pantys caladas y velo blanco. Quedaban pocos minutos. Terminaban de caracterizarse en el baño de Casa Central. Una amiga de “las monjas” escribía el cartel: “Mujeres empoderadas ni la Iglesia nos para”.
— No poh. Tiene que ser la UC. Somos de la UC y hay que decir que estamos contra lo que está pasando acá — pensaba Teresa.
Cartel en mano. Caras cubiertas. Hostias preparadas. La marcha las espera. Nunca imaginaron lo que iban a causar: una enorme polémica, lluvia de críticas y reflexiones sobre el rol de la Iglesia, la universidad y el feminismo. Horas después de la marcha verían los comentarios en redes sociales criticándolas por marginar a las mujeres religiosas de la lucha feminista, leerían comentarios sobre su cuerpo, serían testigo de cómo desconocidos analizaban sus pensamientos y se asustarían cuando el rector Ignacio Sánchez reprobara el acto. Todo pasaría a través de internet, detrás de una pantalla. En la marcha solo recibieron halagos.
— Yo me sentía parte de una hueá grande — comenta Juliana.
Ninguna recuerda cómo llegaron al paradero, pero coinciden en que no estuvo planificado. Un pie arriba, manos haciendo de escalera, el vestido transformado en polera y de guata al techo.
— Subí y quedé helada. Arriba fue como: ¿y ahora qué hago? Incluso nos costó ponernos a gritar — recuerda emocionada Teresa.
La ovación crecía como una ola hasta el paradero. Los teléfonos las fotografiaban. Un dron las sobrevolaba.
Eran las 2:00 pm. y la manifestación terminó en Plaza Los Héroes, como se acostumbra. Ya era hora de separarse. Al día siguiente el paro continuaría, pero ahora Juliana, Teresa y Edith debían descansar. Afuera las cruces y las capuchas. Solo un vestido negro corto, pantys caladas y el rostro descubierto. Caminando cada una por caminos distintos, solas.

Sin el disfraz
Cuando Teresa llegó a su casa a lo único que temía era a su abuela católica, que estaba sujetando su rosario mientras veía las noticias. No porque fuera pesada o cascarrabias, sino porque Teresa no quería hacerla sentir mal. La mamá de Teresa le contó sobre la marcha y que su nieta estuvo vestida de monja arriba de un paradero. Su abuela se puso muy feliz al ver a su nieta en televisión, dijo que se veía muy bonita y le alegró que estuviese luchando por sus ideales.
— Tú la tienes que apoyar en esto, tienes que estar ahí pa´ ella, porque tú eras igual cuando joven. Andabai’ haciendo las mismas locuras — le dijo su abuela a la madre de Teresa.
Pese a que su abuela, católica, comprendió el mensaje que quisieron dar las monjas del paradero, muchos no lo entendieron y se generó una ola de críticas a la intervención.

“La gente que no entendió el mensaje es porque no quiso. Es su excusa vernos a nosotras como las violentas y no criticar su institución”, dice Teresa al referirse a los comentarios de Facebook.
Algunos de los comentarios más discutidos fueron realizados en el Facebook de Estudiantes UC. En uno de ellos, Jesu Beckett escribió con impotencia que la marcha no fue la instancia acogedora que ella esperaba. Se sentía violentada. “Monjas con falda corta, encapuchadas y ocupando el símbolo de la Cruz tirando papeles circulares en representación de hostias, mi primera impresión: PERPLEJIDAD. Entiendo el que quieran ser mujeres empoderadas, pero no la necesidad de hacerlo en desmedro de algo, en este caso, de la Iglesia”, decía su mensaje.
Otro fue realizado por Ángeles Wahl, en este criticaba la performance. Sentía molestia, porque su hermana es monja y ex alumna de la universidad. Pensaba que el acto desmerecía la decisión de su hermana de ser monja. Ángeles planteó que era necesario terminar con la violencia hacia cualquier mujer, independiente del tipo de vida que quisiera llevar.
Varias de las críticas por redes sociales provenían de católicos, que recibieron el mensaje como una burla contra las monjas.
“Nunca quisimos eso, porque ellas también están en esta lucha. Lo que queríamos representar era una crítica contra las estructuras patriarcales de la Iglesia, que no permiten el ascenso de las mujeres y que en sus escrituras proclaman que Eva sale de la costilla de Adán”, explica triste Edith y agrega: “Para la victoria tenemos que educarnos con amor. Aprender a amar al otro sin importar qué sexo tenga ni con qué se identifique. Amar y no abusar es lo que nos hace ser humanos”.
Sobre la autora: María Francisca Sáez Urbina es estudiante de Periodismo y escribió esta crónica en el curso Narración Escrita de No Ficción.
Te invitamos a leer otros artículos de este especial:


0 comentarios