Conflicto de identidad

Dic 5, 2017

Bernardo Oyarzún en la exposición de su obra Werkén en la Bienal de Venecia. Foto: Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Conflicto de identidad

A los 53 años Bernardo Oyarzún llegó a la Bienal de Venecia con Werkén, la primera obra de temática mapuche que representa a Chile en la instancia. El artista se había acercado a las tensiones de su identidad 20 años antes con Bajo sospecha. Oyarzún dice que pasó años sintiéndose inferior en el mundo del arte, con una buena técnica pero sin la base cultural del resto por su origen rural.

Por Alma Palacios

La travesía había comenzado en junio de 2016 con el llamado de Ticio Escobar, curador paraguayo, especialista en temas originarios, y a quien conocía hacía 10 años. El llamado era para invitarlo a participar de la convocatoria a concurso hecha por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes para representar a Chile en una de las principales muestras de arte a nivel mundial, la Bienal de Venecia.

Ganaron.

Bernardo Oyarzún (53) pasó ocho días en cama con neumonía en pleno verano. Era el pasado febrero y trabajaba en la obra Werkén, que representaría a Chile en la Bienal. Los retrasos en la entrega de dineros prometidos lo ponían en problemas con los 40 artesanos mapuche que en ese momento trabajaban en las mil máscaras que requería la exposición, y eso lo tenía angustiado.

Las mil máscaras irían instaladas en soportes en medio de la sala, a la altura de la vista y rodeadas por siete mil apellidos mapuche proyectados en luces led que rotarían por las paredes de la sala oscura.

Las complicaciones siguieron en Italia, porque los letreros luminosos quedaron atascados entre aduanas. “Yo asumí la responsabilidad de no exponerla si no contábamos con ellos, eran fundamentales para definir el concepto y la visualidad de la obra. Llegaron en el momento exacto: el último posible”, relata Escobar.

Bernardo Oyarzún llegó hasta Venecia para presentar la obra, con su cuerpo robusto de 1,70 metros de altura, tez morena, manos grandes, ojos café oscuro en medio de un rostro con rasgos mapuche, con un trabajo que, por primera vez, representaba a Chile con uno de sus pueblos originarios.

La obra ha recolectado más de 150 páginas de artículos de prensa. Nunca imaginó que iba a generar tal revuelo como para ser portada de un diario y de múltiples revistas que lo tuvieron como uno de los 10 pabellones recomendados de esta versión de la Bienal, donde estuvo expuesta hasta el 26 de noviembre.

El origen en el sur

Bernardo Oyarzún nació en 1963 en la localidad de Los Muermos, al este de Puerto Montt, donde vivía toda su familia de origen mapuche. A los tres años de edad sus padres decidieron moverse a Santiago, en lo que actualmente es la comuna de Cerro Navia. Su papá era carpintero y su mamá dueña de casa. Bernardo es el mayor de cinco hermanos. Estudió en la Escuela Básica n°106 y en la Escuela Industrial Alberto Hurtado, a cargo de una congregación de Hermanos Holandeses, donde se especializó en electricidad. En la segunda institución expuso por primera vez su trabajo plástico y participó de actividades extra programáticas que le permitieron desarrollar el talento artístico que había demostrado desde niño.

Mil máscaras instaladas en soportes en medio de la sala a la altura de la vista y rodeadas por 7 mil apellidos mapuche proyectados en luces led. Foto gentileza del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Entró a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, siendo el primero en su familia en cursar estudios superiores. Ahí se especializó en pintura y grabado y conoció a quien sería uno de sus mayores maestros, el artista visual Gonzalo Díaz, Premio Nacional de Arte, con quien trabajó como asistente durante la década del 90. “Yo lo consideraba como un amigo. Era extremadamente talentoso y muy productivo, tenía mucha voluntad de obra. Toda su vida la acomodaba para producir y en las peores condiciones. Él se las arreglaba perfectamente solo. Ha estado presente desde que salió de aquí”, recuerda Díaz y menciona proyectos de Oyarzún como su participación en la Bienal de Arte de Valparaíso en 1987 y en la exposición Museo Abierto del Museo Nacional de Bellas Artes en 1990.

“Uno de los principales problemas que tenía antes de iniciar la carrera en el arte es que yo me sentía limitado, cultural e intelectualmente. Yo había tenido una formación académica y estaba en medio de una escena fuerte e importante en los 80. Pero uno miraba un desfile tan sofisticado, en donde a veces no entendía nada. A mí me produjo una frustración porque me sentía en desventaja. Venía con un capital cultural muy empobrecido, hablando y escribiendo mal. Era una de las cosas que me impedía hacer arte”, expresa el artista quien durante la década de los 90 se dedicó principalmente al trabajo gráfico en un pequeño local ubicado en la feria artesanal de Santa Lucía, que le permitió comprar su casa en Puente Alto, donde hoy vive con su pareja, Pamela, y sus tres hijos de 12, cinco y tres años. A diferencia de lo percibido por Díaz, Oyarzún describe este periodo como el menos productivo artísticamente.

El impacto de Bajo sospecha

El quiebre en la carrera de Oyarzún, según él, se dio en 1998 con la obra Bajo sospecha. El trabajo se inició después de que el artista fuera detenido por sospecha mientras caminaba por Avenida Vicuña Mackenna y sufriera una discriminación racista por cómo se veía. La primera parte de la obra consistía en tres gigantografías de fotografías de él mismo, similares a las que toman a delincuentes, con distintos ángulos del rostro, además de una gigantografía de un retrato hablado de Oyarzún, hecho por un retratista de la PDI. La segunda parte era La parentela, con 164 retratos de parientes del artista, con rasgos faciales similares.

“Lo que hago con Bajo sospecha es un acto de rebeldía muy fuerte. Ese ejercicio lo hago con la fuerza de imponerme desde mi plataforma y poder cultural y hago lo que quería y podía hacer. Es una obra simple, pero con mucha potencia, compleja al mismo tiempo, porque te entrega múltiples relatos”, cuenta Oyarzún sobre su obra que fue expuesta por primera vez en la Posada del Corregidor en Valparaíso tras ganar un concurso y a cuya inauguración llegaron cerca de 15 personas, pero que a día de hoy ha sido expuesta cinco veces en curatorías internacionales y varias más a nivel nacional. Dice que antes de esta obra sentía que la relación con los temas de su trabajo artístico eran menos fuerte.

Sergio Rojas es filósofo y curador, académico de la Universidad de Chile, y fue quien escribió el tríptico que acompañaba Bajo sospecha, trabajo en el cual conoció a Oyarzún y con el que comenzó lo que serían años de trabajo en conjunto. “Es una obra que viene a poner en cuestión la identidad, no a reivindicarla. Es tanto crítica, desnaturalizante, de los patrones occidentales dominantes, racistas y clasistas, como de los originarios”, interpreta Rojas, quien no ve a Oyarzún como un artista mapuche como ha sido catalogado muchas veces, si no que como un artista que trabaja con lo mapuche y tensiona la identidad originaria.

Desde ahí siguieron más obras y premios, exposiciones nacionales e internacionales con títulos como Foto álbum, Cosmética, Fuerza de trabajo, Doméstica y Funa, entre otros. Beatriz Bustos, curadora y académica de la Universidad de Chile conoce a Oyarzún desde la universidad y ha trabajado con su obra, siendo una de las colaboradoras más apreciadas por el artista. “Considero que Bernardo es una persona analítica y rigurosa, sus reflexiones abordan los asuntos que investiga con complejidad e incluye puntos de vistas no usuales, es profundo. Diría que él es en términos intelectuales: brillante, realiza procesos reflexivos complejos, ricos”, opina Bustos, explicando su éxito.

Pero Gonzalo Díaz, Premio Nacional de Arte, no ve en Bajo sospecha un quiebre: “Nunca me llamó la atención ni tampoco considero que esa obra haya sido determinante, tenía obras antes que era espectaculares también. El tipo tenía un trabajo sobre el lenguaje, siempre lo tuvo, sobre los procedimientos artísticos. Era un gallo formalmente muy riguroso y siempre con esta preocupación central de su obra que tiene que ver con su origen. Es un artista”.

El primer semestre de 2018 la obra Wekén se presentará por primera vez en Chile en el Centro de Nacional Arte Contemporáneo de Cerrillos. El artista espera una amplia concurrencia del público movido por la curiosidad de una obra que fue mostrada afuera, pero también está preparado para un recibimiento más seco de parte de la crítica. “La razón de esa crítica será demasiado obvia, básica: cómo vas a Venecia mientras los mapuche están guerreando en el sur. Porque como esto va en representación de Chile, hacen ver como que si tu estuvieras traicionando un poco esa lucha. Yo veo que esta es otra lucha y otra forma de visualizar el tema mapuche, visualizar un pueblo a partir de su arte, su cultura y su estirpe para decirle a los chilenos que son mapuches”, concluye Oyarzún.

Sobre el autor: Alma Palacioses estudiante de Periodismo y escribió este reportaje en el curso Taller de Prensa. El artículo fue editado por Valentina Osorio en el Taller de Edición en Prensa.

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